Por qué llenar nuestras escuelas de bibliotecas y de huertos

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En Sobreviviendo al siglo XXI (Debate, 2023), el activista mexicano Saúl Alvidrez logró unir en una conversación a dos grandes del pensamiento contemporáneo: José Mujica y Noam Chomsky.

En uno de los momentos de la entrevista, Chomsky cuenta que hace no mucho visitó una escuela de Primaria en Arizona con alto índice de población migrante mexicana, así como elevados porcentajes de absentismo y problemática en épocas pasadas. Narra cómo un programa que introducía huertos y crías de animales en sus secuencias didácticas logró bajar las tasas de deserción y la conflictividad del colegio a mínimos. La institución seguía un modelo pedagógico y organizativo en el que los niños aplicaban estudios científicos a una organización comunitaria de cosechas de su entorno. Los éxitos académicos y los avances en distintos indicadores de logro no se hicieron esperar.

Hay quien pensará que llenar nuestros colegios de bibliotecas y huertos escolares no tiene por qué corresponderse con la mejora de los estándares de calidad, que deben siempre estar basados en el mérito individual, el rendimiento personal o la excelencia. Puede haber también quien tache de utopistas a aquellos que consideramos que una biblioteca y un huerto escolar podrían ser, por encima de un aula tradicional, los espacios nucleares de la vida comunitaria de cualquier centro, desde donde germine casi todo lo demás; el verdadero sentido de lo que es una comunidad educativa. 

Sin embargo, la historia nos han demostrado que las experiencias de aprendizaje en sentido igualitarista, alejadas todo lo posible de mecanismos de control, burocracia e hipervigilancia que se basan en la verticalidad, nos deparan una colmena de situaciones colectivas enriquecedoras, como esas galerías que conforman el universo coral del que habla Borges en su relato La biblioteca de Babel

En el revelador libro de Kristen Ghodsee llamado Utopías cotidianas (Capitán Swing, 2024), la autora dedica uno de sus capítulos a imaginar la posibilidad de repensar la educación en torno a valores alejados del individualismo y la competitividad. En una forma de entender la escuela diseñada para el bien común, recupera por ejemplo la labor del profesor y político tanzano Julius Kambarage Nyerere, referente histórico del movimiento de descolonización africano en el siglo XX. 

El que fuera apodado como “Mwalimu” (“maestro”, en lengua suajili) por sus conciudadanos, construyó la unidad de su nación mediante el fortalecimiento de la sanidad y la educación que proporcionaba el Estado. Sus colegios eran al mismo tiempo granjas y talleres; a la vez, los niños y niñas se instruían en conocimientos teóricos y manuales, en una forma de escuela donde lo académico y lo manipulativo tenía un reparto equilibrado. La educación, para Nyerere, debía “preparar a nuestros jóvenes para desempeñar un papel dinámico y constructivo en el desarrollo de la sociedad”. En su filosofía pedagógica, el trabajo artesanal y el intelectual se combinaban armoniosamente.

Cimentar entre todos una biblioteca escolar encaja bien con ese espíritu de colectividad. Dejando atrás la visión de un espacio engullido por libros y manuales antiguos que nunca se prestan, la labor de expurgo y catalogación de una biblioteca educativa puede y debe implicar a todos los miembros de la comunidad escolar. Tal vez una biblioteca sea el principal recurso democratizador del conocimiento. Un espacio para combatir el mundo del “sálvese quien pueda” y repartir entre iguales el saber que se acumula en los libros. 

Por eso, en una biblioteca escolar la cuestión del acceso y la gestión son claves: desde permitir que el alumnado entre y salga con la mayor libertad posible hasta que familias, profesores y estudiantes, junto a personal externo, puedan llevar un control eficaz y descentralizado de la misma. La idea es impregnar a la biblioteca de algo parecido a lo que cuenta el sociólogo César Rendueles en Comuntopía (Akal, 2024): fomentar sistemas de gobierno potencialmente participativos que impliquen “algún grado de autonomía, de capacidad de control y participación directa de cada uno de sus miembros”. El lugar ideal, en definitiva, para comenzar a implantar modelos inclusivos de gobernanza.

Como se trata, en el fondo, de humanizar espacios, un huerto escolar podría completar el binomio perfecto en torno al que se articule esta forma de entender una escuela participativa y democrática.

Un huerto en un colegio o instituto invita a la creación y la imaginación colectiva, en sintonía con la naturaleza. El lugar idóneo que complete una pedagogía del decrecimiento: algo prioritario en medio de la crisis ecosocial en la que estamos inmersos en nuestro planeta.

Un huerto escolar permite fundir tiempos y espacios; diluir la frontera entre lo interno y lo externo. Del contacto estrecho del alumnado con un huerto o un jardín de un colegio o instituto no solo se pueden beneficiar las clases que se imparten de conocimiento del medio, biología o ciencias naturales, sino de cualquier otra materia, además del interés que puede despertar cualquier forma de apertura al contexto. 

Por ejemplo, en el área de lengua puede realizarse un taller de creación literaria o poesía a partir de este tipo de espacios. Para ello se puede partir de la propuesta de compilación que Raquel Lanseros y Fernando Marías hacen en Dicen que no hablan las plantas (Anaya, 2021). La llegada de cada estación del año, con su vegetación características, puede propiciar que el alumnado hunda las manos en la tierra de su entorno para hacer brotar un diálogo coral con arbustos, frutos, hortalizas y flores; una excusa perfecta, además, para trabajar distintas competencias de forma holística, así como para el fomento de la interdisciplinariedad. Al fin y al cabo, como escribía el Rey poeta del México Antiguo Nezahualcóyotl, “en el interior de la casa de la primavera alegras a las gentes”.

En definitiva, repensar la escuela pasa en gran parte por reconfigurar sus ejes pedagógicos a partir de estas formas de museos pedagógicos repletos de experiencias palpitantes: una biblioteca y un huerto. Se trata de sentir, cuando se entra en cualesquiera de estos lugares, que todo podría construirse en torno a ellos. La misma sensación descrita por Irene Vallejo en El Infinito en un junco (Siruela, 2019), tras descubrir la inmensidad del circuito bibliotecario de Oxford:

“En la bruma de cada mañana, cuando me aventuraba a las calles borrosas, sentía que la ciudad entera gravitaba sobre un mar de libros, igual que una alfombra mágica en pleno vuelo”.

1 comentario en «Por qué llenar nuestras escuelas de bibliotecas y de huertos»

  1. Este texto me trajo recuerdos sobre mi lectura del libro Un país errado de Mario Lodi, específicamente el texto denominado: Preguntas a la naturaleza.

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