Sobre el sesgo educativo: cómo se construye la identidad docente

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Como muchas veces se trata de dar algún titular, no voy a esperar a las últimas líneas para ello, y así de paso animo a quien quiera a abandonar la lectura de este artículo a hacerlo desde ya: no hay identidad profesional del docente que se construya fuera de su relación con los demás, y esta “identidad compartida” determina también la de su alumnado. 

Si has llegado a este párrafo es que quieres saber algo más del asunto, o esperas que desarrolle en poco más de mil palabras una base sólida que justifique mi opinión. Algún dato, algún hecho o argumento para contraponer, ofrecer divergencias. 

En ese caso, es probable que coincidamos en la definición de lo que es divergir en los intercambios con sentido democrático: contraponer con elegancia enriquece el debate público e invita a tener otras ópticas ante una realidad que es cada vez más líquida. 

Sobre este asunto de las divergencias, una vez, cuando me metí en el desempeño de los equipos directivos de los centros escolares, un buen compañero me dio un inmejorable consejo: en un diálogo de pasilleo, me comentaba que sería conveniente que en mi equipo de trabajo próximo me rodeara también de personas con pensamientos divergentes. 

Este amigo era de esos de darme conversaciones con interrogantes, las que te dejan en medio de las preguntas. Creo que ese día estuvo muy acertado cuando me hizo pensar sobre cómo se iban a construir en el futuro mis manías, mis marcos mentales, mis expectativas y mi modelaje en el ejercicio de mi trabajo.

Pienso que las relaciones humanas (sean familiares, laborales o afectivas) ofrecen siempre un panorama hasta cierto punto migratorio de nuestras impresiones y vivencias. En un permanente viaje de ida y vuelta, éstas se entremezclan con los recuerdos y anécdotas de los demás. La psicología lo llama sesgos, pero yo que soy de literatura prefiero decir que todos llevamos un Marcel Proust dentro: ese escritor de inicios del XX que construyó una poética del recuerdo a partir de algunas de nuestras impresiones. 

De hecho, opino que cuando decimos que en conversaciones atropelladas de escalera o entre cafés aprendemos mucho de nuestra profesión, lo que estamos es alimentando una determinada forma de entender la identidad docente, nutrida en su composición básica por sesgos: la propiedad no intelectual sino del intelecto pedagógico que nos define y diferencia de los demás.

Hay sesgos para todos los gustos, y ni mucho menos son todos negativos. Como huellas mentales que son, actúan como una especie de “algoritmos cognitivos” que nos van inclinando hacia una determinada forma de comportarnos. Porque al final nuestra relación con el alumnado se resume en eso: en una forma de comportamiento educativo en donde prima aquella idea de Paulo Freire: “no sólo enseñamos lo que sabemos, sino también, y sobre todo, lo que somos”. Y, en ello, juegan un papel importante las expectativas previas con las que juzgamos al alumnado —sobre todo al proveniente de situaciones desfavorecidas—, que a su vez repercuten en su rendimiento. 

Ese viraje hacia el “somos” me debería llevar a explorar una parte de la psique humana en la que no me atrevo a entrar. No me atrevo a ello por dos motivos: uno porque no es mi especialidad, y otro porque no sé con qué me voy a encontrar.

Sin embargo, sí me voy a detener en sus efectos en el campo educativo. Lo malo de los sesgos es que nos pueden nublar la vista cuando se trata de cambiar marcos o superar estigmas. Los sesgos docentes moldean las leyes educativas, porque ofrecen determinadas adscripciones a la forma de entenderlas. Por eso hay una especie de polarización a la hora de posicionarse sobre ellas. También pueden llegar a deteriorar la multiplicidad de enfoques que ofrece la diversidad en las aulas. 

Nuestros sesgos y percepciones sobre el origen, las características cognitivas, el género, la clase social o la (dis)capacidad de un estudiante determinan su evaluación y bajo qué actitudes previas los calificamos, y eso también es parte de esa determinante identidad docente de la que hablo. 

Mantiene en ese sentido Aina Tarabini en este artículo que “determinadas características de los estudiantes se asocian claramente con las expectativas, actitudes y prácticas pedagógicas del profesorado y que, consecuentemente, repercuten sobre el comportamiento y resultado de los estudiantes, generando diferentes oportunidades para el éxito educativo”. Es clave que en la construcción de nuestra identidad docente seamos conscientes de ello. 

