Los colegios e institutos de nuestra infancia no eran muy transparentes: el maestro evaluaba según su sabio criterio y casi nadie lo ponía en duda. Eran otros tiempos.
Hoy, la transparencia y el buen gobierno son cada vez más condiciones esenciales para que nuestros centros escolares funcionen con legitimidad y no estén en el punto de mira de familias o inspección.
Todo esto cada vez nos suena más a los docentes y equipos directivos cuando recibimos instrucciones que hablan de claridad a la hora de tomar decisiones, acceso sin barreras a información relevante y participación en procesos clave. A pesar del negacionismo o pesimismo de quienes no ven ningún avance, la escuela de hoy tiende a ser cada vez más a ser una institución justa, confiable y capaz de cumplir su misión: garantizar el derecho a la educación en condiciones de equidad y calidad.
La normativa educativa, tanto estatal como autonómica, insiste en ello, y nuestra escuela de hoy, con sus fallos, es más democrática, accesible y abierta. Se insiste mucho, por ejemplo, en que la información de procesos importantes como, por ejemplo, evaluación o admisión, llegue a todos, que sea universalmente accesible. Son pilares de un modelo de gobernanza que aspira a ser abierto, participativo y responsable.
La transparencia en un centro escolar empieza por algo sencillo: explicar bien las decisiones. Cuando un claustro aprueba un proyecto o cuando el consejo escolar decide sobre el uso de determinados recursos o cuando la dirección reorganiza tiempos y espacios, es importante que la comunidad educativa debe conocer los motivos, los criterios y los efectos esperados. No hablo de publicar cada detalle, sino de ofrecer información clara, comprensible y accesible.

Vamos a ejemplos: un instituto, por ejemplo, decide reorganizar los grupos de 2º de ESO para mejorar la atención a la diversidad. O vamos a un caso real: en mi centro, hace unos años implantamos el AICLE (Aprendizaje Integrado de Contenidos y Lenguas Extranjeras) en Inglés de forma generalizada para todo el alumnado de 1º ESO: lo que generó inquietud en las familias porque pensaban que algunos de sus hijos no tenían nivel de inglés para ello, frente a otros. Como centro, comunicamos en una reunión los criterios que justificaron la decisión y explicamos, resolviendo todas las dudas, cómo así se garantizaba que no se generaran desigualdades.
También ocurre cuando un equipo de docentes que lleva el programa Erasmus de un centro publica los criterios y baremos de admisión del alumnado en las iniciativas planificadas, y se reúnen con padres y alumnado para explicarlos con detalle. No digo ya cuando un docente dedica sesiones de clase al principio de curso a explicar bien a sus estudiantes cómo va a evaluar y calificar. O cuando los tribunales de oposiciones publican las rúbricas con las que van a evaluar antes de que los aspirantes realicen las pruebas. Así, la transparencia se va convirtiendo no ya solo en un asunto legal sino en una herramienta de confianza.
Otro asunto es la accesibilidad, que va más allá de poner rampas o ascensores.
Nuestras leyes nos recuerdan que debe ser universal: física, tecnológica, comunicativa y curricular. Un centro que publica información en formatos poco accesibles, que utiliza un lenguaje técnico incomprensible para muchas familias o que divulga las programaciones didácticas de muchísimas páginas sin extraer o destacar las partes más importantes que afectan a la comunidad escolar está generando barreras invisibles. Pensemos en un colegio que decide implantar un nuevo sistema de evaluación competencial. Si la explicación a las familias se realiza únicamente mediante un documento técnico de quince páginas, el mensaje no llega. En cambio, si el centro ofrece vídeos breves, infografías, sesiones presenciales y materiales adaptados, la accesibilidad se convierte en un puente que une a la comunidad educativa con los procesos de mejora.
El buen gobierno escolar es el marco que integra estos principios: tenemos que asumir una cultura organizativa basada en la participación, la rendición de cuentas y la responsabilidad compartida. En una sociedad en la que la participación está en crisis estructural y los consejos escolares, las juntas de delegados o las asociaciones de familias están debilitadas, el buen gobierno es clave.

Vamos a otro ejemplo práctico: un centro detecta que la participación en el consejo escolar es mínima y que las decisiones se perciben como lejanas. Nadie conoce este órgano, y poco importa lo que allí se hable. En lugar de resignarse, decide aplicar medidas de buen gobierno: publica actas resumidas en lenguaje claro, abre espacios de consulta previos a las decisiones relevantes, incorpora mecanismos de escucha activa y promueve la participación del alumnado mediante asambleas y delegados formados. En pocos meses, la comunidad empezará a sentir que el consejo escolar es un espacio real de gobernanza democrática.
Un último caso: un instituto recibe quejas sobre la gestión del comedor escolar. En lugar de responder de forma defensiva, vamos a aplicar criterios de buen gobierno: analizamos los datos, convocamos a las familias, revisamos procedimientos, publicamos los resultados y adoptamos medidas de mejora. La transparencia y la accesibilidad convierten un conflicto en una oportunidad para fortalecer la confianza.
En definitiva, transparencia, accesibilidad y buen gobierno son condiciones estructurales para que un centro escolar sea una institución democrática, confiable y orientada a la mejora. Cuando se aplican con rigor y convicción, la escuela se convierte en un espacio donde las decisiones se comprenden, la información fluye sin barreras y la comunidad educativa participa de forma real.
Querido amigo, totalmente de acuerdo. Aquellos que tenemos muchas décadas tanto como alumno y unas pocas menos como docentes. Hemos pasado por las diferentes leyes sobre la educación y sabemos de los vaivenes de la enseñanza. Yo que he sido docente en una docena de centros, tanto estatales como concertados-privados, doy fe de lo que comentas. Siempre queda la esperanza que se avance. Los centros «claros y transparentes» son como agua salida del manantial, se puede beber.