A pesar de ello, es un intervalo al que muchas veces se le presta escasa atención en la organización escolar: se cubren (o se procuran cubrir) en el arranque de curso sus necesidades de vigilancia y control para garantizar unos mínimos de protección, y poco más. En bastantes ocasiones quedan fuera de la vida académica.
Hace poco leí unos resultados de unas encuestas realizadas por el alumnado, en donde manifestaban que, según su percepción, una parte muy importante de los conflictos escolares ocurrían en el tiempo de recreo. Constataban que incluso más que en las aulas, lo que me llamó la atención. Cambios de hora, entradas y salidas en el caso de institutos y recreos son momentos que escapan en mayor medida del control del personal del centro, y es ahí donde suelen aflorar conflictos latentes, invisibles para quienes trabajamos allí.
El recreo es una radiografía social de la vida escolar. Una cartografía que construye una narrativa inclusiva y próspera para algunos, mientras que para otros se torna en un espacio excluyente o incluso segregador. Si construimos un mapa mental de los recreos, es determinante por ejemplo dónde se ubica el alumnado, quiénes juegan a determinados deportes como el fútbol (si este está permitido), quiénes ocupan los espacios de sombra, los bancos, los rincones más alejados o más cercanos a los accesos principales, quiénes permanecen en grupos en busca de afinidades, quiénes deambulan en soledad, etc.

Representa un ejercicio interesante pedirle al propio alumnado que haga un dibujo según su óptica del recreo. También puede hacerlo en profesorado, como ejercicio reflexivo sobre su propia escuela, aquella sobre la que muchas veces, por el correteo constante, no nos paramos a pensar.
Una representación mental del mismo puede construir una imagen bastante verás de situaciones posibles de marginación, abusos de poder, jerarquías, liderazgos negativos, roles y espacio que se ocupan por géneros, origen, características cognitivas, clase social o rasgos de la personalidad. Es una actividad interesante que puede hacerse en una tutoría y puede ofrecer un mapa de realidades que no detectamos ante nuestros ojos, en una mirada superficial.
Por todo lo dicho, es evidente que, dada su importancia, las normas que aprueban los consejos escolares deben regular muchos aspectos vinculados a los recreos.
En esa línea pueden ir muchos planes pedagógicos de actuación. Es un momento clave para la socialización y para aprender aspectos vinculados al civismo, la empatía, el respeto o la interacción entre iguales. Estas normas, sin embargo, suelen tender a lo restrictivo. Por ejemplo, en el caso de los pequeños, prohibido traer juguetes de casa; en el caso de los mayores, prohibido usar el móvil. Así una tras otra: lo que no pueden hacer. El dilema, así, está en lo siguiente: ¿cómo construir un tiempo de recreo escolar con un sentido profundamente educativo y seguro pero que a la vez no excluya, margine o perpetúe imágenes nutridas de una violencia simbólica que difícilmente perciben los adultos?
El tiempo de esparcimiento que representa el recreo puede ser el pulmón del centro si aprendemos a sacarle partido a la mezcla y la interacción de estudiantes de distintas características. En lugar, por ejemplo, de basar nuestro campo de acción en la prohibición, puede ser interesante que el alumnado explore en la conformación de sus identidades mediante su capacidad para compartir sus juguetes, pertenencias, libros o incluso su comida. También el recreo puede ser una oportunidad para profundizar en los valores que encierra la convivencia entre grupos muy diferentes, en una sociedad cada vez más individualista y nutrida a veces del egoísmo.
Pensemos en que la ocupación de los espacios del recreo no es algo arbitrario, sino que es una representación de una sociedad fracturada a causa de la desigualdad. Está claro que repensar la organización escolar a partir del entendimiento del recreo como la raíz de los centros supone una reconversión de muchos de sus recursos humanos y materiales. Existen muchísimas escuelas sin planes de dinamización de los recreos por falta de tiempo, de personal o de ideas, y esto es preocupante.
La escuela contemporánea sigue anclada en la edificación de la educación centrada en la parcelación de saberes y en la construcción de un canon social, educativo y cultural compartimentado, donde parece que un aprendizaje no se puede mezclar con el otro. Por eso, como el centro de lo escolar sigue siendo la vida de las aulas, lo que ocurre intramuros, es muy difícil rediseñar los recreos como espacios inclusivos donde no se reproduzcan escenas de exclusión de alumnado migrante, de chicos y chicas con discapacidades o, simplemente, aquel o aquella cuya diferencia es vista como un hándicap que le impide formar parte del grupo.

Por eso, esta idea de recreo incapacitante debe ser cuestionada a través de nuevas narrativas. Y utilizo esta palabra, narrar, por los significados que aporta: desde contar la invisibilización ofreciendo distintos vías para hacerlo hasta permitir que alumnado, docentes y familias verbalicen cómo se imaginan un espacio de recreo diferente. Todo con el fin de desarrollar una conciencia del ambiente que potencie en sentido de pertenencia o arraigo hacia la vida escolar.
Así, creo que cada centro debe tener su proyecto de recreo, como parte de su ideario. En su construcción es clave incorporar las voces de los estudiantes, su propia narrativa, a través de encuestas o entrevistas participativas. También las familias: cómo les gustaría imaginar el recreos de sus hijos e hijas.
Una vez se reinventen los procesos incorporando nuevas narrativas basadas en la escucha, en relatar cómo piensan y viven su recreo según sus experiencias e imaginario particular, podemos rediseñar el recreo que todos queremos; un recreo en donde cualquiera se sienta a gusto y en donde cada cual se vea incluido en las dinámicas que se planifiquen: desde teatro al aire libre, hasta sacar propuestas de matemáticas manipulativas a esos espacios compartidos, pasando por derribar los muros de la biblioteca, recolocar los bancos para que unos se miren a los otros, avivar el huerto (si lo tenemos), movilizar talleres de todo tipo que procuren no dejar fuera a nadie o crear rincones de préstamo de juguetes. El recreo, en definitiva, como parte de un todo:
Realmente una observación distinta que merece ser tenida en cuenta. Muy bueno