Frente a la negación, la escuela como posibilidad

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Vivimos un tiempo en el que la negación se ha vuelto un hábito social.

Se niega el matiz y la complejidad. Se desprecia la reflexión sosegada, aquello que no encaja en un relato emocional, rápido y contundente. 

La educación no escapa a esta lógica. Se repiten diagnósticos apocalípticos, se caricaturiza a la juventud, se desacredita la labor docente de quienes alguna vez han intentado innovar, tal y como hemos leído recientemente en otra entrevista, y se presenta a la escuela pública como una institución agotada, incapaz de responder a los desafíos contemporáneos. 

Es un discurso que encuentra más eco. Se alimenta de la impaciencia y del desencanto, pero que rara vez se detiene a mirar los distintos matices de lo que ocurre realmente en los centros.

Pero frente a esa negación —que es también una forma de renuncia porque apenas se enlaza con propuesta alguna—, hay quienes defendemos que la escuela pública sigue siendo un espacio para la posibilidad. No una posibilidad abstracta, sino concreta, cotidiana, tejida en miles de gestos y pequeños avances que no suelen aparecer en los titulares de la prensa. 

Hablo de la posibilidad de que un alumno descubra que puede comprender un texto que ayer le parecía inaccesible, o de que halle la manera de hacer una operación matemática por otro camino. De la posibilidad de que una familia encuentre en el centro educativo un lugar de entendimiento y no un juez. De la posibilidad de que un grupo aprenda a convivir sin humillarse unos a otros. De la posibilidad, en definitiva, de que la igualdad o la equidad no sean eslóganes, sino prácticas diarias.

La escuela pública ni mucho menos es perfecta, y nadie que la conozca desde dentro lo puede afirmar. Sin embargo, tampoco es el territorio devastado que algunos describen. Es, más bien, un laboratorio de la mezcla social donde se ensaya —con aciertos y errores— la promesa democrática de que la desigualdad de origen no siempre determina el destino. Su poder está precisamente en esa mezcla: en la capacidad de reunir a quienes, fuera de ella, quizá nunca compartirían un mismo espacio, en un mundo cimentado en los prejuicios. La escuela es el gran lugar público para la reunión, un ágora en torno al conocimiento y a los principios éticos de la convivencia.

Esa promesa no es retórica: está respaldada por décadas de investigación académica. La evidencia internacional muestra que los sistemas con una red pública fuerte son los que mejor compensan las injusticias de partida. Eso no convierte a la educación pública en un ascensor social, sino en el mecanismo institucional más eficaz para romper los ciclos intergeneracionales de pobreza. La equidad no es un efecto secundario de lo que provoque o no una política educativa, sino la razón de ser de la educación como derecho humano. Ni más ni menos.

¿Por qué, entonces, triunfa el relato derrotista? Quizá porque la negación es más sencilla que la posibilidad.

La negación no exige compromiso: basta con declarar que nada funciona, sin proponer nada a cambio. La posibilidad, en cambio, implica responsabilidad, trabajo, una revisión constante y una mirada larga. Cuando la escuela se entiende como posibilidad, se convierte en un espacio profundamente democrático y humano.

Implica reconocer que la educación es un proceso lento, que requiere la necesaria inyección de recursos, por supuesto, pero también estabilidad y confianza. Implica aceptar que la escuela pública no puede resolver sola todas las fracturas sociales, pero sí puede —y debe— ser un dique frente a ellas. Puede ofrecer estabilidad en un mundo inestable, escucha en un entorno saturado de ruido, y un proyecto de cohesión en tiempos en los que la polarización extrema se impone como norma.

Defender la escuela pública sin miramientos no es un acto de ingenuidad, sino de responsabilidad. Es comprender que, en un mundo atravesado por crecientes señales de vulnerabilidad, necesitamos instituciones que no se rindan ante el determinismo social. Instituciones que sigan creyendo que cada alumno merece oportunidades reales, no solo discursos bienintencionados. Instituciones que, pese al ruido, continúen apostando por la convivencia, la inclusión, la lectura profunda, el pensamiento crítico y la participación democrática.

Frente a la negación, la escuela pública nos recuerda que la posibilidad existe. Que no es un espejismo, sino una construcción colectiva que da frutos individuales, cada vez que logramos que un estudiante acabe la ESO, empujándolo siempre a seguir, aunque esté marcado por su cuna, su color de piel o los estereotipos que otros proyectan sobre él. Un edificio que se sostiene en el trabajo de docentes que, reconociendo su lógico cansancio, siguen creyendo en la potencia transformadora de su oficio. 

El docente es el artífice de esa posibilidad, en un pacto que se renueva cada vez que uno de sus alumnos aprende algo que amplía su mundo. Que se fortalece cuando una comunidad educativa decide por acuerdo que los derechos humanos no son negociables.

En tiempos de fatalismo fácil, nuestra escuela pública nos invita a no renunciar. A seguir creyendo que la educación puede —y debe— ser un territorio donde la esperanza no sea un lujo, sino un derecho.

Un espacio, en definitiva, donde la posibilidad se hace práctica cotidiana.

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