Sobre la crisis de las humanidades en la escuela

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Decía el filólogo salmantino Francisco Rodríguez, gran defensor del mundo antiguo, cuando se percató del desmoche que preveía la llamada “ley Wert” (LOMCE) al no recoger las lenguas clásica en ninguna materia troncal de la enseñanza obligatoria, que la desmantelación educativa de este patrimonio universal “es como quitar las raíces a una planta”.

Varios años después, la gran crisis educativa, confirmada en la situación actual y plagada de habladurías que alimentan el populismo mediático, pasa por entender cómo la escuela ha sucumbido, gobierne quien gobierne, a los requerimientos de una forma de entender la economía. Y pasa también por percatarse de cómo la escuela se rinde ante intereses de los bancos para hacer de la servidumbre una clara voluntad contra el pueblo. Se trata de la llamada “crisis silenciosa” de la que alerta Martha Nussbaum en Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (Katz, 2012).

Sobre esta crisis y el papel que las humanidades juega en ella, Marina Garcés mantiene en su ensayo Nueva ilustración radical (Anagrama, 2017) una tesis interesante, alejada de la añoranza nostálgica, que vengo a subrayar en este artículo: “no hay que defenderlas, sino que hay que entrar con fuerza en lo que a través de ellas se está poniendo en juego”. Si seguimos con las ideas expuestas por esta filósofa, el papel de docentes y profesionales del periodismo en general debe ser, en virtud de sus códigos deontológicos, hacer valer lo que los studia humanitatis, entendidos desde un enfoque amplio y actualizado a nuestro tiempo, aportan para la construcción de una vida vivible

No se trata tanto de aportar una visión lastimera a partir de nuestros sesgos y desde la congoja de lamentarnos por un pasado mejor, en el que cursamos latín (asignatura casi “muerta” en los actuales planes de estudio) como materia obligatoria antes de tener la mayoría de edad los que sobrevivimos en el sistema. Ahora, el papel de la cultura, entendida esta en un sentido horizontal y relacional, pasa por remarcar la crisis institucional que ha llevado al desgajamiento progresivo del vínculo de los ciudadanos con el Estado, con la democracia, con las movilizaciones colectivas. Y tiene que ver también con el desinterés generalizado por la dignidad que aporta el humanismo a los diferentes estamentos de la sociedad civil.

Hay que reconocer que las políticas educativas de las últimas décadas no han sabido —o querido— captar el valor que las humanidades tienen para el bien común. El discurso lanzado desde la élite cultural, por su parte, ha girado hacia posiciones defensivas que no han sido escuchadas en medio de una planificación educativa en donde el emprendimiento y la digitalización han pasado a ser casi las únicas prioridades públicas: la piedra angular de todos los últimos cambios educativos y el cimiento para edificar la tan anunciada “aula del futuro”. 

La UNESCO, en su publicación Replantear la educación, de 2005, ya insistía en que “el planteamiento humanista aborda el debate sobre la educación más allá de la función utilitaria que cumple en el desarrollo económico”. Sin embargo, pasada la pandemia hemos evaluado el precio de los recursos tecnológicos que acercan a la humanidad al acceso a bienes y servicios de primera necesidad, pero nos hemos olvidado de calcular el costo de una sociedad y una escuela sin humanidades. El mismo pensamiento de Antonio Monegal en su ensayo Como el aire que respiramos (Acantilado, 2022), cuando habla de las consecuencias sociales del desprestigio de cultura, puede aplicarse a una educación pública donde el valor de las humanitatis se debate entre la vida y la muerte, sin habernos percatado del impacto de que esto ocurra, palpable en todo lo que nos rodea: “nuestro desencanto es uno de los principales síntomas del estado de la cultura”.

Las batallas entre la vieja y la nueva escuela se olvidan de incluir en las pedagogías de la inclusión lo que las humanidades aportan a la dignitas de los sectores más vulnerables, que tiene en su tronco originario la acción de tomar: lo digno es lo que se alcanza por merecimiento y se pone a disposición de los otros. “Sólo es digna de ser vivida la vida que se vive para los otros”, dijo Albert Einstein. Por ello, convertir las disciplinas humanísticas en bastión de la resistencia frente a las injusticias y contra la violaciones de los derechos humanos puede ser tan loable y necesario como advertir que los avances digitales coadyuvan a la accesibilidad universal y a la mejora de la vida cotidiana de todo tipo de personas. 

La cuestión está, tal vez, en dilucidar qué intereses están detrás del complejo de los gestores políticos por rescatar el peso de las humanidades en tiempos de crisis y, a la vez, observar que no haya mesura a la hora de enarbolar los cimientos de la escuela nueva sobre los ismos dictados por la sociedad neoliberal. Dicho de otra manera, demostrada la aportación de la cultura humanística como tronco común que nos une y nos proyecta hacia una vida nueva, nuestra insistencia debe ir encaminada a preguntar a quienes nos gobiernan qué cerrazón lleva a las políticas educativas a no establecer una estructura curricular firme en torno al arte, la música, la filosofía o la literatura desde los primeros años de vida. 

Y no tanto por lo que aportan a la elevación cultural del pueblo desde una posición tradicionalista, sino sobre todo por su proyección antropológica: las humanidades tal vez no nos hagan mejores personas ipso facto, pero sí que favorecen el entendimiento mutuo de los pueblos en su diversidad, como formas de vida que se entrelazan y favorecen la comprensión democrática conducentes a la cohesión social. Al fin y al cabo, detrás de la crisis de las humanidades en la escuela está la crisis de la alteridad, que aterrizó de lleno cuando el individualismo nos hizo olvidarnos de aquella premisa basada en que saber vivir en democracia pasa por entender que no estamos solos. 

Abogar, por lo tanto, por una idea clara de proyecto educativo común en cada centro escolar que se nutra de planes de desarrollo interdisciplinar de las humanidades es el mejor camino para lograr ensanchar el nosotros. Superar la crisis de la escuela pasa por superar la crisis de las humanidades en esta: el camino necesario para neutralizar el odio de los radicalismos y la cerrazón de los conservadurismos. Defender, en definitiva, una cultura de la concordia con base en una democracia más humana, más humanística, para aspirar desde cualquier aula a aquello que Daniel Innerarity entiende en su ensayo La libertad democrática (Galaxia Gutenberg, 2023) para la política: la verdad “como aspiración compartida, no una propiedad privada o un arma arrojadiza”.

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