El principio de extrañeza

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A Tata, que me ayudó a no ver la extrañeza

Nací y crecí en la isla de La Palma (sí, esa que ahora es famosa por el volcán), en un entorno rural. En ese contexto, viví en mi infancia un modelo de sociedad tradicional, lleno de costumbres, rarezas y rituales que ya hoy, en donde me muevo, me es difícil ver. Por ejemplo, mi abuela -a la que llamábamos “Tata” con cariño-, que vivió con nosotros desde que nací ya que tenía una discapacidad física, santiguaba el mal de ojo y otras dolencias. La gente se “curaba” y yo me embelesaba escuchándola. Con ese recuerdo, crecí. 

Mi abuela tenía una sola pierna. Mejor dicho, tenía dos piernas, pero una de ellas era ortopédica. Cuando alguien del exterior la veía y se extrañaba, le decíamos inocentemente: “se quedó inútil hace unos años”. Pero yo luego, a solas, pensaba que mi abuela para nada era inútil. De hecho, nos crió a mí y a mis hermanos, hacía las tareas del hogar, nos educó y, además, cocinaba unos rosquetes riquísimos. Aún recuerdo su grato sabor. 

La casa era muy pequeña y éramos muchos; por eso teníamos que compartir a veces cama. Yo elegí dormir en la cama de mi abuela hasta casi la adolescencia, una cama de un cuerpo, de 90 centímetros de ancho. Por la noche, mi abuela volvía a tener una sola pierna. Ya no me extrañaba. Se convirtió en mi rutina, no solo en parte de su vida, sino también de la mía. 

Siendo pequeño aún, un día recuerdo que llegó a mi casa mi padre anunciando que una persona negra había llegado a la isla, la primera. Esa persona vivía a bastantes kilómetros de mi pueblo, pero pronto se convirtió en una especie de atracción y fuente de curiosidad: era la primera persona negra de La Palma y todo el mundo, extrañado, lo iba a ver como si fuera un ritual. Era un acontecimiento para toda la isla; imagínense. La extrañeza. La diferencia. Hoy todo es muy diferente; a unos pocos kilómetros de mi casa hay un campamento (recurso de acogida, lo llaman), que acoge a cientos de personas subsaharianas y magrebíes que llegan a Canarias en pateras. Pasado el tiempo, una situación que es trágica ha dejado de parecernos extraña: los tenemos muy cerca de nosotros. Ya no son extraños para nosotros. 

La diversidad, lo común

He querido llamar principio de extrañeza a esa característica de los seres humanos que nos impide ver la diversidad como algo común, en nuestro día a día, en nuestros actos normalizados de la cotidianeidad. Cuando determinada diversidad (aquella que es sometida a un proceso de infrarrepresentación histórica) es mantenida lejos o, simplemente, invisible, nos produce sorpresa, impacto, pena, dolor o, lo que es peor, un sentimiento de rechazo, rechazo que es lo que, con el tiempo, se va convirtiendo en exclusión social o marginación. 

Las personas con discapacidad son sometidas a ese principio de extrañeza desde que son muy pequeñas. Yo, por ejemplo, lo veo con mi hijo, que tiene férulas y se desplaza en una silla de ruedas eléctrica. Como en la localidad donde vivo no hay más niños como él (o al menos yo no los veo), la gente lo mira como de reojo, de refilón, siempre con esa extrañeza de la que hablo. Los niños y niñas de su edad sí se acercan a él, a veces, y sus familiares de forma puntual los invitan a interactuar con él; lo hacen con ternura y amor, claro que sí, pero también con una imagen de lástima, sensiblera que nos dibuja una sociedad en la que todavía tenemos mucho que recorrer en cuanto a las capacidades diversas de todos los seres humanos. 

Mi hijo va a un colegio ordinario; allí es uno más. Es evidente que sus hermanos tienen totalmente incorporado a su imaginario vivencial su discapacidad, por lo que no sienten esa extrañeza de la que hablo; en su colegio, tampoco, porque hay varios niños y niñas como él. Con sus errores y aciertos, es un colegio público diverso, en el sentido amplio de la palabra; como la vida misma. 

Si muchos niños y niñas que van a este colegio y que tienen discapacidades diversas fueran a un colegio de educación especial, cuando luego quisieran desarrollar su vida en otros contextos las posibilidades de despertar ese sentimiento de extrañeza en los demás crecería, puesto que serían invisibles ante lo que erróneamente llamamos lo común, lo ordinario. 

Todavía vivimos sumidos en esa extrañeza social; esa visión capacitista, medicalizada y lastimera de la discapacidad; esa visión que invisibiliza a las personas del colectivo desde que son niños y niñas, separándolos, apartándolos con la excusa de que allí, en ese recogimiento, tienen los recursos necesarios para poder ser atendidos mejor, en lugar de adaptar los espacios comunes con los recursos necesarios para que puedan desenvolverse en un lugar compartido, junto a sus iguales. Poseedores de la verdad suprema, envueltos del principio de extrañeza que nos envolvió a nosotros en nuestro aprendizaje del mundo, los adultos les hemos dado un espacio que llamamos seguro, separado, para que cuando quieran dejar de ser invisibles, se produzca ese sentimiento del que estoy hablando. 

La diversidad no es eso; la inclusión no es eso. Los derechos humanos son otra cosa. Si seguimos perpetuando el principio de extrañeza, la discapacidad, como otras caras de la diversidad, no va a poder incorporarse en plenitud a la vida cotidiana, una vida en donde esas férulas no nos extrañen, en donde esa silla sea vista como un medio más de desplazarse, como otro; donde esa pierna de menos de mi abuela sea un valor de más para incorporar a nuestras vida, como acto supremo de la cotidianeidad, la normalidad; donde esa persona negra que llega no sea sino una tintura más de un tapiz heterogéneo llamado diversidad cultural. 

Y así, cuando el principio de extrañeza se convierta en un recuerdo que solo perviva en nuestra memoria, lograremos entender el mundo en toda su riqueza de matices, y nos veremos en disposición de reclamar los derechos de grupos de personas sometidas históricamente a los designios de ese principio que acabó, por un segundo que se hizo eterno, convirtiéndolos en invisibles. 

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