El temido parte de incidencia en la escuela: ¿cuándo y cómo rellenarlo?

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Cumplo veinte años en la enseñanza.

Recuerdo que una de las primeras dudas que pregunté a un compañero veterano cuando me senté en aquella sobria sala de profesores fue algo así como qué podía hacer si un alumno se portaba muy mal: “¿puedo echarlo de clase?”. “Sí, pero si le rellenas un parte de incidencia”, me respondió.

Desde ese momento me di cuenta de que en los centros educativos el parte de incidencia suele verse como un papel clave: el documento que aparece cuando algo va mal. Pasados los años, todo lo veo un poco diferente, y me doy cuenta de que nadie me ayudó a saber cómo rellenarlo como paso previo a cualquier sanción. Tampoco tenía claro cuándo debía recurrir a él imperiosamente o cuándo era conveniente prescindir y usar otras herramientas para solucionar un conflicto.

Con el parte dejamos constancia de hechos relevantes. Bien cumplimentado, permite activar respuestas coordinadas, proteger derechos y convertir conflictos cotidianos en oportunidades educativas. Si lo usamos para «castigar por escrito» o como amenaza, pierde sentido pedagógico.

La normativa sitúa la convivencia en el corazón de nuestra tarea. La Ley Orgánica 2/2006, de Educación, entiende la educación como un medio para fomentar la convivencia democrática, el respeto a las diferencias y la prevención de la discriminación. En las distintas regiones hay normativa que regula los derechos y deberes de la comunidad educativa, normas de convivencia y procedimientos para resolver los conflictos.

Este principio, integrado en el proyecto educativo y concretadas en el plan de convivencia y en las normas de funcionamiento, obliga a toda la comunidad. Por eso, antes de cumplimentar un parte, es clave que cada docente conozca el procedimiento aprobado por su centro: qué conductas se registran, qué canal se utiliza, a quién se comunica y qué actuaciones inmediatas corresponden. Yo al menos hubiese querido tener claro esa información cuando aterricé en la enseñanza hace dos décadas.

Pero no todo incidente requiere un parte. Una distracción puntual, un olvido aislado o una discrepancia menor pueden abordarse mediante una indicación clara, una conversación, la reparación del daño o las medidas ordinarias de aula. Registrar cualquier roce reduce el valor y sentido del parte.

¿Cuándo recurrir a él? Cuando la conducta altera de forma significativa el aprendizaje o la convivencia; cuando es reiterada pese a las intervenciones previas; cuando hay daños, amenazas, agresiones, humillaciones o desobediencia grave; cuando puede afectar a la seguridad; o cuando resulta necesario trasladar información a tutoría, jefatura de estudios, dirección o a los responsables de bienestar. Ante indicios de acoso, violencia o riesgo para un menor, recuerden que un parte no sustituye a la apertura de protocolos: hay que comunicar de inmediato por los cauces establecidos y activar la respuesta correspondiente.

¿Cómo redactarlo? Con hechos, no etiquetas. Pongo un ejemplo: es mejor escribir «durante la explicación, interrumpió cuatro veces en voz alta; tras dos avisos, arrojó el cuaderno al suelo y salió del aula sin autorización» que «se comportó fatal y fue desafiante». Con la primera redacción puedo comprender y contrastar; con la segunda se mezclan percepciones y juicios. Un buen registro identifica fecha, hora, lugar y personas presentes; describe la secuencia observable; recoge las indicaciones dadas y la respuesta; señala, si los hubo, daños o personas afectadas; y anota las medidas inmediatas adoptadas. Y esto, fundamental: si se reproducen palabras relevantes, deben ser literales y entrecomilladas. También es útil distinguir con claridad lo observado personalmente de lo comunicado por terceros.

El lenguaje importa. La redacción ha de ser sobria, respetuosa y proporcionada, sin diagnósticos improvisados, ironías ni valoraciones sobre la personalidad, el origen o la familia del alumnado. Incluyamos solo los datos necesarios para gestionar la incidencia y, para su tramitación, usemos siempre los canales oficiales del centro, respetando la confidencialidad. El alumnado tiene derecho a su dignidad, integridad y protección, pero también a que las decisiones que le afecten se adopten con garantías. Un parte preciso favorece la escucha de las distintas versiones y evita impresiones apresuradas.

Además, conviene redactarlo lo antes posible, mientras los hechos están frescos (pero no “en caliente”), y comunicarlo según la urgencia. Y algo importante: si existe peligro, lesión, posible violencia o desprotección sobre otros menores, la prioridad es asegurar la atención y avisar inmediatamente. En estos supuestos, el registro documental es importante, pero siempre debe ir acompañado de la actuación protectora del protocolo específico.

Pero redacción del parte no cierra el proceso.

Después del registro llegan la valoración educativa, la coordinación entre profesionales, la información a la familia cuando proceda y el seguimiento. Las medidas han de ser coherentes con la norma, proporcionales a la conducta y orientadas, en lo posible, a responsabilizar, reparar y prevenir la repetición.

Es cierto que a veces es necesaria una medida correctora, pero, en otras ocasiones, la medida puede ser una mediación, un apoyo tutorial o la intervención de orientación. La acumulación de partes, por sí sola, no resuelve nada: los equipos de convivencia tienen que analizar patrones (momentos, espacios, desencadenantes, respuestas habituales, etc.) para actuar sobre las causas.

Ahora que se acerca el inicio de curso, considero importante explicar al grupo en las primeras tutorías para qué sirve este instrumento. No presentarlo como amenaza (el famoso «como sigas así, te pongo un parte»), sino como uno de los mecanismos con los que el centro garantiza que las normas conocidas por todos se aplican de manera justa. Recuerden que la autoridad docente se fortalece cuando combinamos claridad, serenidad y consistencia.

En definitiva, un parte de incidencia es útil si mejora la información y permite cuidar mejor a las personas y al aprendizaje. Usado con prudencia, rigor y finalidad educativa, protege al alumnado, respalda al profesorado y da coherencia a nuestras actuaciones. Jamás reemplazará el vínculo, la prevención o el diálogo, pero puede ser una pieza básica de una convivencia responsable. Por eso es importante escribir bien lo ocurrido.

Así le daremos la medida exacta al conflicto para que los implicados puedan comprenderlo y, lo que es más importante, puedan aprender de él.

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