Humanismo o competitividad

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¿Es compatible una educación basada en competencias con el necesario enfoque humanístico de la escuela? Reflexionemos sobre este binomio y saquemos algunas conclusiones: ¿humanismo o competitividad

Pensar el sistema educativo que queremos como sociedad no es tarea fácil, sobre todo por la diversidad ideológica que se intuye en cualquier grupo social en el que nos movamos o en cualquier rincón de nuestra geografía. 

Sin embargo, los recientes cambios legislativos en esta materia avivan el debate, otra vez, sobre la supuesta necesidad de llevar a la práctica con mayor ahínco que el que parece haberse demostrado hasta ahora un modelo competencial que, según han defendido algunos, pudiera ser la solución mágica al problema del enfoque excesivamente memorístico de los currículos y las metodologías docentes, así como su plasmación en la cultura de la evaluación. Parece ser esta, se defiende, una las claves para desterrar los malos resultados.  

Este énfasis en una educación por competencias, que lleva latiendo ya desde hace pronto dos décadas, supone en su raíz, si no se matiza bien, un alejamiento de los valores humanísticos que se propugnaban con el “aprender a ser”, que ya en el llamado Informe Delors (1996) de la UNESCO se defendía como uno de los pilares de la educación del futuro. 

No digo que determinadas explicaciones razonadas del aprendizaje competencial no contribuyan con cierto grado de coherencia a la búsqueda del éxito escolar, sin que factores relacionados con condiciones socioculturales o de origen supongan un elemento desfavorecedor. Sin embargo, sí cuestiono la necesidad de este término y el valor que encierra la idea de lo que es una competencia, término que, por otro lado, proviene -recordemos- del mundo empresarial: busca, en su fondo, crear un modelo de desarrollo eficiente basado en la competitividad: personas que, según los niveles que alcancen, podrán competir o no para obtener un puesto de trabajo. 

La UNESCO, en su publicación Replantear la educación. ¿Hacia un bien común mundial?, ya señalaba que “el planteamiento humanista aborda el debate sobre la educación más allá de la función utilitaria que cumple en el desarrollo económico. Se preocupa sobre todo por la inclusión y por una educación que no excluya ni margine” (2005). ¿No es una enseñanza parcelada en niveles competenciales una forma de contribuir a esta función utilitaria? ¿Con qué fin se clasifica realmente al estudiante en grados de adquisición de competencias? ¿Dónde queda la educación que se nutre de las potencialidades y características identitarias de cada ser humano?

Es significativo que este mensaje lanzado por esta Organización cuidadora del saber y la cultura, de defensa clara de los valores humanistas de la educación, se difundiera casi al mismo tiempo que el ADN de la educación empezaba a impregnarse del concepto de competencia, bajo el auspicio del Banco Mundial y de la OCDE. 

La escuela como mercado

La visión utilitarista de la educación no es nueva, y va mutando en función de quién maneje los principios ideológicos que quieran instaurarse. La formación de ciudadanos y ciudadanas competentes está determinada por la implantación dominante de la lógica del mercado en la escuela. O mejor dicho, por la concepción de la escuela como un mercado repleto de herramientas de control y vigilancia, así como de mecanismos de estandarización (los procesos de evaluación, especialmente los externos, y calificación son ejemplo de ello). 

Esta visión está centrada, además, más en la unificación de los procesos de enseñanza y no tanto en el respeto de las distintas formas de aprendizaje de las personas, clave para entender el principio de inclusión. Si no se maneja con cautela la llamada educación competencial, podría conducir a la perpetuación de una visión de la escuela que valida o invalida a los seres humanos -clasificados como competentes o incompetentes- para su posterior introducción en un modelo de desarrollo socioeconómico determinado, en una idea fabril de la escuela que coincide, además, con las bases del neoliberalismo.  

Igual que se pide la urgencia de fomentar el aprendizaje crítico en nuestro alumnado como una necesidad prioritaria, es necesario que las comunidades educativas sean críticas con la perspectiva que se defiende una y otra vez, y los intereses que la mueven: esta posición de defensa acérrima del enfoque competencial, ¿soluciona los males de la escuela? ¿Contribuye a evitar el abandono, la exclusión y la marginación escolar

La visión deshumanizada de la educación ya fue criticada por pensadores como Paulo Freire -y todos los que le siguieron dentro de la corriente de la pedagogía crítica-, en lo que él llamaba la concepción “bancaria” de la educación: la escuela tendrá como misión “donar” el saber a los ignorantes convertirlo en mercancía, objeto de cambio: instrumentalizar, en definitiva, el saber. ¿Es esa la educación humanista que queremos y que defiende la UNESCO en su Informe de 2005?

Seamos, pues críticos y reflexivos con este modelo. Pensemos con calma qué generaciones queremos formar y cómo queremos que salgan de la escuela. Lo que se van a encontrar después no es una gran fábrica, sino un mundo que se debate, cada vez con una tensión más agudizante, entre la supervivencia de los valores del humanismo como clave para la convivencia o el mantenimiento de la cultura de la competitividad.

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