La última huelga estudiantil convocada en el ámbito nacional por el Sindicato de Estudiantes, bajo el lema “Paremos el Genocidio contra el Pueblo Palestino”, nos ha dejado varias conclusiones que nos invitan a la reflexión.
La movilización que ha sacado a la calle a miles de alumnos y alumnas (especialmente de universidades) de diversas capitales de España y ha dejado en casa a estudiantes a partir de 3º de la ESO de institutos nos vuelve a dar una lección acerca de cuáles deben ser las prioridades de un sistema educativo asentado en el respeto a los valores democráticos y las libertades fundamentales.
La diversidad de respuestas ante las manifestaciones convocadas, que han vaciado multitud de aulas pero que en determinados casos no ha provocado una respuesta crítica y madura democráticamente ante la masacre de Gaza, son el anuncio de lo que ya viene ocurriendo desde hace años. ¿La sociedad civil está concienciada ante la magnitud de los grandes problemas del planeta? ¿Qué valores democráticos estamos transmitiendo? ¿Tenemos capacidad de reacción y respuesta en los centros ante problemas emergentes que requieren de respuesta educativa? ¿Qué imagen proyectamos desde el mundo adulto a las nuevas generaciones? ¿Sienten algún tipo de coacción determinados docentes a la hora de tratar contenidos en clase que se han manoseado políticamente en función de intereses partidistas?
La escuela actual necesita un marco de prioridades de actuación que se base en una alfabetización informacional, mediática y digital ante desafíos actuales de magnitud.
Un marco que no solo enseñe a leer y a escribir a nuestros jóvenes, sino que lo haga críticamente. Si se llega al momento en el que se convoca una “huelga” de estudiantes amparada bajo los derechos constitucionales a manifestación, reunión o manifestación de discrepancia y el terreno que hemos abonado no es el de una educación de base crítica y participativa, difícilmente el alumnado va a tener claras sus convicciones sobre lo que implican unas movilizaciones como éstas. Y no me refiero a que tengan una opinión simplemente, sino que a sean capaces de armar una visión lo más sólida y contrastada posible sobre los hechos.
Cada centro educativo tiene que marcarse como principio en su proyecto educativo la enseñanza de los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos: para ello, enseñar a comprobar fuentes, a dudar, a indagar, a poner en común y a verificar las informaciones que recibimos sobre todo a través de redes sociales tiene que acordarse como prioridad de acción en cualquier programación general anual. La planificación docente debe mostrarse lo suficientemente ágil y coordinada como para saber que hay momentos en donde es necesario parar la temporalización habitual y ponerse a reflexionar sobre aquellos acontecimientos que hacen estremecer el planeta, por muy lejos que ocurran.

Hay estudiantes maduros, críticos y participativos que, con razón, se asombran ante el maniqueísmo del prójimo, la indiferencia de muchos adultos e incluso la ridiculizaciones de esos compañeros que quieren las huelgas sólo para tener un día menos de clase. Porque ese grado de polarización existe. Una polarización reflejo de la fractura pública de una sociedad cada vez más enconada en disputas que hacen tambalear las grandes conquistas sociales, a la par que una parte de la población mira hacia otro lado ante grandes tragedias.
Mientras se siguen fabricando grandes mentiras en cadenas de producción mediáticas amparadas por el poder, el profesorado es ahora mismo la autoridad moral más capacitada para frenar el odio, los separatismos y las mentiras. También está facultado para alentar la llama de aquellos muchos estudiantes que sí quieren establecer como prioridad socioeducativa, por ejemplo, el freno de la matanza de miles de ciudadanos del pueblo palestino. Y, así, con muchos problemas de carácter social, cultural, económico y medioambiental que seguirán amenazando el estado del bienestar, la cohesión y el entendimiento mundial si no educamos de una vez por todas en la cultura de la paz y el diálogo para el reconocimiento de derechos fundamentales.
¿Pero qué estamos haciendo mal? A mi juicio hay varias cosas, y me incluyo en algunas de ellas. Creo que, como educadores, en general nos cuesta salir de inercias aprehendidas. Romper los esquemas heredados del pasado en la temporalización de los saberes que trabajamos trimestre a trimestre nos hace reproducir comportamientos pedagógicos en los que pensamos que salirnos del guion puede ser contraproducente.
Por otro lado, el aprendizaje-servicio, propuesta metodológica en la que los estudiantes utilizan los aprendizajes para mejorar sus entornos y comunidades, no ha terminado de aterrizar como debiera. Los modelos participativos y cooperativos en muchos centros siguen siendo secundarios, sobre todo a medida que los estudiantes van avanzando de cursos, a pesar de que como dice Irene Vallejo en su Manifiesto por la lectura (Siruela, 2020), “en un mundo narcisista y ególatra, lo mejor que le puede pasar a uno es ser todos”.

Nuestros jóvenes siguen creciendo en los centros sin conocer lo que es el derecho a réplica, a manifestar discrepancia, a posicionarse con criterio sobre cualquier cuestión, mientras escuchan pasivamente a un docente verbalizar todo lo que sabe, sin que nos cercioramos de qué están aprendiendo ellos. Ese modelo sigue siendo el dominante. En un momento en el que todas las comunidades educativas debieran estar a la vez leyendo, escuchando y argumentando sobre lo que está ocurriendo en Gaza, las iniciativas parecen ser más puntuales de algunos docentes que fruto de una respuesta global acordada por los órganos pedagógicos, aunque hay honrosas excepciones. ¿Ese es el aprendizaje que, como escuela, queremos proyectar a la sociedad?
Pienso, no obstante, que estamos a tiempo. Pienso que la escuela es ese escenario para la posibilidad, para la esperanza puesta en un mundo mejor, más justo y que contribuya a acabar con la barbarie. Un escenario para la utopía necesaria y desarrollar la convicción de que es el espacio más igualitario para desarrollar valores, comportamientos y actitudes necesarias para una ciudadanía del futuro vigilante ante una gobernanza algorítmica que, como dice el filósofo Daniel Innerarity, “parece legitimarse porque no impone sino que complace”.
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