La enseñanza de literatura: por qué superar el enfoque nacional

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En un mundo como el actual, coral, diverso y cambiante, seguir dando clases de literatura desde un enfoque localista o nacional resulta empobrecedor.

Coger al alumnado de tercero de la ESO y empaparlo de un entendimiento cultural uniformador centrado, por ejemplo, en el Cantar de Mio Cid como símbolo de una literatura española gestacional, con rasgos y tópicos diferenciadores, aleja a los jóvenes actuales de una idea relacional de las culturas. Además, esta visión dificulta un entendimiento de la educación literaria como instrumento favorecedor del diálogo entre pueblos, tal y como lo entendía Goethe al hablar de la Weltliteratur: “hoy día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa”, llegó a decir.

Antonio Monegal, Premio Nacional de Ensayo 2023 con su libro Como el aire que respiramos, ofrece algunas pistas que, aunque aplicadas a la cultura desde muchos puntos de vista, pudiera ayudarnos a derribar ciertas falacias difundidas por los medios recientemente. Algunas de ellas venden, sin ir más lejos, la idea falsa de que el actual currículo “aniquila” la literatura española, relato que compra con mucho gusto la ultraderecha al encajar con gran parte de su ideario. 

Una corriente anquilosada en el pensamiento añejo pudiera estar deseosa de volver a escuchar a los jóvenes recitando a Espronceda sin comprender el sentido de sus versos, o de reimaginar marcos mentales difusos del pasado donde los niños se leían presuntamente el Quijote de cabo a rabo, sin aprender un mínimo resquicio de la polifonía cultural que encierra el texto cervantino. Sin embargo, una literatura de fronteras, artificial en su comprensión de la identidad nacional como algo separado de los otros y creadora de barreras, ayuda a perpetuar imaginarios ficticios de relatos no neutrales sobre la diferencia como hándicap. 

Indica Monegal, en uno de los capítulos de su ensayo, que “la selección de un canon literario propio y la elaboración de historias de la literatura nacional son operaciones que conservan, en gran medida, las implicaciones políticas que tuvieron en el siglo XIX”. Obras cinematográficas actuales como Lost in translation o Babel, entre otras, nos señalan que el mundo ha cambiado, y necesita que se transforme, a la par, la manera en la que educación y culturas deben comprenderse: a través de una lengua y una cultura compartidas, con situaciones y voces interconectadas. ¿Cabe hablar ahora, con el nuevo desarrollo curricular, de la educación literaria como el pasaporte para otros entendimientos dinámicos y cambiantes de la identidad escritora y lectora? No hay duda de que sí.

Las nuevas generaciones no paran de viajar: con la mente y la imaginación; con el cuerpo a través de medios de transporte, como lo hacían los nacientes de la Revolución Industrial, o con un aparato tecnológico en sus manos, como los hijos de la actual sociedad digital. Son una mezcla del Simbad de Las mil y una noches, del Gulliver de Swift o de la Lucy de Las crónicas de Narnia: la enseñanza de literatura debe ser la puerta a un armario lleno de otros, de alternativas, de conversaciones y de la performatividad propia de las máscaras de los teatros tradicionales, ahora actualizadas. 

La gran mayoría de los que leen estas líneas crecieron en una visión de la educación literaria unidireccional y sesgada; una didáctica monorrima de las letras enfocada a perpetuar un imaginario injusto en el que los nombres de las mujeres casi no estaban en los lomos de los vastos volúmenes, los índices de las bibliotecas o los temarios de los libros de texto. Ellas no estaban porque pensábamos que no escribieron en su época, una falsedad histórica sobre la que alerta, por ejemplo, Irene Vallejo en otro magistral ensayo El infinito en un junco, cuando nos dice: “el primer autor del mundo que firma un texto con su propio nombre es una mujer”.

Detrás de esta múltiple invisibilización se esconde también el riesgo de que se diluya el sentido de las literaturas autóctonas, eclipsadas por este paupérrimo entendimiento de lo nacional. La globalización arroja una superposición de hábitos culturales, gastronómicos y musicales como signo de impostura, en donde hemos dejado desvanecer el sentido de una identidad mestiza que conforma nuestra raíz. Hay epopeyas nacionales, poemas nacionales y folklore nacional para categorizar en generalidades que encasillan la diferencia dentro de tópicos raciales o de género, a la par que hemos olvidado lo que somos como parte del universo. A ello ha contribuido esta determinada forma de enseñar literatura, donde lo propio, lo cercano, siempre se deja para el final, si es que queda tiempo, y se da paso así a esa perenne imagen de una literatura nacional, “un invento del siglo XIX con fines pedagógicos», como afirma Javier Cercas.

No. Del actual currículo de Lengua y Literatura no ha desaparecido la literatura española, simplemente porque el hecho literario de los pueblos de España, como país plurinacional blindado por el ordenamiento jurídico, representa un conjunto de pergaminos abiertos en un corpus amplio que tiene que ordenar cada docente con su grupo de estudiantes, complejo y diverso en cuanto a su origen, género o etnia. Ahí, en cada clase, caben relatos de las identidades diversas y mutables que conforman esa historia de lo común. 

Ante ella, la literatura desempeña un papel primordial en el aprendizaje, puesto que es canon individual y, a su vez, compartido, ajeno a listados o antologías como compartimentos estanco: una literatura de fronteras, cerrada y construida desde una posición etnocéntrica que transmitimos al alumnado cuando elegimos solamente, por ejemplo, a clásicos como Galdós o Clarín para hablar de novela, y nunca a voces como la de la nigeriana Buchi Emecheta, que tiene también en Kehinde un magistral ejemplo de manejo de las técnicas narrativas. Porque superar la idea de una literatura nacional en las aulas es necesario.

Es un bien de justicia, común y universal del que no podemos privar a quienes acompañamos en la apasionante construcción de la identidad lectora, que tiene que ser identidad ajustada al mundo que nos ha tocado vivir.

5 comentarios en «La enseñanza de literatura: por qué superar el enfoque nacional»

  1. Totalmente de acuerdo con lo que comentas. Estamos en un mundo que ha cambiado en relación con los que marcaron el canon, tenemos que adaptarnos. Considero que la motivación es un pilar importante en la enseñanza de la Literatura. Al alumnado actual hay que ofrecerle esa variedad de la que hablas.

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  2. Muy de acuerdo, tan acertado como siempre en un tema que se presenta tan difícil y que al final es el germen del hábito lector del alumnado.

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  3. Los últimos años, en la enseñanza estatal, los libros de lectura, por ejemplo, uno por trimestre en ESO, se elegían porque «agradaban a los niños»: no por su calidad literaria. Por supuesto, obras clásicas de ninguna literatura conocida: «obras actuales». No hay nada más actual que un periódico… ¡ni más pasajero y antiguo al día siguiente!
    La literatura universal era una quimera como asignatura optativa no fomentada por nadie: ni por el departamento ni por la dirección.
    La sintaxis inunda la asignatura de «Lengua y Literatura». Conocí las tres horas de Lengua y las cuatro de Literatura que daban para algo… ¿Y ahora cuántas horas se otorgan a ambas?

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  4. Me parece que tanto usted como los que ven la literatura en términos exclusivamente nacionalistas andan errados. Los clásicos dan para mucho más. El Cid es muy rico para enseñar visiones de universalidad y al mismo tiempo para abordar muchas cuestiones contemporáneas. Tan nefasto es el que se aferra a un pasado inexistente como el que glorifica el presente y niega la realidad y presencia del pasado.

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