Los criterios de evaluación: ¿hasta qué punto son todos obligatorios?

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A partir de lo dispuesto en la Ley Orgánica de Educación —LOE—, Ley 2/2006 de tres de mayo, la potestad de los centros escolares en el ámbito organizativo, pedagógico y de gestión se refuerza. Ese es, al menos, el reconocimiento legal que cobra relevancia en la teoría, en el marco de un sistema educativo descentralizado; luego, las limitaciones que se presentan en la práctica a la hora de actuar nos hablan de otra cosa.  

Dentro de ese campo de acción, se blinda el principio de autonomía organizativa y pedagógica de los centros educativos. Este se establece, por parte de distintos órganos y grupos de trabajo, bajo el paraguas de los desarrollos legislativos, que se concretan a su vez en los documentos institucionales del centro: esos que marcan sus señas de identidad y que toda la comunidad educativa debería conocer. 

El principio de autonomía pretende que las escuelas elaboren concreciones contextualizadas que, en su diversidad, logren dar respuesta a una educación inclusiva y de calidad, en términos de igualdad de oportunidades y equidad. Ahí está su razón de ser. 

Los reales decretos ministeriales, que luego son concretados por las comunidades autónomas, introducen la idea de la necesaria adaptación del currículo a cada situación educativa, bajo la siguiente premisa: los principios, objetivos y metodologías deben ser “puestos en situación” a través de los acuerdos que alcance cada centro en un curso, dentro de su programación general anual. Para todo ello siempre hay que tener en cuenta el impulso del aprendizaje competencial y lo aprobado en cada proyecto educativo en cuanto a planes, programas y proyectos.

Es clarificador en ese sentido, por ejemplo, el artículo 13.4 del Real Decreto 217/2022, de 29 de marzo, por el que se establece la ordenación y las enseñanzas mínimas de la Educación Secundaria Obligatoria. Ahí se indica que “los centros docentes, en el uso de su autonomía, desarrollarán y completarán, en su caso, el currículo de la Educación Secundaria Obligatoria establecido por las administraciones educativas, concreción que formará parte de su proyecto educativo”. 

La identificación de los perfiles de alumnado que tenemos en cada centro, realizada a través de los análisis, memorias, intercambios de información entre etapas, evaluación de diagnóstico e informes finales, nos ayudarán a realizar esa concreción curricular. Con esa información completamos nuestras programaciones didácticas al año siguiente, que serán distintas cada curso en función del alumnado que tengamos. 

Por lo tanto, los criterios de evaluación y otros elementos prescriptivos serán “obligatorios” en tanto en cuanto se concretan en el desarrollo que cada centro realice, en el marco de la mencionada autonomía. Nada más. Y esta es una premisa clave para entender el engranaje de las nuevas leyes educativas cuando se llevan a la práctica, sin necesidad de agobiarnos por si no los podemos abarcar en su totalidad en un curso. 

Así, los criterios de evaluación se convierten, con los desarrollos normativos actuales, en referentes que están elaborados como piezas clave para ayudar a establecer los niveles de desempeño esperados en el alumnado. Todo ello será puesto en práctica en las situaciones o actividades puntuales que llevemos a cabo en función de las singularidades en las aulas. Entra en juego, así, otro principio importante: el de flexibilización. A partir de este se tendrán en cuenta los ajustes que tenemos que hacer mediante los objetivos de aprendizaje que nos planteemos en cada momento del curso. 

Hablar, de esa manera, en la educación básica, de la obligación de trabajar todos los criterios de evaluación al pie de la letra, “porque lo dice la ley”, encierra muchos matices a la hora de llegar a conclusiones. Primero, porque los nuevos planteamientos curriculares convierten los criterios de evaluación en materia prima para establecer, por un lado, objetivos de aprendizaje concretos extraídos de la propia redacción del criterio, según las características específicas de nuestro alumnado. Y, por otro, porque se convierten en herramientas fundamentales para que, a través de la coordinación y acuerdos oportunos, se trabaje para alcanzar la consecución en cada estudiante del perfil de salida, que debe ser el horizonte que nos guíe. 

Este perfil de salida será el referente último del desempeño competencial que fundamenta, para cada caso, el resto de decisiones metodológicas, curriculares y organizativas, para contribuir a que cada alumno o alumna lo alcance al finalizar la ESO. Se trata de lo que todo el alumnado tiene que saber o saber hacer al acabar la educación obligatoria. 

El énfasis que los actuales currículos ponen en la atención individualizada convierte los criterios de evaluación en materiales de trabajo moldeables ante cada circunstancia. Los trabajaremos en mayor o menor medida, siempre teniendo en cuenta que tenemos que elaborar las herramientas de evaluación a partir de aprendizajes extraídos de la redacción de los criterios. Pero no es necesario tener que cumplir con todos los elementos didácticos que encierran cada uno de ellos. Siempre hay que hacer una selección de cuáles son los aprendizajes imprescindibles que contienen. 

De las características de cada grupo, curso o estudiante dependerá el que desarrollemos los criterios con mayor o menor profundidad, ya que evaluamos el desempeño en la puesta en práctica de una situación planteada que moviliza saberes, habilidades, destrezas y competencias. Para ello, nuestras técnicas de recogida de datos (encuestas, observación, entrevistas, coloquios…) y nuestros instrumentos de evaluación  (diarios, listas de control, cuestionarios…) deben ser heterogéneos, además de ajustables en función de los imprevistos ocasionados por cada circunstancia que se nos plantee.

En definitiva, el empeño por abarcar mucho a veces puede provocar un efecto contrario: que nos quedemos en lo superficial. Por ello, es fundamental que sepamos identificar lo imprescindible de cada currículo en función de cómo es la diversidad de nuestra clase, aunque no toquemos todos los criterios en su profundidad.

Es ahí desde donde debemos empezar a redactar los objetivos de aprendizaje que luego se plasmarán en el trabajo, los reajustes y seguimiento diario que hacemos de cada estudiante, que es lo que realmente importa. 

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