El erizo y la escuela

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En 1851, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer, escribió en una de sus obras una curiosa parábola protagonizada por el erizo, un animal que habitualmente suele pasar desapercibido, al igual que le ocurre a muchas personas en la escuela.

Los erizos, en general, podrían aparentar ser seres vivos “muy exigentes”: en un día muy frío, un grupo de ellos que se encuentran cerca sienten a la vez una gran necesidad de calor. Para satisfacer sus necesidades, buscan la proximidad corporal de los otros, pero cuanto más se acercan, más dolor causan las púas del cuerpo del erizo vecino. 

Sin embargo, debido a que el alejarse va acompañado de la sensación de frío, se ven obligados a ir cambiando la distancia hasta que encuentran la separación óptima, es decir, la más soportable. Es difícil para ellos lograr conseguir ese punto de distancia exacta en la que ni se hacen daño con sus púas ni sienten frío, pero lo que sí es cierto es que afanan en lograrlo; y así se pasan los crudos inviernos.

Creo que nuestras escuelas están habitadas por esos erizos en invierno, erizos de diferente tipo según la identidad de cada uno. 

El invierno de un erizo

Por un lado están los estudiantes que se debaten entre acercarse demasiado o morir de frío. En ese invierno, en esa encrucijada, viven constantemente cuando se acercan a sus profes y establecen relaciones con ellos, aunque les cueste encontrar el momento y las palabras adecuadas: cuando piensan que algo no es justo, cuando se quedan maravillados tras una clase, cuando se aburren o cuando se entretienen; cuando callan porque les parece que su pregunta puede ser tonta, cuando cargan con la losa de una etiqueta y se sienten menos, cuando aprenden afanosamente o cuando piensan que lo que están aprendiendo lo van a olvidar pronto porque de poco les valdrá en el futuro. 

Luego está aquel alumnado silencioso cuya presencia es eclipsada ante el ímpetu, el comportamiento o la energía que muestran algunos otros. Ese alumnado al que a veces nos olvidamos de preguntar cómo se llama o cómo prefiere que lo llamen. El que se sienta en una esquina, siempre atrás, o el primero de delante aunque nunca hable; el que no sacamos a la pizarra en clase porque sabemos de su timidez. Al que no sabemos cuándo acercarnos, ni cómo hacerlo, a veces por miedo a que nosotros nos convirtamos en otro erizo o a veces por miedo a pincharnos con sus púas. 

La labor más complicada, menos reconocida y poco valorada del docente creo que es aquella que lo acerca a la de forjador de una escuela también para erizos: no se nos formó para la empatía, la prudencia o el saber estar, pero, a pesar de nuestra naturaleza humana y nuestra debilidad, procuramos permanecer inmutables ante el conflicto y estar siempre disponibles para ayudar a buscar una solución y no derivar la responsabilidad a otros.

El punto exacto

Esos conflictos muchas veces son provocados por esa naturaleza identitaria que, curiosamente, nos  puede también llevarnos a actuar al contrario que los erizos en invierno: o no nos preocupamos a la hora de acercarnos a alguien sin hacerle daño o sin hacernos daño a nosotros mismos, o nos acercamos tanto que nos herimos o herimos al otro, para entonces alejarnos definitivamente. 

Y en inculcar ese punto exacto -además de aprenderlo nosotros-, también nos afanamos los maestros, aunque en nuestra formación inicial nos enseñaran cosas muy diferentes que poco tienen que ver con esa vertiente humana.

En esas situaciones, diarias en los centros escolares, en las aulas y en los patios, está siempre el docente presto para actuar, más allá de sus funciones, algunas veces fuera de su horario de trabajo y remando también contra los problemas que pudiera estar viviendo en su ámbito personal. Porque sí, los docentes también pueden sufrir como los erizos en invierno.

Por eso, en la escuela también aprendemos los docentes a vivir en ese punto exacto en el que tenemos que encontrar la salud emocional adecuada para ayudar a que nuestro alumnado se levante y siga caminando, al mismo tiempo que nosotros también caminamos. Aprendemos a no herir susceptibilidades. Aprendemos a arrimar el hombro aunque no nos lo reconozca nadie y aprendemos a sobrevivir a los golpes que a veces nos dan desde fuera. 

Sí; eso es también ser docente; eso es también ser erizo en la escuela: aprender de la convivencia en la diversidad que esta encierra; saber valorar esas diferencias en todo momento y entender que, en la comprensión de estas, siempre hay enriquecimiento, a pesar de lo complejo que pueda resultar establecer o fomentar relaciones ante tantas diferencias. . 

Ese será también parte de nuestro crecimiento individual, profesional y parte de nuestro enriquecimiento como personas, un mecanismo que luego prolongaremos a nuestras relaciones personales o familiares para fortalecer esa capacidad de resiliencia que, cada vez más, se necesita en la profesión docente. 

Y seguirá habiendo erizos en la escuela. Seguirán existiendo aunque permanezcan invisibles. Seguiremos sintiéndonos así. Seguirán sintiéndose así. Seguirán también existiendo esos crudos inviernos en los que nos afanamos en encontrar ese punto exacto en el que seamos un poco más felices o en el que podamos ayudar a que los demás se sientan un poco más felices.

Para ello siempre buscaremos esa cercanía, esa proximidad: la proximidad del erizo y de la escuela.