Por qué los medios cargan contra la educación

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¿Por qué los medios cargan tanto contra la educación? Esa pregunta me la hago a menudo, cuando leo noticias, reportajes, artículos o entrevistas que entretejen un panorama educativo desconcertante y confuso que me llena de preocupación: una escuela derruida, sin norte, unos profesionales desmotivados, un clima de convivencia en gran deterioro, un continuo cruce de acusaciones de unos a otros… ¿Es así realmente la escuela? ¿Qué papel tienen los medios a la hora de perpetuar en la opinión pública esta imagen de desgaste y crispación constante?

Lo primero que tenemos que tener claro es que la escuela de hoy no es la que cuentan los medios de comunicación, entre otras cosas porque cada centro educativo es un mundo. Las empresas informativas, por ello, siempre contarán, en función de su ideología, de su línea editorial y de las necesidades del mercado, una versión interesada de lo que es la educación actual, tal y como nos la quieran vender y en función de distintos intereses. 

Así, seleccionarán (especialmente si es una entrevista o un artículo) a un profesional de la educación o a un experto afín a sus principios y que contribuya a extender viralmente una corriente que tienda a formar bandos o a acrecentar la polarización: al fin y al cabo, hasta los que piensan diferente seleccionan, comparten y divulgan sus titulares: es lo que quieren, que se cree un impacto mediático.  

Si bien el periodismo y la escuela coinciden en algunos puntos de su función social y su trascendente posición como pilares del interés público y el bienestar general, no podemos equiparar su labor; por ello, hay que desenmascarar bien el trasfondo de los mensajes mediáticos que se popularizan en redes sociales sobre todo, y qué es lo que estos persiguen. 

Mientras que a la escuela le interesa crear un clima de progreso, conocimientos y de conciencia crítica para la ciudadanía, la finalidad económica y el cúmulo de intereses que marcan el rumbo del periodismo condiciona la labor de unos medios que crean corrientes de opinión muchas veces a través de la polémica, la crispación social y la creación de conflictos donde no los había, como parte también de la creciente desinformación.  

A determinados medios, así, no les interesa acrecentar la línea divulgativa o científica, de rigor y de permanente compromiso con la verdad, que puede y debe acompañar a los centros educativos en el entramado complejo en el que se ha convertido formar a la población; les interesa más crear una imagen de conflicto entre docentes, entre profesorado y familias o entre comunidades educativas y administración, porque eso, al fin y al cabo, es lo que vende más. 

Escuela en ruinas

Esa escuela en ruinas se alinea con cierta tendencia pedagógica que se nutre de la pesadumbre y el desaliento social, y eso es preocupante. Se alimenta también de unos docentes y familias que son expuestos ante la opinión pública no como agentes del compromiso colectivo, sino como individuos plagados de frustración que tienen en la prensa una fuente de queja, pero no de reivindicación o de construcción colectiva. 

Todo ello induce a error a la población y causa un perjuicio público, por cuanto la ciudadanía reaccionaria, que usa de forma colectiva los canales democráticos para la denuncia de injusticias o el reclamo de unos mejores bienes y servicios, deja paso a la desidia individual que dibuja una escuela pésima, sin nivel, y de la que solo quedan restos. Y esto se convierte en acicate para arrojar la toalla, para refugiarnos en el individualismo o bien para, lo que es peor, avivar políticas extremistas como posible revulsivo. 

Pero, no. La escuela no es ese espacio ruinoso en el que la han convertido determinados medios de comunicación. La escuela es un espacio vivo, cambiante, que pervive en dinámicas internas que no son nada fáciles, a pesar de que el clima externo y cierta actitud política ponen todo cada vez más difícil.  La escuela de hoy, los centros educativos en los que trabajamos y estudian nuestros hijos e hijas, no son los centros de los reyes godos, ni de las tablas de multiplicar, ni de los verbos, ni del flipped classroom ni del alto o bajo nivel. Y no lo son porque, simplemente, son mucho más.  

Porque, por suerte, la educación no es la que la opinión pública quiere, sino la que la opinión pública necesita. Y, por eso, cuanto el centelleo mediático y la luces de las pantallas se apaguen, la escuela seguirá estando ahí, como conjunto de comunidades que tienen el valor y los principios que se van forjando en cada contexto, gracias al empuje colectivo y a pesar del ruido ideológico externo y el rugido de los que piden erróneamente “sangre en medio de plaza.” 

¿Y los medios seguirán cargando contra la educación? Seguramente muchos de ellos sí. Pero si ese aliento de construcción en comunidad y colectivización se trabaja desde la escuela, empezará a imponerse otro ruido: el del clamor que lucha por blindar la educación como derecho accesible a todos.

Y es entonces cuando cargaremos juntos no contra la educación, sino desde ella: en ese punto exacto donde nace todo. 

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