No voy a ser yo quien ponga en tela de juicio la relevancia del ingrediente fundamental del esfuerzo personal para tener una vida próspera.
Sin embargo, sí que creo que es necesario mantener siempre en el horizonte la historia de quien se esfuerza y, a pesar de todo, nunca llega a sus metas. Nunca es suficiente para alcanzarlas o, simplemente, tiene que esforzarse más.
En año de Olimpiadas, recordar la historia del atleta norteamericano Jesse Owens es un tributo obligado que nos ayuda a entender la construcción del relato meritocrático. Después de alcanzar la cima ganando cuatro medallas en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, la exatleta francesa Maryse Ewanjé-Epée relata en su libro Jesse: La fabulosa historia de Jesse Owens (2016) cómo el deportista al regresar a Estados Unidos fue menospreciado y relegado a trabajar en puestos de segunda fila.
Solo al final de su vida recibió los merecidos honores, a la par que comenzó a vincularse activamente en la lucha por los derechos de los afroamericanos: «me di cuenta de que luchar, en su mejor sentido, era la única respuesta que el afroamericano tenía, que cualquier negro que no estuviera comprometido en la lucha en 1970 estaba ciego o era un cobarde».
Es cierto que Owens murió a los sesenta y seis años rodeado al final de homenajes por sus éxitos, pero lo hizo, a buen seguro, después de que tuviese la necesidad de redoblar sus dosis de esfuerzo e implicación para que su batalla personal y social fuese reconocida. ¿Es para todos así o su color de piel determinó que una ración razonable en el ingrediente del esfuerzo no fuese suficiente para que al final su nombre alcanzara el estatus de mito del deporte y un apoyo destacado en la lucha contra la discriminación racial? En una sociedad meritocrática hay personas que deben esforzarse más porque parten de una posición desigual, y eso, se mire por donde se mire, es injusto.

La retórica de la meritocracia se nutre del lenguaje del individualismo y es parte de una creencia fiel de la casta, es decir, de los favorecidos por el relato. Las personas, en su lucha individual, son libres para decidir si esforzarse o no, y los que están abajo del escalafón, para lograr un objetivo que no alcanzan por méritos propios, se beneficiarán de que cada vez se regalen más títulos (para ellos) y de cualquier ayuda que será siempre inmerecida.
Como indica Owen Jones en El Establishment (La casta al desnudo), cualquier que no crea en estas ideas es considerado “un simple excéntrico, en el mejor de los casos, o incluso un elemento marginal extremista”. Los apuntes sobre la meritocracia se han llenado con cientos de páginas de historias de aquellos que han sido tocados por el privilegio y perviven bajo la influencia del sesgo del superviviente; para qué quemarlas si, como subraya el propio Jones, “se trata de un conjunto de ideas y de políticas muy convincentes para ellos, pues les garantizan unas riquezas personales y un poder cada día mayores”.
No, no siempre el esfuerzo equivale a recompensa, ni el fracaso se debe a una falta de esfuerzo. Entre otras cosas, porque quienes tienen que esforzarse más son normalmente quienes parten de posiciones de partida desigual y que pertenecen a grupos sociales tocados por la varita de la inequidad, la marginación, la infrarrepresentación o la invisibilización. “No niego que nosotros no hemos trabajado, pero también han trabajado otros, mucho más que nosotros”; así se expresaban David y José Manuel Muñoz, integrantes del grupo musical Estopa, para explicar los claroscuros de la falacia meritocrática, en la que no siempre quien lucha alcanza sus sueños. Una falacia que además es cruel y fomenta la insolidaridad, tal y como explica Michael J. Sandel en La tiranía del mérito:
“Si se espera que toda persona que se esfuerza mucho tenga éxito, entonces quienes no lo tienen no pueden culpar a nadie de ello sino a sí mismas, y va a ser más difícil defender que se las ayude”.
Si trasladamos el relato meritocrático al ámbito escolar, veremos que no es casualidad que el alumnado pobre repita cuatro veces más, según datos de la OCDE. Tampoco es fruto del azar que el alumnado migrante duplique la tasa de abandono escolar en España. También tiene que ver con esta narrativa del mérito y el ascenso el hecho de que dos de cada diez jóvenes con discapacidad abandonan los estudios prematuramente (en el caso de jóvenes sin discapacidad es la mitad), según datos de ODISMET. En todas estas situaciones está detrás la construcción de la cultura meritocrática, cuyos apuntes se han cebado siempre con escribir las páginas de los más desfavorecidos.
Salir de este relato es complicado, porque responde esa especie de indefensión aprendida en el campo ideológico de la que habla César Rendueles en Contra la igualdad de oportunidades (2020): “no es arbitraria, es un sesgo cognitivo que surge de algunos rasgos duraderos de nuestra organización social”.

Es parte, así, de la legitimidad capitalista que nos hace tener dificultades para dibujar una alternativa apoyada por las mayorías, puesto que precisamente es muy complejo convencer a esas mayorías de que, como dice Dubet en ¿Por qué preferimos la desigualdad? (2021), la universalización escolar no trae per se la ansiada promesa de la igualdad de oportunidades educativas, sino que ha terminado abriendo el terreno a una “libre competencia” que lo que ha hecho en muchos casos es amplificar las desigualdades estructurales de partida.
La fórmula para cambiar el final del relato construido sobre la trampa narrativa meritocrática no es fácil, pero pasa por instaurar cultural y socialmente mecanismos de reconocimiento del papel de los grupos más afectados en cualquier territorio de juego vital, sea la escuela u otro. Así, articulando un nuevo paradigma sustentado en el papel de lo común, de la diversidad, la inclusión, las redes de cooperación y la solidaridad, bajo la atenta vigilancia de los derechos fundamentales (siempre indiscutibles), podríamos reescribir historias de retorno basadas en el verdadero sentido del relato de Jesse Owens.
Interesante artículo, nos lleva a reflexionar sobre lo establecido.