Cuando la escuela sostiene la montaña

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Bienvenido a la montaña (2024) es una película italiana que cuenta la historia de un veterano maestro romano que llega a una pequeña escuela rural de una zona montañosa. Cuando el centro amenaza con cerrar por falta de alumnado, inicia una lucha colectiva por mantenerse vivo. 

En esta comedia amable sobre la escuela pública y la vida en las regiones vaciadas hay una escena en la que un niño recién llegado —todavía desconfiado, a medio camino entre el miedo y la curiosidad— se sienta en esa pequeña aula y observa en silencio cómo el resto de compañeros trabaja. No pasa nada extraordinario. No hay discursos, ni gestos heroicos, ni música que subraye la emoción. Solo un niño intentando encontrar su sitio y una maestra que, con mezcla de firmeza y ternura, le ofrece un espacio donde empezar de nuevo.

Ese instante sencillo condensa algo esencial: la escuela pública como lugar de acogida. Un espacio donde cada niño, venga de donde venga, pueda sentarse y empezar a construir una vida posible, algo que vemos cada día en nuestra escuela con alumnado que llega en medio del curso. 

La película nos recuerda que la educación no es un servicio que se contrata, sino un compromiso que se comparte. En la escuela rural que retrata Bienvenido a la montaña, la comunidad se reorganiza para que el niño pueda estar. No porque sea fácil, sino porque es lo que corresponde. Y ahí aparece un primer vínculo con muchos debates actuales: la tensión entre la lógica del derecho y la lógica del mercado.

En España, como en tantos otros lugares, la discusión sobre la “libertad de elección” ha ido desplazando el foco desde lo común hacia lo individual. Se habla de escuelas “a la carta”, de centros que venden con programas de todo tipo entornos “adecuados” para cada perfil. Pero la escena de la película nos recuerda algo que a veces olvidamos: que la educación pública no existe para satisfacer preferencias, sino para garantizar igualdad. Que su valor no está en ofrecer lo que cada cual desea, sino en sostener lo que toda la sociedad necesita.

Otro momento significativo del film aparece cuando la maestra, desbordada por la complejidad del grupo (cuánto nos suena esto), duda de su capacidad para acompañar al niño recién llegado. Esa duda —tan humana y real— conecta con otro debate urgente: el de los recursos y las condiciones de trabajo en la escuela pública. No basta con pedir a los docentes que sean héroes cotidianos, o apelar a su vocación. La película muestra con honestidad que la inclusión no es algo mágico: requiere tiempo, apoyo, formación, equipos estables. Requiere políticas que entiendan que la diversidad no se gestiona sola.

Pero hay un hilo narrativo que la película coloca con especial delicadeza y que abre otra reflexión incómoda: la amenaza de cierre de la escuela rural por falta de alumnado. Ese riesgo —tan real en tantas zonas del país— no es solo un problema administrativo. Es un síntoma de algo más profundo: la fragilización de lo común. Cuando una escuela unitaria cierra, no desaparece únicamente un servicio. Se apaga un centro de vida comunitaria, un espacio de encuentro intergeneracional, un lugar donde la identidad del territorio se renueva cada mañana.

Y aquí la película introduce un matiz que interpela directamente a nuestro tiempo: la escuela se salva gracias a la llegada de familias refugiadas ucranianas. De pronto, la comunidad que menguaba se ensancha. Los pupitres vuelven a llenarse. La vida continúa. La inmigración, tantas veces convertida en objeto de sospecha o debate crispado, aparece aquí como lo que tantas veces es en la realidad: una oportunidad. Un sostén. Una posibilidad de futuro.

Pero la película también nos obliga a mirar de frente una paradoja dolorosa: ¿qué significa para la educación pública tener que “buscar niños” para no desaparecer? ¿Qué dice de nosotros que un derecho fundamental dependa del número de matrículas? ¿Cómo hemos llegado a un punto en el que la continuidad de una escuela —un bien común, espacio de equidad— se mida en términos de viabilidad demográfica, de rentabilidad?

Esa búsqueda desesperada de alumnado revela otra tensión profunda entre la lógica del mercado y la lógica del derecho.

Cuando una escuela pública necesita “captar” niños para sobrevivir, algo se ha torcido. Porque la escuela pública no debería competir: debería garantizar. No debería seducir: debería sostener. No debería “mendigar» matrículas: debería ser protegida como lo que es, un pilar de la democracia.

Hay una frase de John Dewey citada por bell hooks en Enseñar pensamiento crítico (1952) que podría funcionar como eco de la película: “La democracia tiene que nacer de nuevo en cada generación, y la educación es su partera”. En Bienvenido a la montaña, esa democracia cotidiana se encarna en gestos mínimos: un pupitre que se desplaza, una mano que acompaña, un grupo que se abre para que otro entre. Y también en algo más profundo: la convicción de que nadie sobra, de que cada llegada —también la que viene de lejos— ensancha la comunidad.

Quizá ahí, en ese gesto tan sencillo, esté lo que más necesitamos recordar. Cada vez que una escuela pública acoge y sostiene, no solo cambia la vida de un niño: también protege la posibilidad misma de una comunidad democrática. En ese pupitre que se desplaza para hacer sitio hay algo más que un acto pedagógico; hay una forma de decirnos que nadie sobra, que lo compartido todavía importa, que seguimos siendo capaces de cuidarnos.

Tal vez la pregunta que deja la película —y también nuestras realidades cotidianas— no sea solo cómo mantener abiertas las escuelas, sino cómo mantener abierta la idea de que una sociedad se construye garantizando derechos, no compitiendo por ellos. Mirar una escuela pública es mirarnos a nosotros mismos: ver qué defendemos, qué dejamos caer, qué futuro estamos dispuestos a sostener.

La montaña seguirá siendo abrupta, incierta, exigente, pero cuando abrimos la puerta a ese chaval que nos llega nuevo de repente al grupo, tras una fugaz conversación con la jefa de estudios, y le decimos “pasa, te puedes sentar aquí”, la hace un poco más habitable.

Y nos recuerda que es la escuela, siempre, la que sostiene la montaña, y no al revés.

1 comentario en «Cuando la escuela sostiene la montaña»

  1. Interesantes palabras. En los años 1979 y 1980, tuve la suerte de impartir docencia en la escuela rural lagunera de El Ortigal. El edificio tenía dos clases y dos viviendas, una para los niños y otra para las niñas, una vivienda para la maestra y otra para el maestrro. Dª María, maestra lagunera, en esos años rondaba los 70 años, pero no vivía en la casa de la maestra, en cambio yo, le puse lo indispensable y me quedaba algunos días. Sobre esta etapa docente de mi vida laboral podría hablar con conocimiento de causa largo y tendido. Lo dejo para otra ocesión. He tenido la suerte de ejercer en todos los niveles educativos a lo largo de mis 4 decenas de años activo.

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