Así lo demuestran también otras recientes investigaciones, entre las que destaca Teacher Bias in Assessments by Student Ascribed Status: A Factorial Experiment on Discrimination and Cultural Reproduction (2024). Se concluye aquí lo siguiente: “conscientemente o no, los profesores percibieron a algunos grupos de estudiantes como más competentes, merecedores o con probabilidades de tener éxito a pesar de un desempeño objetivo igual dependiendo de su estatus adscrito o capital cultural”. Dicho de otra manera, nuestra identidad docente determina una gran parte de la identidad del estudiante, e incluso la imagen que este se haga sobre sí mismo en lo académico.

Se dice en Política y educación (vuelvo a citar a Paulo Freire) que como educadores nos vamos haciendo “en el cuerpo de las tramas. En la reflexión sobre la acción, en la observación atenta de otras prácticas, en la lectura persistente y crítica de textos teóricos”. Es importante, así, ser conscientes de cómo se van tejiendo estas tramas en nuestras vidas, antes de emprender nuestra tarea profesional y durante esta. Y entender que nuestras relaciones con el alumnado también forman parte de estas tramas.

En esa construcción identitaria relacional, resultan clave los primeros años en los que aterrizamos en la profesión. Muchos otros estudios indican que según las relaciones que establezcamos en esta etapa inicial -sobre todo con los primeros compañeros y compañeras con los que nos topemos-, se configurará una identidad docente u otra. Seremos, fruto de ello, más o menos capaces de evitar prácticas reproductoras basadas en impresiones, recuerdos, experiencias o vivencias que se van retroalimentando a lo largo de nuestros encuentros y desencuentros. 

En el ADN profesional de quienes nos dedicamos a la enseñanza hay mucho de esa “inteligencia ciega” de la que hablaba el pensador Edgar Morin: aquella que nos impide salir de nuestros límites o fronteras, en una era en la que se requiere superar esa linealidad que nos lleva a buscar un estudiante ideal que no existe, o una clase normal que tampoco existe (tampoco el maestro o la profesora ideal). Porque nuestra identidad es relacional, pero sobre todo es tangible, real y cambiante. 

Como suele recalcar Francisco Imbernón, es necesaria una racionalidad crítica y práctica que nos lleve a compartir pensamientos complejos sobre nuestro día a día, con el fin de entender todos los matices que encierra cada poro de nuestro trabajo. Se trata, en definitiva, de forjar una identidad docente ajustada a principios éticos: un proceso que puede ser deslizante según el momento o la ocasión, pero que tiene que construirse sobre una base sólida de compromiso profesional alineada con los problemas de nuestro tiempo.

Ese sesgo compartido que siempre, al ser lo que nos une, tendrá razón de ser. 

2 comentarios en «Sobre el sesgo educativo: cómo se construye la identidad docente»

    • Jesús Francisco…me ha parecido muy interesante la reflexión. Los docentes no somos conscientes del poder e influencia que ejercemos en el alumnado. He tenido experiencias gratificantes impulsando a mis estudiantes a ser mejores e incluso orientarlos a seguir la ruta de la enseñanza al ver sus capacidades, incitando a la generosidad de compartir los saberes…porque creo que un rasgo del docente es esa apertura a entregar a los demás la experiencia y los conocimientos que vamos acumulando. Tambié he visto casos decepcionantes: cuando mi hijo menor ingresó a la universidad a estudiar Bellas artes después de mucho pensarlo y entendiendo que tenía una capacidad asombrosa en ese campo, se encontró en segundo semestre con un profesor que les aconsejaba buscar otro camino porque “se iban a morir de hambre en el futuro”… la consecuencia inevitable fue que mi hijo desertara de la universidad y comenzara a explorar por otros caminos que lo terminaron llevando de nuevo a otro talento que tenía desarrollado desde pequeño: la música. No obstante, veo por momento que esas palabras aún resuenan en su cerebro cuando las cosas no salen como espera porque es claro que el camino de los artistas al menos en mi país, es difícil pero no imposible. Debemos ser conscientes de cómo podemos influir en los demás y particularmente en quienes pasan por nuestras manos…ese poder como se argumenta en el hombre araña: ¡exige una gran responsabilidad!

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