Abramos más facultades de educación y formemos mejor al profesorado

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Asisto desde hace unos días atónito a la extensión de cierto discurso centrado en la idea de que las facultades de ciencias de la educación no son necesarias.

Estos pensamientos que se expanden a través de internet y tienen cierto impacto mediático, por el tremendismo de la apelación a lo emocional, casi no calan, sin embargo, en los centros. Pero basta que se difundan en redes sociales y WhatsApp como para que los tengamos en cuenta, de cara a conocer qué intenciones encierran, así como para matizarlos y llevar el debate a la seriedad que se merece una conversación tan trascendental como la educativa. 

Hay una corriente extendida que pretende hacernos retroceder en ciertos avances de nuestro tiempo. Centra, por ejemplo, su narrativa en posiciones de aquel pasado donde, cuarenta años atrás, todavía no se hablaba de formación docente y cada profesional daba clase según los conocimientos de su especialidad y sus creencias sobre cómo se enseña. Fue la época en la que muchos de los que ahora tenemos en torno a medio siglo de vida nos formamos, por lo que a la hora de crearnos un juicio sobre el asunto nuestros sesgos reafirman esta enrevesada tesis: lo que se hace en las facultades de educación, que vinieron a sustituir a la escuelas de magisterio clásicas, no es útil, sino todo lo contrario; los saberes y metodologías que propugnan perjudican a una enseñanza de calidad. 

Esa forma de mirar la profesión, que configura una especie de ADN docente con una identidad uniforme apoyada en la tan recurrida libertad de cátedra, suele colocarse como contraria también a lo que la digitalización aporta al mundo contemporáneo. Además muestra cierta animadversión hacia teorías constructivistas y contribuciones de la sociología o la antropología al mundo de la educación. 

Es preocupante el alineamiento en torno a las ideas sobre la presunta inutilidad de las facultades de educación actuales. Su propagación entorpece el empeño profesional de aquellos trabajadores que, marcados por su compromiso social, se ven contrariados ante la pesadumbre que los rodea. A ello se le suma su desgaste por la falta de reconocimiento público o de incentivos profesionales por su labor. El cóctel con el que nos encontramos hace que el profesorado más entusiasta por incorporar conocimientos pedagógicos y llevarlos a la práctica pueda desanimarse si se deja llevar por esta corriente de apatía; pero a ellos hay que recordarles siempre que estas mareas reaccionarias parten de una concepción histórica del magisterio decimonónico que demostró su ineficacia en un pasado en el que la escuela era un mecanismo de selección donde muchos quedaban fuera desde los doce o trece años, o donde muchos de los que llegaban a los quince ya habían repetido (demostrable con la evolución de las tasas de idoneidad). Por lo tanto, no tienen que desanimarse ante la congoja y crispación que arrastra este discurso y, en su rol dentro del sistema, no deben desfallecer. 

La investigación internacional, los datos y la práctica de la experiencia didáctica nos demuestran que todo iba peor en ese tiempo sin facultades de educación, en el que casi no se hablaba de que formación inicial de calidad del cuerpo docente, alineada con los avances pedagógicos y científicos de nuestro tiempo y como prioridad de las políticas educativas. Hoy, todo ha cambiado y los avances académicos exigen no solo el incremento de las destrezas personales —con una formación inicial más comprensiva— sino el trabajo en el contexto, donde el centro de “innovación” sea la escuela, junto a esas facultades. 

Cuando entendamos que la unidad de práctica de mejora pedagógica tiene que ser la institución educativa como un todo, veremos la necesidad de abrir aún más las facultades de educación a la escuela, y viceversa. No puede ser que ahora mismo se sigan concibiendo como entes alejados. En este proyecto de cambio conjunto, en donde haya más colaboración entre universidades y centros, encontraremos nuevas necesidades, muchas de ellas apoyadas en reafirmar el papel de las facultades de educación como agentes necesarios dentro de esta intención de colaboración que precisa una educación de calidad. 

Sí, no solo hay que ampliar y reforzar las instituciones de educación superior donde se enseña a ser docente: también hay que incorporarlas a una estrategia de trabajo amplia sobre esa idea de escuela como mecanismo de aprendizaje y también de interacción y socialización. Abrir más facultades de educación y entenderlas no como entidades aisladas, sino como instituciones que trabajan codo con codo con centros de profesorado, colegios, institutos, ayuntamientos e incluso con centros de menores. Todo ello para acercarnos a la necesidad de crear planes de entorno y mejorar el sistema educativo no en lo individual, sino en lo comunitario. 

Ya que reconocemos que los entornos sociales y estructurales son difíciles y que los docentes no pueden cargar en solitario con los problemas que se generan fuera, ¿por qué no reforzamos los vínculos entre instituciones socioeducativas? ¿Por qué no formamos en destrezas diversas a quienes van a tutorizar a los futuros docentes? ¿Por qué no superamos la cerrazón de ese marco que dicta que basta con las didácticas específicas de especialización para saber dar clase? ¿Por qué seguimos empeñados en cambiar al maestro, y no tanto las dinámicas del contexto donde trabaja mediante la máxima de que “la unión hace la fuerza”?

Si tenemos que concebir las clases como estructuras de participación y diálogo (nadie concibe ya un aula como un lugar en el que niños y niños callan mientras un adulto explica treinta minutos), también debemos entender así la formación crítica y práctica que reciben quienes quieren dedicarse a esto. La resistencia conservadora al cambio nos impide transformar rémoras y dificultades en posibilidades, que diría Paulo Freire, un pedagogo que, con su concepción crítica, dinámica y comunitaria de la educación contribuyó a la alfabetización de miles de adultos de zonas deprimidas en Recife (Brasil), lo que luego se transformó en un “movimiento de educación popular”.

El mundo es complejo y, ante ello, hay que reclamar un cuerpo docente bien formado que supere la racionalidad técnica. Trabajar por tener unos profesionales educativos que puedan crear, investigar y reflexionar junto a los que trabajan en universidades y en otras instituciones sociosanitarias, evitando intrusismos. Hacer de las prácticas de los futuros maestros y profesores un viaje de ida y vuelta que rompa la rigidez de una estructura repleta de trabas administrativas en la que no logra verse ninguna aplicación de la teoría (con sus luces sombras) sino al final del periodo, cuando ya no hay posibilidad de feedback.

Por todo ello hay que prestigiar las facultades de educación, que será también trabajar por dignificar la profesión docente, alejada de modismos, innovación vacía y centrada en su papel como pilar para el desarrollo. Acallar las voces que difunden narrativas conservadoras para perpetuar bulos y que esconden, bajo el disparate de la clausura de facultades, la intención de querer volver a un tiempo en el que siempre salían derrotados los mismos.

Mientras los demás, lo que ahora alardean de querer cambiarlo todo cerrando puertas, miraban para otro lado.

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