Volver a confiar: la escuela pública como proyecto de país

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Hay mensajes que, más allá de su origen institucional, funcionan como espejos. Nos obligan a detenernos, a revisar qué hemos hecho con aquello que recibimos y qué estamos dispuestos a edificar para quienes vendrán después. 

El mensaje de Navidad del Rey de este año se centró en la confianza, en la convivencia y en la necesidad de recuperar la credibilidad democrática, temas sobre los que he estado meditando precisamente estos días, con la lectura de La sociedad de la desconfianza, último ensayo de Victoria Camps

Sus ideas centrales me llevan de inmediato a pensar en la educación pública. No como un servicio más, sino como el espacio donde esa convivencia se aprende, se ensaya y se procura hacer posible. También me condujo a reflexionar en cómo esa confianza en la escuela que es de todos —una confianza tan frágil y decisiva— se está resquebrajando.

Si algo nos enseñó la Transición, y Felipe VI lo recordó, es que las sociedades avanzan cuando son capaces de reconocerse en un proyecto compartido. No cuando todos piensan igual, sino cuando todos coincidimos en que hay un suelo común que merece ser cuidado. La Constitución del 78 fue ese suelo. Y la escuela pública ha sido, desde entonces, su taller cotidiano: el lugar donde generaciones enteras han aprendido a convivir, a discrepar sin destruir, a comprender que la diversidad no es un obstáculo sino una riqueza.

Sin embargo, hoy vivimos un tiempo en el que la confianza se erosiona con una facilidad inquietante. La desinformación, la polarización, la negación empecinada de las conquistas sociales y la normalización del enfrentamiento han ido calando en el debate público. Y, como siempre ocurre, la escuela no es ajena a ese clima: lo refleja, lo sufre y, en ocasiones, lo amplifica. 

Como dice Camps, se echan de menos “incentivos que cohesionen y convenzan de que hay causas que merecen la pena”. La educación pública es una de estas, y recuperar la confianza en ella no es un gesto nostálgico. Confianza viene de ‘confido’: ‘tener fe’. Por ello, no se trata de idealizar un pasado que no fue, ni mucho menos, perfecto. Se trata de creer firmemente que, sin una escuela fuerte, respetada y reconocida, la convivencia democrática se debilita. 

Porque la escuela pública es el único espacio donde todos los niños y niñas, vengan de donde vengan, proyectan la posibilidad de la igualdad. Es el único lugar donde la ciudadanía alejada del individualismo se aprende no como utopía, sino como práctica diaria: escuchar, esperar, compartir, disentir, cooperar, equivocarse, reparar.

Pero para que la escuela pueda cumplir esa función, necesita algo que hoy parece escasear: confianza. Confianza de las familias en que la educación pública es un camino de oportunidades reales. Confianza en el profesorado para que su trabajo sea valorado y respaldado. Confianza de la sociedad en que la escuela no es un campo de batalla ideológico, sino un bien común. Confianza de los poderes públicos en que invertir en educación no es un gasto, sino la forma más inteligente de construir futuro.

El Rey habló de líneas rojas que no debemos cruzar. En educación, una de esas líneas es convertir la escuela en un instrumento partidista. Otra, desprestigiar sistemáticamente lo público como si lo privado fuera sinónimo de excelencia y lo público, de resignación. Otra más, permitir que la desigualdad se normalice y que la segregación avance sin que nos escandalice. Cuando esas líneas se cruzan, la convivencia se resiente. Y cuando la convivencia se resiente, la democracia se debilita.

La confianza no se decreta. Se construye con hechos: con esa estabilidad normativa que llevamos pidiendo mucho tiempo, con recursos suficientes, con plantillas más estables, con tiempos para pensar y trabajar en equipo, con políticas que reduzcan la inequidad, con una apuesta decidida por la inclusión, con una mirada larga que no cambie según quien gobierne. Pero también se construye con gestos cotidianos: con el respeto al trabajo docente, a las familias que colaboran cuando se les escucha, con la convicción de que cada estudiante merece una oportunidad.

La escuela pública ha demostrado, una y otra vez, que es capaz de sostener al país en los momentos más difíciles.

Lo hizo en la pandemia, cuando convirtió la incertidumbre en cuidado y presencia. Lo hace cada día en miles de aulas donde se trabaja con una profesionalidad silenciosa, sin focos, sin titulares. Lo hace cuando acoge a quienes migran, cuando acompaña a quienes tienen dificultades, cuando ofrece estabilidad a quienes viven en entornos frágiles. Esa es la grandeza de lo público: su capacidad de no dejar a nadie fuera.

Pero esa grandeza necesita ser reconocida y defendida. Necesita ser explicada con claridad, sin complejos. Porque la escuela pública no es solo un servicio: es un proyecto de país. Un proyecto que nos recuerda que la igualdad es más que un eslogan. Que la convivencia no es un regalo, sino un esfuerzo compartido. Que la democracia no se sostiene sola: se aprende, se cultiva, se cuida.

Quizá por eso mensajes como el del Rey o el del libro de Victoria Camps resuenan tanto en quienes trabajamos en educación. Porque sabemos que la confianza es el hilo invisible que sostiene todo lo demás. Sin confianza, no hay aprendizaje. Sin confianza, no hay comunidad. Sin confianza, no hay futuro.

Hoy, cuando el ruido y la crispación parecen imponerse, necesitamos volver a mirar a la escuela pública como lo que es: un espacio de esperanza. Un lugar donde todavía sea posible construir juntos. Un territorio donde la diversidad conviva sin miedos. Un laboratorio de ciudadanía que nos recuerde que avanzar no es correr más que el otro, sino caminar en la misma dirección.

Volver a confiar en la educación pública es, en el fondo, volver a creer en nosotros mismos como comunidad. Ese propósito, aunque complejo, merece toda nuestra energía. 

Porque la escuela pública es, quizá, el mejor motivo para volver a confiar. Para recuperar nuestra confianza como sociedad.

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