Educar sin roles

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Educar a partir de roles previamente asignados, en etiquetas basadas en prejuicios, mata el propio sentido de la educación. Seguimos asistiendo en las aulas, en pleno siglo XXI, a un desfile de nociones previas en las que encasillamos a nuestro alumnado, muchas veces en función de lo que nos cuentan de ellos y ellas.

Como parte importante de los procesos de autorreflexión de los docentes y de evaluación interna de cualquier tipo de equipo pedagógico, me parece necesaria una revisión de las imágenes estereotipadas que asociamos a los estudiantes desde hace décadas: el listo, el gracioso, el empollón, el hiperactivo, el de NEAE, el inmigrante, el discapacitado…

Todos esos clichés forman parte del relato de la construcción de la estructura simbólica que convierte la diferencia en un mecanismo que contribuye a la marginación escolar y al incremento de las posibilidades de desenganche que viven determinadas alumnas o alumnas ante su frustración.

El entendimiento aún dominante de la diversidad como algo que hay que atender cual enfermedad, está condicionado por la identificación de esta con una forma de mirada marginal cargada de marcas que en su mayoría se relacionan con el fracaso. Ello conlleva que a determinados colectivos se les destinen la mayor parte de las medidas, los programas y las acciones compensatorias, con el fin de paliar a priori su supuesto déficit o carencia, que es lo que les provoca la desventaja desde el inicio, desventaja en la que no se encuentran los estudiantes en situación de privilegios (curiosamente, los que cargan con menos roles).

La escuela en la UCI

Ello convierte de forma habitual a la escuela en una entidad de atención asistencial y con un matiz medicalizado que desborda a unos responsables y a los docentes que recibieron una formación técnica en sus distintos campos del saber propedéutico y que, por ello, o no se sienten capacitados para “atender” a tanta complejidad en esa clase a la que nosotros mismos con nuestras inercias hemos contribuido a marcar o clasificar porque así lo hicieron con nosotros, o siempre pensarán que no cuentan con los recursos suficientes por parte de órganos superiores para lograr la atención deseada. Así es como la escuela entra en la UCI, ya ante una situación desesperada que se vive diariamente en las aulas.

De esta manera, la inclusión en educación siempre será un principio lejano, pautado desde fuera e imposible de alcanzar en una escuela que se encuentra casi en cuidados paliativos; una escuela que, ante este panorama de desborde, no logrará, a pesar del ingente esfuerzo humano y material, uno de sus objetivos fundamentales: erradicar de determinadas personas una marca de marginación que los lleva a partir de situaciones de una forma déficit que no es sino estructural.

Un sistema desigual

Es este un déficit que no nace del estudiante como individuo, sino que lo hace en la propia forja de un sistema desigual repleto de roles y estereotipos. Estos roles son simplificaciones reduccionistas que pretenden englobar una realidad humana compleja y que, si educamos a partir de lo que ellas contienen, frustra y desanima a los profesionales de la educación, y no digo ya a las víctimas, el propio alumnado.

Así, la etiqueta o marca marginal que, de entrada, define a estos estudiantes, conlleva, con su asentamiento, que en los centros se desplieguen -como parte de las políticas educativas y sociales públicas- esos programas dirigidos solo a determinadas personas. Con esta propia estructuración, determinados grupos humanos están siendo sometidos a esas visiones simplistas de una realidad que, de forma singular, se define como diversa y compleja, cuando estos dos adjetivos forman parte de cualquier realidad humana, y no solo de estas.

Esta inercia, en su perpetuación, lleva a justificar las aún vigentes fórmulas de segregación escolar: el estudiante es separado del resto por su diferencia, para así lograr atenderlo mejor, lo que va en contra de cualquier principio relacionado con la inclusión educativa.

Es justo cuando muchos de esos roles, que empiezan a emerger en la escuela desde etapas tempranas, se asientan, cuando empiezan a convertir en carencias que necesitan ser atendidas desde la escuela por los órganos ostentadores del poder, como proyección de un modelo estamental cuya aportación a la igualdad de oportunidades es muy discutible.

Universalizar las experiencias

Y lo es, sobre todo si se tiene en cuenta que el camino hacia la concepción de la educación como “ascensor social” se alcanza a través de la universalización de las experiencias educativas en un mismo espacio, sin ningún signo de exclusión o segregación. Es habitual en aquellas concepciones del mundo en las que las relaciones de poder se basan en reconocer el mérito de los más avanzados ofrecer terapias pedagógicas o soluciones formativas que suplan las carencias de los sectores oprimidos, que es, al fin y al cabo, lo que se ha hecho con los sistemas educativos a través de la historia. Y no se trata de repetir la historia, sino de cambiarla para mejorar la vida de todas las personas.

Por todo ello, cuando asignemos o usemos roles en nuestra aula, hagámonos siempre estas preguntas: ¿qué nos aportan? ¿Benefician al alumnado o lo perjudican? Si tenemos dudas, busquemos alternativas e intentemos cambiar el relato de la diferencia por el relato de la diversidad, para intentar reconocernos los unos a los otros: intentemos educar sin roles.