¿Cómo lograr una mejor comunicación escuela-familia?

//

Hace poco algunos medios se hacían eco de los resultados de un reciente estudio publicado por la Unión de Educación y Ciencia (GEW) de la localidad austriaca de Hesse.

Este estudio revelaba un cierto deterioro en el clima de desarrollo de las reuniones del profesorado con las familias. Es evidente el sensacionalismo que rodea el tratamiento de este tipo informaciones, que amplifica una fractura peligrosa de las relaciones de la escuela con la sociedad y otros miembros de la comunidad escolar que son clave. Por eso, sobre todo sus titulares hay que analizarlos siempre con cautela, además de, por supuesto, contrastar todo lo que leemos.

Sin embargo, esta percepción, que ya no parece aislada, se une a la situación de malestar que planea en un sector de la opinión pública. Tiene que ver con cambios en el estatus del profesorado en relación con épocas pasadas, su bienestar, reconocimiento público y estima social, aspectos que son fundamentales para un buen funcionamiento de nuestro sistema educativo. 

Vivir en la queja permanente sin aportar propuestas o mantener cierto talante propositivo extiende este malestar, sin atisbo de solución. Por eso, en este artículo quiero dar una serie de consejos desde mi experiencia para mejorar nuestra comunicación como docentes con las familias.

En primer lugar, el supuesto incremento de situaciones tensas o violentas en los contactos entre profesorado y familias se originan, entre otros factores, por la pérdida de confianza y el alejamiento que progresivamente han ido sintiendo algunas familias con respecto a los fines y principios de la escuela. Hay sectores sociales que discuten la centralidad de una educación en valores, por y para los Derechos Humanos, la igualdad, el reconocimiento de la diversidad y el respeto a las diferencias, todo ello blindado en nuestro ordenamiento jurídico. Con esas lides, no es de extrañar que haya quien desconfíe de la escuela. 

Por otro lado, es evidente que, al igual que un docente tiene que adquirir estrategias para gestionar la convivencia en los grupos a los que da clase, ocurre igual en las formas de entablar comunicación con las familias, en donde, conjugado con lo anterior, entra en liza el factor humano, emocional. Si hay determinadas familias que se alejan de nuestros objetivos y sienten desarraigo con respecto a lo que el centro está aportando a sus hijos e hijas, será difícil remar en el mismo sentido para la consecución de una misma meta: el desarrollo académico socioemocional adecuado en todo el alumnado.

También hay un sector del profesorado (que tal vez sea pequeño, pero que hay que considerar), que puede haber perdido la confianza en la participación de las familias en la escuela. Evidentemente, si hay familias que desconfían o ponen en duda las actuaciones del profesorado, la relación se deteriora y ese recelo contagiará a la otra parte. Al final, estamos hablando de relaciones dentro de grupos humanos, que necesitan, para su armonía, apego y reconocimiento de la labor que la otra parte realiza.

La educación es un proceso colectivo y permanente de vivencia, experimentación, construcción y priorización de valores de vida.

Sin embargo, determinadas prácticas heredadas y el aumento de la presión por la importancia de la rendición de cuentas, que deshumaniza la escuela, incrusta a profesorado y alumnado en partes de una cadena de producción donde muchas veces prima más el control, la fiscalización y el individualismo. 

Por lo tanto, nuestros encuentros con las familias (reuniones de tutoría, grupales, entrevistas con profesorado…) deben tender a salir de la fórmula de espacios para el control, y acercarse más a la idea de intercambio, de encuentro que cuide el ámbito relacional

Algunas pautas para recuperar el clima de confianza y apoyo mutuo pueden partir de la reorientación del lenguaje que usamos, sin centrarnos en lo negativo o la incapacidad y buscando siempre resaltar que necesitamos del apoyo de la otra parte, porque trabajamos en un mismo fin. Querer defender de forma unilateral la legitimidad de una forma de autoridad docente que ha perdido su sentido lo que va a generar es confrontación. Las familias de las que precisamos recuperar su confianza no van a aceptar fácilmente esas fórmulas regresivas que hoy lo que generan es impotencia y frustración. 

Otro ejemplo, si queremos hacer un acta de la reunión con una familia, que esta se oriente a la toma de acuerdos, como una especie de pacto de confianza que resalte los aspectos participativos. Debemos en cierto modo, y siempre de forma asertiva y propositiva, dejar a las madres o padres formar parte de lo que en ella se refleje. Un acta de una reunión en el ámbito educativo debe traspasar las fronteras del control burocrático que asuma una presunta verticalidad del acto de educar que no funciona con determinado alumnado y familias. Se trata, en estos casos, de hacer de ese documento una plasmación de lo que nos puede unir, de nuevos roles para ese hijo o hija basados en la creatividad o la posibilidad, “lo que es capaz de hacer con esos puntos fuertes” frente a “lo que tiene que hacer por obligación por esa acumulación de faltas”.

Las familias no pueden salir de la reunión con sensación de impotencia, desencanto o ira, porque volcarán esas emociones con su hijo o hija al llegar a casa, lo que reproducirá ese clima represivo que ya se pudo haber vivido en la reunión. Las familias no se van a implicar más simplemente porque se lo digamos, sino que tienen que sentirse parte de la generación de espacios de reciprocidad y participación, para lo cual deben ser escuchados desde el respeto mutuo. 

La comunicación y los encuentros escuela-familia tienen que nutrirse del sentido de la apertura y la capacidad colectiva. Por eso, todo espacio de comunicación físico o virtual que se genere tiene que ser amigable. Démosles siempre a las familias la posibilidad de mejorar, desde la humildad. Reconozcamos también, como docentes, que nos podemos equivocar y por supuesto nos equivocamos. Esa capacidad de rehumanización de nuestro rol es importante para poder generar empatía y que ellos y ellas puedan llegar a reconocer que también fallan en sus opiniones y actuaciones.

Al final, no olvidemos que esa insatisfacción con la labor de la escuela está vinculada a un clima de desafección generalizada hacia la política y la participación democrática. Hay que cambiar esa tendencia y hacer pensar a las familias que esa indignación es legítima, “que tienen el derecho a enfadarse”, pero que ese enfado debe reconducirse hacia la búsqueda de soluciones juntos. Para ello, no olvidemos, precisamos huir de toda fórmula de jerarquización o sumisión que ha demostrado que no funciona, sino que crea desapego o desconfianza. Démosle a las familias la posibilidad de aprender a ver la relación que tienen con el centro de otra manera: 

Desde la participación, la deliberación compartida y la capacidad de pensar juntos un espacio común que busca un mismo fin, el progreso académico y vital de todo el alumnado. 

Deja un comentario

© 2021 Albano Alonso

Aviso Legal / Política de cookies / Política de privacidad /