La escuela debe acercar el ‘Quijote’ a los jóvenes, pero tiene que saber hacerlo

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Una de las grandes misiones de la escuela es proporcionar a todos los niños y niñas el acceso a realidades discursivas, artísticas, culturales y literarias que se encuentren alejadas de su cotidianeidad. 

No puede discutirse que la concreción curricular de cada centro debe incorporar de forma progresiva un trazado equilibrado de las grandes obras literarias universales. Estas muestras son valiosas no solo por su estilo, sino por los mensajes que transmiten. En un planteamiento de canon lo más abierto, plural y flexible posible que supere el “enfoque nacional”, la literatura de todos los tiempos simboliza un legado inmaterial de incalculable valor. Por ello, tiene que ser fuente de aprendizaje perenne para generaciones presentes y futuras. 

Sin embargo, la escuela no ha sabido en muchos casos acercar a la infancia y a la adolescencia a ese patrimonio literario que es común, compartido, pero que deja de serlo si no logramos que quienes nos rodean aprendan a entenderlo, valorarlo y, sobre todo, disfrutarlo. Porque la literatura es sobre todo eso: una experiencia de comprensión, de conocimiento y de disfrute.

Decía Borges que “el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. El Quijote es, por encima de todas las cosas, una muestra de incalculable riqueza en ambos territorios. Sin embargo, hay que reconocer que en ocasiones nos equivocamos en la manera en que intentamos contagiar a los estudiantes de la inigualable exuberancia estilística y temática de la obra cervantina. 

Por ello, si no trazamos el camino hacia su descubrimiento y reconocimiento con cautela, podemos correr el riesgo de propiciar el efecto contrario: un desarraigo hacia el legado que aporta. Seríamos necios si no viéramos ese peligro.

Así, debemos ser honestos para admitir que, en ocasiones, la historia de la educación literaria parece haberse encaminado más a que se aborrezca la gran literatura que a que se ame. Y no ha sido un problema, una vez más, del “qué”, sino del “cómo”. A pesar de que se han dado muchos avances de un tiempo a esta parte, de fondo siempre ha habido una cuestión de didáctica, de metodologías, de prácticas y de formas de proceder en el día a día de la escuela. 

De entrada, hay quien pueda pensar que el Quijote se aleja del horizonte expectativas de nuestro alumnado actual. Por eso no es una obra que se elige a menudo para trabajar de forma concienzuda en la enseñanza básica. “No es el momento”, se puede pensar. “No hay tampoco tiempo para ello”, también se dice. Da para un largo debate este asunto. 

De una forma u otra, el gran reto de la educación reglada debería ser que los estudiantes incorporen el Quijote a su bagaje, al menos de forma fragmentaria, hasta el punto de que pueda aproximarse a su ADN identitario. Incorporarse, como mínimo, a sus culturas en algunos de sus retazos, que pueden ir desde la identificación con algún personaje hasta la vinculación con situaciones y conflictos que no caducan, porque esa es la grandeza de la buena literatura. 

Los jóvenes están en plena construcción de mundos posibles, imaginarios o no. Los caracteres creados por la mente de Cervantes pueden encajar, si nos acercamos a ellos con cuidado, en algunos de los patrones de comportamiento que conforman a estas edades. Un ejemplo claro es el conflicto entre idealismo, rebeldía y realidad, que impregna la construcción de valores de los adolescentes. “La lucha entre lo ideal y lo real”, en palabras de Schelling

La magnitud de los significados de esta novela es una fuente incalculable de lecturas humanas, en cualquier tiempo y lugar que nos haya tocado vivir. Ahí está la magnitud del legado que representa. Como decía Julián Marías, “cada época, cada generación, tiene que leer a Cervantes desde su propia situación” (1991). Pero esta convergencia, mágica en su trasfondo, debe saberse realizar. Si no, corremos el riesgo de que, por falta de pericia, convirtamos las páginas de cualquiera de sus capítulos en un “castillo de paredes transparentes” como el de la cueva de Montesinos en el episodio de la segunda parte del Quijote

Se trata, por ello, no tanto de que lean o no el ‘Quijote’, debate falaz que podría trasladarse a otras grandes recreaciones artísticas de nuestras tradiciones literarias. Es más una cuestión de cómo logramos que las lecturas, las conversaciones, los debates y los comentarios en torno a sus textos den sentido a sus experiencias vitales, para que las puedan integrar en ellas.

No olvidemos que, como toda obra, esta novela es un retrato social de un tiempo y un espejo del ser humano ubicado en un espacio cultural, psicológico y artístico determinado. La gran virtud del Quijote no es, por ejemplo, que parodie a las novelas de caballería. Tampoco que sus personajes viertan juicios de manera asombrosa sobre géneros y tendencias de su tiempo: Don Quijote de La Mancha es valiosa para los jóvenes de hoy porque puede ayudar a que cada persona pueda adentrarse en sí misma, en toda su complejidad. 

Por eso, si no respetamos, en un minucioso ejercicio de estética de la recepción, las distintas subjetividades a la hora de acercarse a los fragmentos seleccionados en el aula, se puede forjar una relación de distanciamiento con la obra y su sentido, un desarraigo que será difícil solventar en el futuro. 

Es innegable que los personajes del Quijote siguen vivos, y que continuarán estándolo por encima de lo que cada uno de nosotros piense sobre su inclusión o no entre las lecturas obligatorias de una programación escolar. La clave está en que logremos que revivan cada vez que un niño o una niña se interrogue por su valía, o simplemente que sienta cierta curiosidad por el desenlace de sus episodios más emblemáticos. 

Leer los variopintos “encantamientos” de Alonso Quijano, la progresiva transformación de Sancho, el conocido episodio del escrutinio del cura y el barbero, el encuentro con el Bachiller Sansón Carrasco, la asombrosa incorporación de Cide Hamete a la voz literaria o la historia de «El Curioso impertinente», puede convertirse en un ejercicio de cruel desengaño quijotesco o, en cambio, de esperanzador optimismo ante lo que la ficción artística aporta a nuestra era. A la hora de acercarse a esta u otras obras, todo dependerá de cuáles sean nuestros modos de hacer y proceder en una secuencia didáctica. 

Indagar en la polifonía de los caracteres creados por Cervantes debe ser un motor para el crecimiento personal y colectivo. Y eso puede hacerse a través de tertulias, foros en clubes y bibliotecas escolares, dramatizaciones, lecturas compartidas o adaptación a formatos audiovisuales o digitales. Todo ello, bien enfocado, puede despertar curiosidad y motivar una futura lectura autónoma de sus capítulos. 

Pero los pasos deben ser seguros y firmes para que el camino que trazó Cervantes a inicios del XVII en el universal recorrido de Don Quijote y Sancho se convierta en patrimonio de todos.

Una fuente accesible de saber para esa inmensa mayoría a la que nos acercamos cada mañana en un aula, mientras continuamos preguntándonos cómo debemos seguir haciéndolo para no perder la esperanza y no morir en el intento, como el desencantado caballero de la triste figura. 

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