Hay un gran pez en la escuela

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Aviso: hay un gran pez en la escuela; aunque proviene de otras aguas, ahora está navegando también en el océano educativo, como en el resto de la sociedad. Es tan peligroso como el tiburón blanco de la saga comenzada por Spielberg pero, en este caso, no todos ven su envergadura. Y, lo que es peor, acude ansioso a devorar determinados avances que llegan para mejorar las condiciones de vida de quienes más lo necesitan.

Hablando de películas: una de las joyas cinematográficas en la carrera de Tim Burton lleva ese título: Big fish (2003). En el filme, el protagonista le va relatando a su hijo, cuando se le diagnostica una enfermedad terminal, aventuras que rozan lo imaginario sobre su juventud, en una forma de placebo que lanza un mensaje sobre nuestros anhelos. La línea argumental la traza un animal marino que, a lo largo de la vida del personaje, cambia de tamaño según las circunstancias vitales del personaje principal.

Aunque coincide en su tintura fantasiosa —estamos también ante un animal variable en dimensiones—, el gran pez educativo es algo diferente. En un hábitat cultivado para sembrar la discordia, se mueve bien en el marco de aguas reaccionarias: un ecosistema donde vende más la carnaza catastrofista para alimentar la tiranía de los ciberanzuelos o el clickbait. Al final, catalizar la desidia es fácil: lo estamos viendo en el tenso debate político actual en ese intento de viraje a un pasado con menos derechos a donde algunos quieren llevarnos. En el mar donde surcan falacias, creencias populares o teorías conspiranoicas, cualquier solución que defienda la tesis de la escuela como un lugar donde todos tienen cabida es un imposible: sus aguas predilectas, como las de antaño, son inhóspitas para los débiles y, en ese discurso, muchos barcos quieren sacar tajada.

La cultura de la negación, de lo amenazante y del esfuerzo basado en la letra con sangre entra, arraigada en el imaginario social y en una narrativa que allana el camino a la expansión ultraconservadora, impulsa el movimiento de este gran pez. Recursos y metodologías que han llegado para mejorar nuestra calidad de vida y debatir sobre ello a través de discusiones sosegadas en universidades y claustros son parte del abismo marino que presuntamente fagocita a la infancia, para repetir en bucle la máxima tremendista de la caída del nivel, que se regalan los títulos o que el currículo nuevo rebosa en ideología más que otros. 

En esta continua tirada de dados en el tablero del hartazgo, nada, ningún avance sociopedagógico, es beneficioso en el arrecife que llaman “ilustrado”, en el que se mueve este gran pez: “un hombre con una convicción es un hombre difícil de cambiar”, nos alerta el psicólogo Leo Festinger. Y esas convicciones se nutren de experiencias y bagajes entremezclados de nuestro pasado que nos llevan a invalidar cualquier nueva propuesta, para pensar que el sesgo, el error o el prejuicio proviene siempre de los demás. Otro experto de la psicología social, Lee Ross, lo llama ‘realismo ingenuo’: como yo pienso así, todas las evidencias (si las hay) las voy a adaptar a mi pensamiento para hacerlo más fuerte.

Dentro de esa caja de resonancia, la libertad de expresión lo aguanta todo y permite que todo el mundo pueda opinar sobre educación: al final, todos pasamos por la escuela. En ese territorio, los estragos de los mensajes alarmistas de tono conservador dañan el pilar de la escuela pública como palanca de progreso y baluarte de la diversidad: “la ideología de género ha sustituido a las materias tradicionales”, “el ascensor se ha roto por la pérdida de especialización o la dictadura de lo emocional” o “los jóvenes de hoy ya no tienen cultura del esfuerzo” son algunas de las creencias del relato de este gran pez, aunque muchas veces, desde estudios e investigaciones desde los campos de la pedagogía, la psicología, la sociología o incluso las didácticas específicas, todo eso se haya desmontado.

Pero, como en la película Big fish, por supuesto que hay algo de verdad en las fantasías del padre; en este caso, que la escuela debe cambiar. Pero, con este presupuesto que muchos compartimos, la estrategia tiene que partir de la identificación de los grandes problemas con existencia demostrada en el sistema educativo: la segregación, la falta de recursos y apoyos para la inclusión, el retroceso de las Humanidades, la todavía elevada tasa de repetición, la reforma de la carrera laboral docente, la falta de incentivos en el desarrollo profesional o la mejora de la formación en pedagogía y didáctica son algunas de ellas. No paramos de hablar de esto y, sin embargo, el relato simplista y apocalíptico del gran pez sigue atrayendo a la opinión pública.  

En esa narrativa que se reproduce con cada fracaso, situación de marginación, exclusión o abandono no nos van a encontrar. El ecosistema educativo se merece una historia que puede ser construida desde la disidencia o la disonancia, sí, pero que trascienda la ceguera atencional en la que se nos quiere sumergir. En dicha ceguera, el gran pez se alimenta de falacias que ofrecen soluciones disparatadas y que solo existen en la mente de la persona que las plantea. La tesis es clara: la defensa de un presunto ataque al conocimiento o a la memoria, en medio de un engranaje legislativo real en el que nunca los docentes habían tenido tanta autonomía para enriquecer o ampliar los saberes que inculcan a su alumnado, en función de sus características.   

Pero, a pesar de eso, el gran pez de la escuela continúa su camino, con la bandera de un presunto desprecio al templo de la sabiduría; un desprecio que nunca existió, porque la actual ley educativa ni castiga el mérito ni impide que los docentes enseñen más y mejor. Lo que hace, en cambio, es incrementar la democratización académica para que entre todos concretemos el conocimiento o las fórmulas para poder llegar a él. Las debilidades identificadas dentro y fuera de la escuela que afectan sistema pueden mejorarse con un giro de timón hacia propuestas de mejora —es de lo que deberíamos estar hablando— y políticas colectivas que buscan el sueño del bienestar común y la cohesión social, más allá de posturas reaccionarias que dinamitan cualquier avance. 

Como aquel viejo de la novela de Hemingway que luchaba contra las contrariedades, en otro anhelo, por capturar un pez diferente, mientras combatía las trampas y dificultades de un viaje en el que nunca perdió la esperanza.

1 comentario en «Hay un gran pez en la escuela»

  1. Interesante artículo. Estoy de acuerdo con el planteamiento. Lo triste es que ese gran pez va selecciona su comida y por desgracia está devorando lo más jugoso y dejando lo intragable.

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