Tal vez el DUA no sea nada de otro mundo

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Un tumulto de opiniones que no aportan sino torbellinos de apelación a las emociones continúa denostando todo lo que nos aleja de un sistema educativo decimonónico.

Desde la necesidad de introducir la cuestión de género de forma interdisciplinar hasta el Aprendizaje Basado en Proyectos, pasando por la introducción de la digitalización, la sostenibilidad y, por supuesto, el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA). Todo, en un conglomerado atroz espoleado por determinados medios, alimenta la necesidad de confirmar creencias cataclísmicas sobre la educación, en medio de una obsesión habitual por consumir noticias “malas” agudizada tras la pandemia (algunos analistas lo llaman doomscrolling). La última demostración de este fenómeno ha sido el tratamiento en la opinión pública de los resultados de PISA 2022, y cómo este ha avivado las críticas de siempre.

El DUA, casi dos años después de haberse incorporado al texto de la LOMLOE, ha colmado el vaso de los que, impacientes, continúan expectantes para ir viendo cómo caen las piezas de cualquier indicio de cambio educativo, mientras miran para otro lado con el fin de seguir viendo una película con siempre el mismo final. En el fondo, es hasta cierto punto natural que pensar en el diseño de una sociedad para el bien común, universalizar los servicios —que es al fin y al cabo lo que busca el DUA—, sea cuestión de unos pocos, de minorías. Por ello, la lucha por la construcción de determinados derechos colectivos se convierte en una cuestión subsidiaria, mientras la mayoría se sigue dejando llevar por privilegios y sesgos cognitivos para seguir tocando el laúd de la congoja. A la par, los grupos humanos infrarrepresentados o injustamente tratados siguen en el furgón de cola de los avances sociales.

Pero el Diseño Universal para el Aprendizaje tal vez no sea nada del otro mundo si nos damos cuenta de que lleva décadas intentando complementar, desde la práctica pedagógica, el conocimiento disciplinar con el que todo docente con inquietudes aterriza en un aula. Tiene que ver con la que seguramente es la parte más compleja de la enseñanza, pero que siempre ha estado ahí como habilidad específica necesaria para la profesión: desde la creación de entornos motivadores de aprendizajes para todos, hasta la praxis que nos guía sobre cómo enseñar contenidos disciplinares manteniendo expectativas altas para el conjunto de la clase, no solo para los aventajados. 

El DUA es una planificación de nuestra práctica que no es tan novedosa, aunque los escépticos se empeñen en demostrar lo contrario. Un “dibujo” (etimológicamente “diseño” se emparienta con esta palabra) en un plano secuencia donde vamos retratando paso a paso cómo se podría solventar cada barrera, para que el resultado final en las aulas sea así: sin murallas. Incorpora, pues, a nuestras clases en su gestación, esas orientaciones que solemos recibir en las reuniones con Orientación por parte del profesorado especialista para atender, por ejemplo, al alumnado etiquetado de Necesidades Específicas de Apoyo Educativo en nuestras aulas ordinarias, lo cual no es nada nuevo en el día a día escolar.

La presentación de tareas motivadoras, graduadas, contextualizadas y lo más fragmentadas posible, por ejemplo, hace que el alumnado con TDAH tenga más posibilidades de éxito. Pero este planteamiento beneficiará también al resto de la clase porque, al final, lo que ofrecemos no es nada del otro mundo. El apoyo visual, el establecimiento de trabajos cooperativos, favorecer la interacción social mediante actividades lúdicas estructuradas y la flexibilización en los tiempos de realización de pruebas favorece al estudiante que presenta Trastorno Generalizado del Desarrollo (TGC). Pero, con esto, no es nada descabellado que hagamos un planteamiento general de alguna de estas cuestiones en el diseño de partida de nuestras situaciones de aprendizaje, ya que todos, en mayor o menor medida, se pueden beneficiar, especialmente quienes más dificultades tienen (aunque no estén diagnosticados). 

Decir que estos planteamientos nacen por pura y exclusivamente intereses económicos, como ha llegado a mantenerse, resulta descabellado. Denota insensibilidad hacia la diversidad desalineada con los requerimientos de nuestro tiempo, desconocedora, también, de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad —aprobada hace casi 20 años—. En su artículo dos ya se habla del “diseño de productos, entornos, programas y servicios que puedan utilizar todas las personas, en la mayor medida posible, sin necesidad de adaptación ni diseño especializado”.

La inteligencia ciega de la que hablaba el pensador Edgar Morin, el pensamiento único que rehuye de una mirada relativista necesaria para entender esta era incierta, así como una visión medicalizada, terapéutica y peyorativa de las diferencias, nos instala en una perenne mentalidad fija. En ella, creencias como que “no aprende quien no quiere” o que las expectativas dependen de las etiquetas que les ponemos a las personas alimentan que un sector siga rechazando la mentalidad del DUA. 

Los avances en neuroeducación nos indican el camino desde hace ya cierto tiempo para favorecer la capacidad relacional y el dinamismo en ideas y conceptos en nuestros planteamientos didácticos, para que el cerebro pueda aprender con más facilidad. Para ello, no es nada nuevo que muchos docentes interesados en ampliar el éxito escolar en sus clases propicien múltiples formas de representación, de expresión, de presentar la información y de lograr la motivación en sus estudiantes. 

Para ello, cada vez se avanza más en la necesidad de favorecer diferentes formas de presentar las respuestas a una actividad (visual, auditiva, por escrito, con herramientas de la tecnología digital…) o de percepción de nuestros planteamientos de enseñanza, a través de distintos canales, soportes y formatos. Lo importante es que el estudiante demuestre que adquiere un aprendizaje, por lo que flexibilizar el camino para lograrlo no debiera ser nada de otro mundo. 

Resulta falaz también mantener que el DUA rebaja el nivel de esfuerzo del alumnado, cuando se trata justo de lo contrario: de fomentar la persistencia, la autonomía, la autorregulación… es decir, que demuestre que es capaz de conocer y saber a través de vías diversas, para lo cual el mantenimiento de la atención y la motivación para que el esfuerzo no decaiga se perfila como pieza crucial de un principio alineado con los planteamientos del Diseño Universal. 

Eso sí, siempre nos quedará el inmovilismo, el imaginario de ver el DUA como pseudociencia o el afán por amplificar el altavoz del desencanto. Al fin y al cabo, permanecer estáticos o, incluso, resistir, tampoco es nada de otro mundo, como tampoco lo debería ser alinearse a favor de los derechos de nuestra época, que es lo que muchos, a pesar de las resistencias, llevamos haciendo hace tiempo.

Porque, al final, el Diseño Universal para el Aprendizaje no es nada de otro mundo, sino de este mundo: el de todos.

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