Literatura desterrada

/

Como docente de Lengua, siempre he pensado que, cuando trabajamos aspectos relacionados con la educación literaria, no siempre hay que dar lo mismo, ni con los mismos.

Cierta inercia cultural nos ha conducido desde épocas pasadas a reproducir los modelos narrativos en los que crecimos, y que además absorbimos a través de las formas de acercarnos al arte que nos enseñaron a través del cine, los libros, la música, etc. Nace, así, de una visión privilegiada del arte y, a la par, nace una literatura desterrada.

En lo que se refiere a la tradición novelística, cuando trabajamos este género en clase, a través casi siempre de una perspectiva histórica en función de nivel educativo en el que estemos, solemos apoyar las sesiones y las unidades de aprendizaje en ejemplos prototípicos de lo que se podrían considerar las cumbres tradicionales de la literatura occidental, muchas veces circunscritos al país o región en el que nos encontremos. 

En esas cumbres, encontramos genialidades, verdaderas joyas artísticas, no lo voy a negar. Pero cuando acercamos al alumnado a estas en exclusiva, estamos dejando de lado otras perspectivas artísticas asociadas a culturas marginadas y muchas veces oprimidas por una visión centralista de lo que debiera ser el arte como expresión máxima de la libertad. 

El problema, así, no es tanto que intentemos que nuestro alumnado descubra la valía de los textos de autores como Cervantes, Dickens o García Márquez. El problema es que lo hagamos nublando una visión de las culturas narrativas que es más amplia, más diversa, y que olvidemos transmitir que a través de otras fórmulas, otros contextos y otras voces silenciadas, también se puede alcanzar plenitud e impacto artístico de una enorme belleza y trascendencia. 

En ese sentido, explicar el canon literario a partir de la construcción de la historia de la literatura realizada desde los países que han ostentado históricamente el poder hegemónico es una muestra de empobrecimiento en la perspectiva que utilizamos. 

También nos impide disfrutar de las culturas en un sentido amplio, como lo que realmente son: una construcción artística repleta de sentidos, ecos y resonancias de la diversidad que nos define como seres humanos. 

Incluso dentro del propio canon occidentalista, es probable que pocas obras narrativas clásicas puedan ser leídas de igual manera desde una mirada uniforme que nos lleve a prescindir de esas voces plurales y diversas que se encuentran dentro de las raíces de esas grandes creaciones y que nos ayudan a entender mejor el mundo. 

Desde el Quijote, en su capítulo de la Segunda Parte donde se habla de la noción rica y diversa de patria -tan discutida hoy en día- en boca del morisco Ricote, hasta la Odisea, historia de un eterno migrante que está en el corazón de todas nosotras, pasando por el Ulises de Joyce, construcción multiforme de la pluralidad de voces que nos conforman en nuestra identidad, o Cien años de Soledad, edificación de un paraíso mítico de debilidades y fortalezas humanas que no tienen bandera. ¿Puede dudarse, así, de la idea de que una perspectiva antropológica de estas cuatro obras enriquecería las múltiples lecturas que puedan hacerse de las mismas y poder así incorporarlas a nuestros bagajes identitarios? 

La ciudadanía lectora

Además de la propia reivindicación de la dignidad de los pueblos olvidados, considero un derecho de la ciudadanía lectora de la modernidad -una modernidad que queremos que utilice el arte como fuente de permanente crítica y poder transformador- acercar a las personas también a una educación literaria desde la perspectiva de la diversidad y la interculturalidad. Y para ese acercamiento es imprescindible tener en cuenta la creación artística de los sectores que, por su procedencia y por su papel marginal, han sufrido múltiples discriminaciones históricas.

Esta forma de exclusión, entendemos, no puede ni debe seguir perpetuándose en un momento actual en el que, en palabras de Eric R. Wolf,  “ya no podemos pensar en las sociedades como sistemas aislados automantenidos; ni tampoco podernos imaginar a las culturas como todos integrados en los que cada parte contribuye al mantenimiento de un todo organizado autónomo y duradero” (2005, p. 472). Es el momento de establecer relaciones, derribar fronteras en el arte y entender las sintonías polifónicas entre obras sin tener tanto en cuenta su hipotética valía o falta de la misma, sin tener en cuenta matices relacionados con la prevalencia o la supervivencia cultural a la que han sido sometidas. 

Esa mirada del “otro” desde las fronteras construidas por la historia y mantenidas en nuestro ideario nos llevan continuamente a emitir o a escuchar juicios racistas o, simplemente, excluyentes; no es casualidad, así, que nos refiramos, por ejemplo, como una tendenciosa generalización a una idea única de literatura africana pero no lo hagamos tanto en la literatura de otros ámbitos. 

No solemos incluir, en ese sentido, en la misma categoría a todo el conjunto de literatura europea -nos cuesta más hablar de literatura europea como si fuera un todo-. De igual forma, tampoco se nos ocurre, por ejemplo, emparentar taxativamente la literatura portuguesa con la rusa, a pesar de que, en distintos momentos históricos, pudiesen encontrarse conexiones entre ambas, como entre otras, a través de determinadas obras o de las personas que las escribieron, lo cual nos permitiría enriquecer nuestras perspectivas de acercamiento a cualquier manifestación cultural desde un enfoque diálogico.

Recuperar, en definitiva, esa literatura desterrada desde una perspectiva basada en la relación y en la escucha, así como rescatar del olvido determinadas creaciones, permite dar eco a historias de represión, injusticias y voces acalladas. Escucharlos (o leerlos) junto a las otras historias encumbradas por una determinada forma de entender el arte nos ayuda a “articular una pedagogía de la escucha intercultural que desde la alteridad debe significar también abrirse a la otra, dotarla de voz y reconocerla como elemento con valor en sí misma” (Vila Merino, E., p. 25).

Porque el arte tiene mucho de escucha, interior o exterior, y es a través de esta escucha cuando se logra la libertad.


Recursos

Vila, E. S. (Coord.). (2007). Pedagogía de la alteridad. Interculturalidad, Género y Educación. Madrid: Editorial Popular.

Wolf, E. R. (2005). Europa y la gente sin historia. México D. F. : Fondo de Cultura Económica.