El club de los poetas muertos (Peter Weir, 1989) cumple 35 años desde su estreno y sus mensajes, valor simbólico e interpretaciones siguen calando en nuestra sociedad.
Una oleada de pensamiento reaccionario, la misma que entiende el rol del docente como un dispensador automático de conocimientos y poco más, se ha encargado de denigrar su significado y restarle relevancia. Al igual que hizo con la infravalorada Master and Commander y sobre todo con la asombrosa El show de Truman, Weir volvió a explorar la condición humana, en este caso en su expresión más honda de la sensibilidad y la emoción. La metáfora vital está proyectada esta vez a través de la magnífica interpretación de Robin Williams, un profesor que cambia las vidas de sus estudiantes, como seguimos viendo en otras historias como la reciente El maestro que prometió el mar. “En mi clase aprenderán a pensar por ustedes mismos”, será una de las frases memorables del emblemático profesor Keating.
La revolución que plantea el joven docente que llega a la academia Welton para enseñar literatura chirría a determinadas posiciones (dentro y fuera de la propia película). Representa una versión más del choque entre la dominante racionalidad técnica y la necesaria reflexión crítica, un debate que se ha dado en la escuela y en la pedagogía desde que se sentaron sus bases tal y como las conocemos, desde finales del siglo XIX y en las primeras décadas del XX.

La revisión que nos ofrece del tópico clásico del carpe diem y de la obra de Walt Whitman, uno de los grandes impulsores de una poética fundacional moderna en la que se han inspirado multitud de artistas de épocas posteriores, resulta molesta porque encierra una quiebra de determinados preceptos del canon clásico: una visión dominante que plantea la escuela como guardadora de un conocimiento que solo va en una dirección, y que coloca al estudiante como diseccionador de textos, con la misión de procurar memorizar lo que un docente le indica, sin más.
El club de los poetas muertos es una película rodeada de elementos humanos y emocionales que impactan contra una perspectiva hegemónica de las culturas, el arte y el pensamiento. Un ejercicio iconoclasta que recuerda a la revolución estética que se dio a inicios del siglo XX con las Vanguardias artísticas, y que llegó al mundo de la educación a través de la pedagogía crítica, asentada en las enseñanzas de Paulo Freire.
Por eso en uno de los momentos más recordados del filme, el profesor Keating se sube a una mesa y exclama: “me he subido a la mesa para recordarme a mí mismo que debemos mirar constantemente las cosas de una manera diferente. El mundo se ve distinto desde aquí arriba. Si no me creen, vengan a probarlo”. Anima, entonces, a todos sus alumnos a hacer lo mismo: explorar el entorno desde otros puntos de vista.
Podría valer esta como definición de lo que es aprender literatura: aprender a mirar la vida y el pensamiento con códigos alternativos, basados en la expresión libre de vivencias y emociones únicas como un territorio digno de ser explorado y de convertirse, así, en eterno.
Un intento, en resumen, de deslizamiento de mirada, como el que nos plantea la antropóloga Valeria Mata en su ensayo Todo lo que se mueve (2022): “ese descentramiento del mirar implica un continuo extrañamiento de lo familiar, la necesidad de mover el punto de vista propio para salir del yo, para desbordarlo una y otra vez”.
El club de los poetas muertos realiza también un ejercicio de introspección en la idea de la masculinidad dominante, para ofrecernos una densa exploración en sus traumas y presiones. El eco del choque entre la profunda angustia existencial de sus protagonistas varones y las rígidas conductas morales de la época recuerda a la más álgida sensibilidad del Lorca de Poeta en Nueva York (1929-1930): “Quiero llorar porque me da la gana/ como lloran los niños del último banco/ porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja/ pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado. Quiero llorar diciendo mi nombre/ rosa, niño y abeto a la orilla de este lago/ para decir mi verdad de hombre de sangre/ matando en mí la burla y la sugestión del vocablo”.
El club de los poetas muertos, criticada por su excesivo idealismo, plantea en su fondo una revisión del canon escolar. Como indica Carlos Lomas en El poder de las palabras. Enseñanza del lenguaje, educación democrática y ética de la comunicación (2023), este “no obedece a los mandatos de la academia y a los dictados del canon literario sino que se construye en un entramado de decisiones”. La película de Weir y la novela posterior de Nancy H. Kleinbaum cuestionan estas decisiones.

El personaje del profesor Keating nos ayuda a preguntarnos sobre hasta qué punto las subjetividades de los estudiantes son tenidas en cuenta en la construcción de ese canon: “cuando lean, no consideren sólo lo que el autor piensa, consideren lo que ustedes piensan”. Un ejercicio, en definitiva, de defensa de una forma de alteridad pedagógica, en el que se defienda la importancia de la diversidad de puntos de vista a la hora de interpretar todo texto literario. Una defensa, al fin y al cabo, de la importancia de la estética de la recepción en nuestras unidades didácticas.
El club de los poetas muertos plantea el aprendizaje de la literatura como la creación de un horizonte lector vinculado a cada una de las identidades, gustos e inquietudes que tenemos en las aulas; una revisión que debe formar parte de la construcción de ese proyecto común que supone enseñar a entender el arte y el pensamiento literario de otra manera, superando de una vez por todas el enfoque historicista o la hegemonía de una literatura de fronteras.
Me ha gustado. Espero que sirva de reflexión para muchos profesores de literatura.