Si no cambia la mentalidad, la inclusión educativa no va a ser posible

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Es cierto que la inclusión educativa es un derecho bien armado —en general— al menos en los ordenamientos jurídicos más avanzados. 

Sin embargo, me temo que, como ocurre con la situación de otros colectivos infrarrepresentados o no reconocidos en la historia, este planteamiento no es suficiente. Existe, en nuestros marcos mentales, una impronta arraigada que condiciona todo lo demás. Y, si no se producen cambios en estos marcos, la educación inclusiva va a seguir siendo un imposible. 

Se ha instalado en el ADN cultural una característica vivencial de los seres humanos que impide ver la diversidad como algo común, en nuestros actos normalizados de la cotidianeidad. Nuestro día a día. Esas creencias arraigadas condicionan que determinada diversidad (aquella que es sometida a un proceso de invisibilización durante siglos) se mantenga lejos o, simplemente, no se vea o no se reconozca. Nos producirá sorpresa, impacto, pena, dolor o, lo que es peor, un sentimiento de rechazo. Ese rechazo es lo que, con el tiempo, se convertirá en motor para la exclusión social, la marginación o la propagación de los discursos de odio que vemos sin parar. 

Las personas con discapacidad son sometidas a esa especie de extrañeza desde que son muy jóvenes; tanto que deja de llamarles la atención también a ellas el trato que a veces reciben. Lo vemos a nuestro alrededor (o, mejor dicho, no lo vemos, porque no nos damos cuenta). Si no tenemos cerca sino a muy pocas con esas características, la gente las mirará como de reojo, de refilón, siempre con un sentimiento de lejanía (la otredad, según determinados discursos del pensamiento teórico). 

Cuando alguien se acerca a una persona con determinadas discapacidades para intentar interactuar con él o ella, lo podrá hacer con sensibilidad y delicadeza, claro que sí. De hecho ocurre mucho. Pero también lo podrá hacer con una imagen de lástima sensiblera. Está lástima, arraigada en la idea de la caridad de fondo cristiano, nos dibuja una sociedad en la que, si se trata de mentalidades, todavía tenemos mucho que recorrer. Nos queda demasiado que avanzar y cambiar en cuanto a la percepción con la que miramos determinadas capacidades e identidades de los seres humanos. 

Cuando un niño o niña con discapacidad va a un colegio ordinario con todos los apoyos que precise es uno más. En lo bueno y en lo malo. Es evidente que sus familiares y ellos mismos tendrán totalmente incorporado a su imaginario vivencial sus peculiaridades, por lo que no sentirán ni extrañeza ni lejanía; en su colegio tal vez tampoco lo sientan, porque es posible que haya varios estudiantes como él o como ella. 

Con sus errores y aciertos, y con la falta de medios y recursos que habrá que seguir peleando hasta el final, ese colegio es un colegio diverso en el sentido amplio de la palabra. Como la vida misma. El compromiso con la diversidad y la inclusión de cada comunidad escolar es la clave que permitirá avanzar en todo lo demás. Será el convencimiento en torno a ese compromiso lo que ayude a derribar las primeras y más gruesas barreras, instaladas en las estructuras más profundas de la sociedad. Una parte, en términos unamunianos, de nuestra intrahistoria

Si muchos niños y niñas con discapacidad o pluridiscapacidades que ahora van a un colegio ordinario fueran a uno de educación especial, cuando luego quisieran desarrollar su vida en otros contextos las posibilidades de despertar ese sentimiento de “desapego” en los demás crecería. Actuaría también el principio de la profecía autocumplida. Serían invisibles o se sentirían incapaces ante lo que erróneamente llamamos lo común, lo ordinario. 

Todavía vivimos sumidos en esa extrañeza social; esa visión capacitista, medicalizada y lastimera de la discapacidad; esa perspectiva que invisibiliza a las personas del colectivo desde que son niños y niñas. Por ello, son separados con la excusa de que allí, en esos centros de educación especial, tienen los recursos necesarios para poder ser atendidos mejor. Preferimos esto porque vemos imposible reclamar por imperativo legal y moral la adaptación de los espacios comunes con todos los recursos necesarios para que puedan socializar y aprender en un lugar compartido, junto a sus iguales. 

Poseedores de la verdad suprema, envueltos en ese relato cultural y mental que nos envolvió a nosotros en nuestro aprendizaje del mundo desde nuestra infancia, los adultos les hemos dado un espacio que llamamos seguro, separado, para que cuando quieran dejar de ser invisibles, se produzca ese sentimiento del que estoy hablando. 

La diversidad no es eso; la inclusión no es eso. Los derechos humanos son otra cosa, relacionada con las condiciones estructurales necesarias para que se puedan hacer realidad. Decía Paulo Freire que “cualquier ser humano puede aprender a leer (palabras, pero principalmente el mundo), si encuentra las condiciones apropia­das para hacerlo”.

Si seguimos perpetuando en nuestras condiciones, costumbres y hábitos de vida esta percepción arraigada y conformista, la discapacidad, como otras caras de la diversidad, no se podrá incorporar en plenitud a las escuelas ni a la vida cotidiana.  

La discapacidad, en todos sus matices, es un acto supremo de la cotidianeidad, de una forma avanzada de entender la normalidad. Como lo es la diversidad cultural, de género o de origen. La convivencia plena con las personas con discapacidad nos ayuda a entender el mundo en toda su paleta de colores y a la escuela como un escenario de posibilidades. 

El cambio de las estructuras lógicas que no nos permiten comprender el mundo de otra manera será lo que provoque que podamos construir una sociedad inclusiva en cualquier rincón. Y será entonces cuando la vulneración de los derechos de las personas con discapacidad deje de ser un reclamo de organismos internacionales que nos cuesta entender y que sigue dividiendo a la sociedad en un falso dilema entre “vencedores y vencidos”. 

Porque, si no cambia esta mentalidad, la educación inclusiva no va a ser posible; seguirá siendo la utopía en el sentido originario de este término: el “no lugar”, como lo entendía Tomás Moro. Por eso hay que trabajar desde la óptica de derribar los muros culturales y sociales compartidos, en todos los poros de la realidad. Porque esa continua negación arraigada perpetúa una verdad injusta.

Una verdad que se incrusta en nuestro imaginario colectivo y que, de forma paradójica, convierte a una parte de esa colectividad en invisible. 

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