Lo que el racismo se llevó

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Me resulta especialmente duro escribir este artículo y no por su proceso de redacción, sino por lo que justifica que tenga que hacerlo. Desde la muerte de George Floyd, a finales del pasado mes de mayo, el mundo parece haberse sumergido en una vergonzosa batalla entre las personas que combaten el discurso del odio con más fuerza y agudeza crítica que nunca y aquellas que viven en el negacionismo pleno y la perpetuación de las diferencias y privilegios casi como un estilo de vida inmutable.

En la pervivencia de este discurso inmovilista, ha sido y está siendo crucial, considero, el papel de la publicidad y los medios de comunicación, cuya acción ha avivado el hecho de que se polaricen las visiones sobre la legitimación de desigualdades que permanecen invisibles ante los ojos de muchas personas, por el hecho de que están enraizadas en nuestra forma de entender el mundo, ante lo cual las esferas mediáticas hacen poco para cambiarlo.

La primacía que otorga el poder social e institucional de las culturas tradicionalmente hegemónicas sobre otras oprimidas nos lleva a rechazar muchas veces sin darnos cuenta otras formas de entendimiento del mundo que son diferentes a la nuestra o, simplemente, a extrañarnos ante ellas. Por ello, damos por buenas visiones fosilizadas y categóricas como las que se están validando en estos últimos tiempos, en respuesta a las voces reaccionarias que han denunciado los signos de racismo incluidos en producciones artísticas como por ejemplo en la película estadounidense Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939) o en productos de consumo como los presentes en la imagen publicitaria de determinadas marcas de alimentación.

Así, como la prevalencia de estos discursos nacidos de la sociedad neoliberal marcada por la producción y el consumo es más sencilla que el derrumbamiento de un mundo plagado de injusticias y voces silenciadas, cualquier fórmula que se presente para “construir una alteridad sin connotaciones negativas” (Rodrigo Alsina, 2003, p. 151) y que además recoja las voces, perspectivas y las visiones propias de minorías étnicas (Rodrigo, M. y Medina. P, 2009), se presenta por muchos casi como un atentando contra el arte, la cultura o incluso contra la nutrición, lo cual resulta de lo más rocambolesco y lamentable.

Más que preocuparme el racismo latente que se aferra a nuestros códigos culturales, que me ya me inquieta bastante, me duele que el mantenimiento de las desigualdades siga siendo un negocio. El etnocentrismo lleva a una parte de la población a pensar que casi todo es justificable en un contexto, por lo que la lucha por cambiar una situación histórica de privilegios no los lleva siquiera a plantearse que nuestra forma de concebir el mundo está marcada por el aprendizaje de determinados códigos culturales en donde las minorías se tiñen de matices peyorativos que casi no detectamos porque hemos crecido con ellos.

Colectivos invisibles

 Muchas personas cercanas a mi  edad tal vez sí recuerden cuando, en nuestra niñez, se llamaba “conguito” al niño negro o simplemente más moreno que la mayoría, sin que este se alegrara por ello, sino más bien todo lo contrario: sufría estos insultos en silencio y con resignación. Eso ocurría y sigue ocurriendo: al igual que se insulta y se humilla al considerado débil o diferente, se anula, se margina o se invisibiliza a cualquiera que no pertenezca a una mayoría que cumpla determinadas características canónicas y estandarizadas asociadas a virtudes por la tradición.

Eso es justo lo que ocurre con estas marcas comerciales y sus defensores, que no ven daño alguno en la imagen promocional de sus productos porque los códigos que representan coinciden con los de las perspectivas culturales eurocéntricas aprendidas e interiorizadas, las mismas que llevaron, en su punto más extremo, a perpetuar en el pasado siglos de dominación, violencia y explotación en muchos casos oculta por una determinada forma de contar la historia.

Algo similar ocurre con grandes clásicos del cine occidental como Lo que el viento se llevó. Es complicado que la historia, la cultura y el arte recojan los testimonios y voces de todos los colectivos, sobre todo porque mucho de ellos no han tenido la oportunidad de ser escuchados. Por eso, el pasado nos ha demostrado que quienes controlan los medios de producción y comercialización determinan también la forma de contar las realidades, y multiplican así las posibilidades de propagación de sus mensajes en función del poder que ostenten.

Ese papel determinante de hombre blanco norteamericano con medios y dinero para contar una historia lo tuvo, por ejemplo, David O. Selznick, productor de Lo que el viento se llevó. No es que sea malo que su piel sea “blanca” o que haya nacido en Pensilvania; lo malo es que el rol que adquiere él y los demás impulsores del éxito de este filme es un rol cultural de varón blanco con privilegio económicos y desde una óptica de supremacía cultural que le llevó a crear una visión de la guerra de secesión americana con personas negras afligidas que aceptaban el yugo dominante del blanco, cuando muchas voces contrastadas de historiadores de la época nos dicen que no fue así.

Si la perspectiva fuera esa para presentar una metáfora de denuncia de una situación de injusticia histórica, podríamos aplaudir la obra incluso en su vertiente antirracial, pero el caso es que no es así. En Metrópolis (Fritz Lang, 1927), por ejemplo, vemos un discurso de denuncia social y política a través de símbolos susceptibles de interpretarse de distinta forma, pero siempre con el mensaje subyacente de crítica que se inserta dentro de muchas manifestaciones culturales del arte de Vanguardias.

Claro que importa ver e interpretar las obras en su contexto, pero opino que precisamente es el análisis contextual -y no solo fílmico- de Lo que el viento se llevó lo que lleva a que pocos hayan visto algún atisbo de denuncia en la cinta en relación a la esclavitud, pero sin embargo sí se ha observado una fragante manipulación histórica que no  sorprende ni molesta a determinadas mayorías, porque esas mayorías se han nutrido en su forma de entendimiento del mundo de los mismos prejuicios de los que se han cargado muchas creaciones del arte occidental predominante a lo largo de los siglos.

Pero contra todo ello, hay ecos que resuenan; aires renovadores que no cesan en su intento de demostrar que hay determinadas actitudes que el viento no se ha llevado y que permanecen indelebles, bajo el apacible sueño de los estereotipos racistas que no nos permiten despertar, porque ante el cambio, ante la lucha, ante la rebeldía y ante la transformación, hay quien prefiere seguir dormido.

 

Recursos

Rodrigo Alsina, M. (2003). Confianza en la información mediática. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, n.º 61-62, pp. 145-153. Recuperado de http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=716788

Rodrigo Alsina, M. y Medina Bravo, P. (2009). Los medios de comunicación en contextos interculturales. Sociedad y Discurso, n.º 16, pp. 21-39. Recuperado de https://repositori.upf.edu/bitstream/handle/10230/33496/Medina_soc_medi.pdf?se quence=1&isAllowed=y