Por qué ‘La Odisea’ de Christopher Nolan es una buena adaptación

//

Nos separan cerca de tres mil años de la época arcaica griega, cuando comenzó a circular la épica atribuida a Homero: la Ilíada y la Odisea. Aquellos poemas son muy anteriores al esplendor literario de los siglos V y IV a. C., cuando florecieron la tragedia, la comedia y la prosa filosófica. Desde entonces, la historia de Odiseo ha atravesado innumerables traducciones, relecturas y recreaciones artísticas.

Por eso me sorprende que La Odisea, dirigida por Christopher Nolan y estrenada este verano, haya recibido críticas centradas en su supuesta infidelidad al texto originario. La objeción parte de una idea fallida desde su base: que existe una versión única, estable y plenamente recuperable a la que cualquier adaptación deba someterse.

La investigación no ha podido demostrar que un autor histórico llamado Homero compusiera por sí solo la Odisea. El poema que leemos procede de una tradición oral y colectiva, fijada y revisada durante siglos. El aedo era un cantor, y no un escritor: interpretaba relatos acompañado por un instrumento y recurría a recursos que facilitaban la memoria y la ejecución pública.

Esta historia textual obliga a entender la fidelidad de otro modo. No se trata de obedecer palabra por palabra un original inmutable, sino de conservar el espíritu, los conflictos y los grandes motivos de la épica homérica. La propia transmisión de la obra demuestra que el mito siempre ha vivido en sus variaciones.

También resulta aventurado hablar de traición cuando ni siquiera conocemos con exactitud el origen de la narración. La Odisea cuenta el regreso de un combatiente de la guerra de Troya a Ítaca, después de diez años de viaje, pero lo hace mediante cantos formados, transmitidos y reorganizados durante generaciones. Nos encontramos en los albores de la literatura occidental, no ante una novela moderna salida de una mesa de trabajo.

Podemos, desde luego, preferir determinados episodios o echar de menos otros. Esa discusión es legítima. Lo que no parece razonable es convertir nuestras preferencias en una medida absoluta de fidelidad, sobre todo cuando el cine trabaja con sus propios recursos, ritmos y necesidades narrativas.

El episodio de Polifemo, en el canto IX, permite ver con claridad cómo opera la adaptación. En el poema, la fuga se apoya en la célebre treta del nombre «Nadie»: cuando Odiseo hiere al cíclope y este pide auxilio, los demás entienden que nadie lo ataca. Nolan prescinde de ese mecanismo y concentra la escena en la presencia física de Polifemo, presentado como una criatura desconfiada, obstinada e infantil, dominada por el hambre y el instinto de supervivencia.

¿Pierde valor la película por esa libertad? A mi juicio, no. El cine sustituye el ingenio verbal por una experiencia sensorial: el encierro, la violencia, la oscuridad y, sobre todo, el sonido. Por ejemplo, el rechinar del ojo del cíclope cuando los marineros hunden la estaca ardiente está filmado con una minuciosidad extrema. La escena convierte un pasaje conocido en una vivencia física.

La ambientación sonora y musical es, de hecho, una de las grandes fortalezas del filme. No reproduce el hexámetro griego, algo imposible e  innecesario, pero sí recupera su impulso rítmico: la sensación de avance, repetición y amenaza que debió de sostener la escucha de los antiguos cantos.

Del lenguaje de los aedos al lenguaje del cine

Nolan tampoco reproduce otras marcas esenciales de la épica homérica, y hace bien. Las fórmulas fijas —«el rubio Menelao», «Atenea, la de ojos de lechuza», «el divino Odiseo, el resistente»— ayudaban a los aedos a componer, recordar y completar los versos durante la recitación. Trasladarlas literalmente a una película produciría afectación, no fidelidad. Adaptar exige buscar equivalencias, no copiar procedimientos que pertenecen a otro medio.

En cambio, la película aprovecha con habilidad rasgos narrativos que ya estaban en el poema. La Odisea no avanza de manera lineal ni depende de una sola voz: alterna espacios, relatos y puntos de vista. Esa condición polifónica anticipa formas narrativas posteriores y encuentra en Nolan, un cineasta fascinado por la arquitectura del tiempo, un traductor adecuado.

El comienzo in medias res y los saltos temporales no son, por tanto, caprichos contemporáneos añadidos a Homero. Forman parte de la lógica original del relato. Los aedos rescataban para su público las escenas más significativas sin someterse a una cronología continua; la película hace de forma brillante algo semejante con el montaje.

Los saltos hacia la guerra de Troya enlazan el presente de la Odisea con el pasado de la Ilíada.

Esas analepsis permiten que el viaje de regreso no sea solo geográfico: Odiseo también intenta volver de la violencia, la culpa y los recuerdos. El héroe homérico no estaba definido por un trauma bélico en el sentido moderno, cierto, pero la película incorpora esa sensibilidad para acercarlo a nuestra época.

Esta elección introduce una lectura antibelicista, muy necesaria hoy en día, sin borrar la astucia la resistencia ni las contradicciones del personaje. Frente al impulso de Aquiles hacia la gloria, este Odiseo aparece como un hombre que conoce el coste de sobrevivir. La adaptación no niega el mito: lo interroga desde uno de los grandes problemas del presente.

También aquí caben las discrepancias. A algunos espectadores les parecerá excesiva la recreación de los lestrigones; otros lamentarán que Calipso o Circe dispongan de menos espacio. Son juicios atendibles sobre el ritmo y el equilibrio de la película. Pero no prueban que la adaptación haya fracasado: muestran, más bien, hasta qué punto cada lector lleva consigo su propia Odisea.

Analizar la película mediante una comparación escrupulosa con las versiones literarias conservadas conduce a un callejón sin salida. La Odisea de Nolan no pretende reconstruir de forma primigenia unos cantos con casi tres mil años de historia. Pretende dialogar con ellos desde las posibilidades del cine contemporáneo.

Su valor reside en conservar el impulso épico —el viaje, la prueba, la pérdida, el deseo de regresar— y atreverse al mismo tiempo a reinterpretarlo. La gran tradición no se mantiene viva encerrándola en una vitrina, sino permitiendo que nuevas voces la pronuncien.

Por eso esta Odisea es una buena adaptación. No porque sea obediente, sino porque entiende que la fidelidad profunda no consiste en repetir.

Consiste en hacer que una historia antigua vuelva a sonar con fuerza para quienes la escuchan hoy.

2 comentarios en «Por qué ‘La Odisea’ de Christopher Nolan es una buena adaptación»

  1. Recuerdo que siendo niño vi la película «Ulises», causó en mi un gran impacto, tanto que tengo aún vivas las imágenes de sus personajes y acciones. Interpretada magistralmente por Kirk Douglas y Silvana Mangano. En esa época el dueño del cine de Icod era mi tío, podía ir todos los días al cine, pues entraba gratis, no había TV. Posteriormente leí la obra, pero el impacto de la película en escenas como: Telémaco y Penélope, el naufragio de Ulises, Polifemo, Hermes… marcaron mucho mi sentir y en la lectura porterior volvia a esa imágenes.

    Responder

Deja un comentario

© 2021 Albano Alonso

Aviso Legal / Política de cookies / Política de privacidad /