La guerra informativa en educación

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Richard Stengel trabajó como subsecretario de Estado durante la administración Obama de 2014 a 2016.

Fruto de su experiencia, escribió el interesante libro Guerras de la información (2019). En él, destripa el ascenso al poder de posiciones ultraconservadoras que basan su estrategia en mensajes repletos de falacias, inexactitudes y mentiras que dañan la convivencia, como una de las grandes amenazas para nuestras democracias. Desde el inicio del libro, ya nos advierte: “hay una guerra informativa librándose en todo el mundo y que se desarrolla a velocidad de la luz. Gobiernos y actores e individuos no gubernamentales crean y difunden narrativas que nada tienen que ver con la realidad”.

El ámbito educativo, tan repleto de opiniones, controversias y sin ningún atisbo de consenso —al fin y al cabo, todos somos diferentes y todos hemos pasado por la escuela—, no se libra de esta dialéctica social que está tan relacionada, al fin y al cabo, con la batalla cultural. Se trata de imponer una forma de entender la educación; un imaginario sustentado en bulos y creencias avivadas por el sesgo de confirmación que nada tiene que ver con los principios de una educación de calidad, inclusiva y valedora de los derechos universales de las personas. 

El compromiso ético de los profesionales de la educación, un deber incluso previsto en las leyes (más aún si trabajamos para la administración pública), debe ser reforzado más que nunca en una era en la que tener un móvil y propagar a través de él ideas no contrastadas por la investigación educativa o la comunidad científica se ha convertido en el arma de destrucción masiva más peligrosa. 

Más allá de lo que se venda en los productos de los medios de comunicación de masas, que responden a intereses empresariales y un sesgo ideológico muy marcado como elemento clave de la mercadotecnia, la presencia de la comunidad docente en el campo de la opinión pública debe estar orientada a construir una ciudadanía madura y crítica: es nuestra responsabilidad, dentro de la imagen que proyectamos ante una sociedad teñida por el maniqueísmo de la posverdad. Entrar en el terreno de la batalla informativa global representa, al fin y al cabo, para cualquier adulto que tenga relación estrecha con el sistema educativo, una suerte de posicionamiento que tiene que ver con esa forma de intervención en el mundo que defendía Paulo Freire en Pedagogía del Oprimido.

A la par que existen multitud de agentes y colectivos implicados en la reducción del fracaso escolar y del abandono escolar temprano, entre otros objetivos compartidos por la sociedad civil y las políticas públicas de instituciones y organismos, la batalla informativa en educación avanza en uno de sus lados de la balanza hacia terrenos pantanosos. Ahí, las creencias negativas sobre la escuela (bulos con poca solidez argumental) suelen apoyarse en dicotomías y en ideas básicas, simples o emocionales. En su defensa, rara vez se admite que la realidad educativa es compleja y, lo que es más preocupante, se pretende normalizar, a partir de la premisa vacía de la “falta de esfuerzo”, que todavía casi dos de cada diez jóvenes abandonen sus estudios prematuramente, o que la repetición de curso sea la medida de mejora estrella.

La batalla informativa en educación manosea una trillada y utópica idea de neutralidad para, de fondo, extraer una ideología determinada de las raíces del sistema educativo: aquella que se encuentra alineada con el proceso, el desarrollo, la defensa de la diversidad cultural y lingüística y la justicia social. A cambio, en ese campo de minas se omite, por ejemplo, la intervención de la escuela como elemento generador de procesos de inclusión o exclusión, ampliamente estudiada por la sociología: las dinámicas internas que proveen o usurpan oportunidades educativas a los estudiantes, en interrelación con factores externos, no existen para esta parcela de la lucha informativa espoleada por algunos medios a los que también sirven de soporte: existe el mérito, el esfuerzo individual o la excelencia de los que llegan al final de la meta porque se lo merecen por su sacrificio personal: ese sacrificio que nos recuerda a la Arcadia idílica de un pasado en el que fuimos nosotros los que salimos victoriosos, porque, claro, nos lo merecíamos.

En cambio, la batalla informativa, en su posición alineada con el bien común, tiene que ver con el compromiso, con la vinculación con los principios éticos y sociales de la escuela. Con el ideario colectivo y democrático de la educación que queremos para nuestros hijos e hijas. Con identificar en este permanente territorio pedregoso la turba que persigue al más débil hasta arrinconarlo en sus circunstancias vitales. Tiene que ver con no replicar o propagar el negacionismo populista de corte conservador para, a cambio, identificarlo y someterlo a constantes procesos de verificación y contrastación.     

Las redes son un espacio de alta peligrosidad para esta batalla informativa en la educación. Además de que los algoritmos refuerzan nuestros pensamientos sesgados e interactuamos en bucle con quienes tienen un ideario similar, buscamos a personas que tengan ideas diferentes no para aprender de ellas, sino simplemente para reforzar más las nuestras o incluso solo para avivar polémicas. Ese polo opuesto, además, se nutre de una retrospectiva idílica de un pasado en el que siempre todo era mejor, sin darnos cuenta de que hemos borrado nuestros recuerdos negativos de él para que esas visiones se asienten mejor en nuestra memoria, tal y como confirman distintos estudios en psicología social que han investigado sobre el comportamiento humano en esa faceta.

Pero, en la guerra informativa en educación, es clave la memoria. La memoria de los que, en una determinada forma de entender el mundo académico, se quedaron en el camino en esta carrera de obstáculos en la que se han convertido las aulas.

Una fracción de humanidad que queda siempre apartada de la parrilla mediática y que queda siempre apartada de la parrilla mediática a la que se le le privó de de su posibilidad de emancipación básica: la que sólo puede lograrse a través de la escuela. 

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