La digitalización educativa no es una moda más

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Yo he sido el primero en denunciar la llamada innovación vacía en educación.

Una especie de esnobismo escolar al que todo el mundo se apunta por no ser menos. Una seña postmoderna englobada en la crisis más general que convierte en vorágine un montón de ismos superfluos, en un afán por competir y hacer visible a la escuela y al docente como un producto comercializable más del mercado.

Ese repique de modismos conduce a hablar casi siempre de batallas entre la vieja y la nueva escuela, presentes desde épocas clásicas. Y el paso siguiente ha sido el manido enfrentamiento tradición versus modernidad, cuando artes y culturas nos han enseñado que es posible armonizar ambos preceptos en una convivencia amable y transgresora también, cuando deba serlo, pero a la vez con pervivencia de una clasicidad necesaria. 

Volver al pasado es imprescindible por ejemplo si hablamos de blindar principios humanistas que hacen posible pensar en futuros vivibles, como diría la filósofa Marina Garcés. Pero algo muy distinto es pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, fórmula trillada perpetuadora de estereotipos y avivada por nuestros sesgos.

No parece una posición responsable pensar que cualquiera de los cimientos estructurales de la escuela actual que impliquen cierto nivel de transformación —como pueden ser la inclusión o la digitalización— son modas pasajeras que desvirtúan los principios de una educación de calidad.

Y es menos ético cuando hacemos esta crítica desde nuestro vagón de privilegios, con multitud de pantallas a nuestra disposición para seleccionar, con mayor o menor suerte, información, pero a veces con escaso criterio para saber distinguir lo que informa de lo que contamina entre montañas de estímulos visuales e hipertextos que enganchan a la población adulta.

PISA 2018 ya alertaba de que había muchas familias de nuestros entornos con conectividad insuficiente y con recursos tecnológicos que no cubrían todas las necesidades del hogar. Por ello, en los años siguientes se hizo un esfuerzo ingente por cubrir esta carencia. No solo hablábamos por aquel entonces de dotación de medios, sino también de otros objetivos clave como el uso de metodologías avanzadas en competencias digitales o la creación de un potente repositorio de recursos educativos abiertos, en forma de banco común alejado de intereses empresariales. 

Pero tengo la sensación de que, a pesar de los avances llevados a cabo en los últimos años, nos hemos quedado a medio camino. No hemos sabido migrar la mirada hacia lo estructural y nos hemos quedado en fogonazos de hiperrealidad y estimulación permanente que diluyen lo esencial del debate y desvían el foco hacia la peligrosidad. Porque ahora mismo se piensa que los móviles, las tabletas y los portátiles en la escuela son una moda. Una moda, además, peligrosa.

En el momento actual, la conversación pública ha dirigido la lente hacia unas restricciones de móviles que ya se venían aplicando en muchos centros, pero ahora el manoseo informativo lo ha convertido en noticia replicable: ningún medio informativo se ha dejado de subir a la ola de los titulares negativos y sensacionalistas: prohibir, vende. 

En una especie de viraje a las oscuridades de la psique humana, como el recorrido río abajo de la novela El corazón de las tinieblas, se cruzan datos y relatos para desvirtuar el verdadero sentido de la escuela en lo que se refiere a su responsabilidad social en educación digital. Nuestros temores se han impuesto y la estrategia que multitud de colegios e institutos han desplegado, a partir de la covid-19 sobre todo, para formar a nuestra juventud en cómo alcanzar bienestar en la red ha pasado injustamente a un segundo plano, abatida por una corriente que habla de la digitalización educativa como una moda más. 

Pero en una necesaria mirada blanca, más receptiva y permeable, estamos a tiempo para ahondar en aquello que queda como la letra pequeña de todo este asunto, pero que es clave en multitud de recomendaciones sobre el sistema educativo presente y futuro. Porque, si tenemos dudas sobre si esa historia que nos cuentan que va de que los dispositivos en el aula y las competencias digitales son parte de otro escaparate, pensemos en qué futuro queremos para nuestros hijos e hijas. El mundo que nos ha tocado vivir lucha por hacer de los espacios rutinarios burbujas alejadas de una realidad que es en red, fuera o dentro de una pantalla: interactiva, compartida y comunitaria. Porque ese es el verdadero sentido de una internet sana, próspera e inclusiva.

Claro que la digitalización tiene multitud de riesgos. De hecho, la tan recurrida adicción a las pantallas es uno de ellos. Pero precisamente la cantidad de horas que puede pasar un menor con un móvil o una tablet es un signo de exclusión digital. Una exclusión que forma parte de un complejo entramado estructural en el que, como siempre, los más débiles son los que más presentan signos de vulnerabilidad. Y una buena competencia digital, integrada con límites en estilos de vida y enseñanza, es el mejor antídoto para combatirla. 

Como las destrezas de una educación digital crítica y profunda encierran saberes vinculados con otras competencias, al final se trata de leer el mundo que nos ha tocado vivir, un mundo que se entiende en gran parte a través de los hipertextos y algoritmos que nos rodean. Y en todo este último año, reconozcámoslo, no hemos comprendido los avisos a navegantes que nos lanzan desde todas esas mismas instituciones que aparentan ponerse en alerta ante lo que ahora es una pandemia digital amenazante. 

Porque, al final, cuando desde estos mismos puntos se nos advierte de que hay que poner el foco en nuevas formas de liderazgo digital y en formar a toda la comunidad escolar en las áreas del llamado DigCompEdu (Marco Europeo para la Competencia Digital de los Educadores), volvemos a leer solo el titular periodístico estático de unas pantallas demonizadas que se propaga con la máxima “alejemos los dispositivos de la vida de la infancia”. 

Hemos caído en la trampa de pensar que incluir es dar un aparato digital, pero estamos a tiempo de arreglarlo. Porque lo contrario, excluir, es “dejar fuera a alguien de un espacio” y, en este caso, la eterna historia de culpabilizar a las víctimas se repite: los menores llamados “más problemáticos” son los que quedan al margen; los damnificados de mundo en el que, cuando salen del centro, no tienen a nadie que les acompañe con sentido ético y responsable en los espacios de vulnerabilidad en los que se mueven en su tiempo libre, calles y casas. 

La educación digital no es una moda más. La digitalización está cargada de carencias, necesidades y fisuras. Pero por ello es más urgente un enfoque revisionista para navegar hacia una cultura compartida de la ciberseguridad. Es una cuestión de madurez cívica: la misma que nos lleva a poner límites por el deseo de proteger, pero que en sus pasos está olvidando la manera en la que la red nos conecta en esa hiperrealidad común que, bien enfocada y de forma racional, nos puede ayudar a ser más libres de verdad. 

Para ello, preguntémonos una vez más por qué unos sí pueden acceder a una criticidad tecnológica de calidad y otros no. Estos otros que, por diversos condicionantes vitales, siempre seguirán siendo la parte dominada, débil o amenazada de esta mal llamada “moda digital”.

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