Que el código postal influye en el éxito escolar de un estudiante no lo vamos a negar. Pero que en el método del docente se encuentran muchas de las claves para lograr su progreso educativo es también una realidad innegable, y este método influye de forma determinante en que un estudiante saque o no el talento que puede llevar dentro de forma innata, provenga de donde provenga.
De la reciente película mexicana Radical, basada en hechos reales, podemos extraer la conclusión de que los enfoques a la hora de acercar los contenidos de una asignatura a los estudiantes determinan su interés por estos; a todos no ha ocurrido cuando éramos estudiantes. En el filme, el profesor enseña al alumnado de sexto año de la primaria de la ciudad de Matamoros a través de una filosofía pedagógica que parte de la necesidad de despertarles curiosidad, de que pongan en práctica lo que aprenden y de que se interroguen sobre lo que los rodea.
Cuando el maestro Juárez Correa le pregunta a sus chicos y chicas ”¿qué quieren aprender?” realmente nos está interpelando también a los maestros y profes sobre las bases pedagógicas que seguimos usando, década tras década, para que un estudiante haga de lo que recibe de la escuela un apéndice más del bienestar que necesita para progresar en la vida.
En lo referente a la enseñanza lingüística (materna o no), el estudio de los componentes de la lengua como materia de disección y análisis muchas veces descontextualizado se repite hasta la saciedad. Pasa desde que éramos nosotros los que estábamos sentados en un pupitre hasta cuando vemos las tareas que les siguen mandando a nuestros hijos e hijas, casi siempre sacadas de forma mecánica del ya clásico libro de texto.

No hay que ser muy revolucionario para darse cuenta de que los avances en el sistema educativo se dan de una forma lenta, también en el estudio de la lengua. El muchas veces escaso apoyo social e institucional se combina con multitud de sesgos que confirman, por ejemplo, cómo el estatus adscrito o capital cultural determina nuestra percepción de un alumno o grupo frente a otros, incluso cuando tienen resultados objetivamente similares. De ello habla el interesante estudio Teacher Bias in Assessments by Student Ascribed Status: A Factorial Experiment on Discrimination and Cultural Reproduction (2024), cuya lectura atenta recomiendo.
El capital cultural relacionado con el origen o condición social también determina en gran parte el nivel de competencia lingüística que trae el alumnado o el que es capaz de desarrollar.
Y este no mejora por profundizar en contenidos gramaticales poco orientados a desarrollar el uso de la principal herramienta de comunicación humana. Por ello, y como pasa con el resto de prácticas escolares, un enfoque inadecuado de la materia va a castigar más a lo que menos apoyos o alicientes reciben fuera del centro educativo. Por citar algún caso, nos referimos desde a los que pueden asistir a una obra de teatro con su familia hasta los que se les incentiva para ver una película en casa en versión original con subtítulos. Porque la lengua como vehículo de comunicación está en todas partes.
La enseñanza del lenguaje a partir de la máxima de hacer cosas con las palabras no ha sido un lugar común en nuestra historia. El —a mi juicio— excesivo ahínco con el que acercamos a nuestros chicos y chicas a las estructuras de su lengua y a sus relaciones (una sintaxis con escasa aplicación a situaciones reales o cercanas) deja de lado la relación necesaria de esas reglas con los contextos en los que luego los podemos poner en práctica. Un hablante tendrá una mayor competencia o pericia lingüística no tanto por lo que la identificación de oraciones y sus componentes le puede aportar sino por factores de otra naturaleza, que se trabajan a partir de componentes sociales y pragmáticos.
Es cierto que aprender a leer y a escribir requiere de una práctica sistemática e institucionalizada para la cual la escuela es crucial, sobre todo cuando nuestras hijas e hijos cumplen los cinco o seis años de edad. Sin embargo, y más cuando se llega a la enseñanza secundaria (a partir de los doce más o menos) el salto que se da en el nivel de abstracción puede producir no solo estancamiento en lo realmente importante, la interpretación y producción de textos, sino un alto grado de desmotivación que aleja a muchos chicos y chicas del interés por aprender lengua. Es eso lo que me lleva a preguntarme: ¿seguimos dando sintaxis en la escuela por encima de nuestras posibilidades?
En el interesante libro El poder de las palabras (2023), de Carlos Lomas, el autor se hace eco de una idea que el eminente historiador español Américo Castro señaló hace ya un siglo: “la gramática no sirve para enseñar a hablar y escribir correctamente la lengua propia, lo mismo que el estudio de la fisiología y de la acústica no enseñan a bailar, o que la mecánica no enseña a montar en bicicleta”. Recuerdo, en ese sentido, que hace unas décadas un antiguo profesor nos interpelaba siempre con la siguiente cuestión: ¿estudiar o conocer las partes de una bicicleta nos ayuda a manejarla?
Con todo esto no quiero desanimar a aquellos docentes jóvenes que recién salen de las facultades tras haber absorbido mil y una corrientes de teoría gramatical que cruzan el siglo XX por doquier. Tampoco deseo que se enrabieten los más veteranos, que siguen empecinados con la idea de que hay que profundizar en la lengua como quien escarba en un pozo para encontrar algo, o como quien analiza un cadáver en una autopsia.

Como una clase de lengua no es ni mucho menos una morgue, aprovechar la viveza de los intercambios comunicativos que se pueden llegar a producir (cientos a la semana) puede ser el punto de partida para, de una vez por todas, avanzar en el enfoque comunicativo de la enseñanza de la lengua, superando las barreras del clásico análisis oracional y por supuesto sin olvidar que la gramática es una de las bases para mejorar las destrezas lingüísticas, cierto, pero no la única.
Con esto —y concluyo— en absoluto quiero animar a desterrar la enseñanza de la sintaxis y la morfología de las aulas. Como decía el lingüista Emilio Alarcos, la lengua es al fin y al cabo un “patrón de normas para comunicarse”, y ese sistema, como otros, se rige hasta cierto punto por sus relaciones y la identificación de sus componentes.
Me refiero más bien a la importante de zanjar por fin un debate ya viejo sobre la insistencia en los actos de habla o en la creación de textos, y no en lo teórico, lo alejado de la realidad y del valor único de lo irrepetible (cada situación comunicativa lo es), como otros prestigiosos lingüistas del pasado ya nos recordaron. Piensen que, como decía al principio, para muchos el aula es el único espacio donde sobre todo quienes más lo necesitan pueden aprender a escribir y a hablar mejor, con propiedad, de una manera coherente y eficaz.
De acuerdo con lo que expones.
Cierto es que la vida está llena de lenguajes diversos , y esto nos permite aprender de todo y en cualquier instante de ellos, sin embargo , y sin minimizar esta manera natural de aprender, de extender nuestro vocabulario, expresión es y muchas otras cosas, es necesario «podar» lo que por instinto crece. No arrancar solo podar y dejar que siga brotando el árbol de la comunicación , que es para la mente, para el cuerpo y para el espíritu . Es ahí donde nosotros docentes ,con amor y sobre todo respeto y cuidado, extendemos sus ramitas.