Como luna gastada brillando

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Hacía tiempo que quería escribir sobre la desmitificación del arte, sobre la descentralización de determinadas visiones culturales que han habitando entre nosotros desde nuestra niñez.

La lectura de la novela Panza de burro, de Andrea Abreu, me ha ayudado a hilvanar algunas de las ideas que necesitaba para hacerlo. 

Como “luna gastada brillando”, utilizando uno de los símiles que la joven protagonista utiliza para verbalizar las sensaciones de su mundo, nace esta obra plena, limpia, restacadora de visiones que parecen del pasado y de ángulos vivenciales que emergen en la memoria como triunfo de la colectividad. Porque la cultura es eso, memoria reconstruida del individuo que se hace eterna en la colectividad.

Panza de burro golpea las visiones hegemónicas del arte y el lenguaje para ejercer una mirada problematizadora sobre la preponderancia de las mismas, y de cómo estas acaban nublando la existencia de las demás. Igual que en la obra se nublaba el día de los habitantes del pueblo cuando aparecía la bruma característica de estas zonas.  

Nos hace, pues, hurgar en la herencia de una determinada forma de entender el mundo en la que se nos ha contado lo que es normativo, lo que es sublime, lo que es elevado, lo que es bello, lo que es culto o lo que debe pasar a la eternidad por su supuesto rigor, su valía y su trascendencia. 

Refresca también la obra con atrevimiento una de las intenciones del lenguaje verbal en su forma literaria: su poder evocador y revocador a la vez. Porque si algo tiene la novela de Andrea Abreu es memoria, recuerdo y sugestión; vértebras rotas cuya columna no está apoyada en la legitimidad impuesta por los puntos y las comas de determinadas formas de narrar o de expresar belleza.

Si lo que se busca con una lectura así es revalorizar el valor de lo íntimo y de lo humano para emparentarse con otras formas de narrar asonantes de momentos literarios pasados, también se puede hacer. 

No voy a negar, en ese sentido, que cuando recorría la desnudez interior de la protagonista a través de sus palabras, su transcurso vital y sus sentimientos, en ese pueblo del norte de Tenerife cubierto de nubes y sobrevolado a ras por andoriñas, recuperaba técnicas de la novela psicológica como el fluir libre de conciencia. Estas nos permiten, como hacemos en la novela, bucear, a través de la afluencia incontrolada del inconsciente, en el espejo interior de una persona hasta hacerla sonrojar y sonrojar al propio lector  que se funde con los personajes en un todo orgánico, vivo. 

Otra vanguardia

Pero creo que en Panza de burro hay otra vanguardia, otra art nouveau, otro valor poético y sublime más allá de lo puramente estético, que es el de la navegación, a través de libres asociaciones, hasta las debilidades no solo de los seres humanos -intensa en este aspecto-, sino de sus interpretaciones culturales heredadas y muchas veces impuestas. 

Porque nos han hablado de universos míticos y mitológicos, de héroes y antihéroes, de elevación y de miseria. Nos han contado historias de tormento, de lucha, de quiebra interior y de batalla exterior. En todas ellas, con seres humanos reconstruidos a través de piezas diversas -según el bagaje intelectual del autor o la autora- como protagonistas. Y eso es lo que ha permanecido; eso es lo que se reproduce una y otra vez. 

Sin embargo, no nos habían hablado tanto del derrumbamiento de esas historias repletas de arquitectura heredada y de una forma determinada de entender la belleza y la fealdad que nos contaron en las escuelas. Historias repletas de arquetipos, de patrones lingüísticos y literarios ya desgastados que han desembocado en una herencia tal vez magistral desde un punto de vista técnico, pero a veces limitada en su enfoque desde una perspectiva humana, intercultural o colectiva: la perspectiva sin complejo que da acercarse a la diversidad de formas y mentalidades, sin ataduras. 

Universo coral e individual

Porque en la narrativa -como en el mundo, en la intención de contar historias-, la perspectiva es clave. Y es aquí donde está la maestría de Panza de burro: en hacer de la perspectiva la vida misma. En ese universo coral e individual a la vez, en el que la vida es la verdadera protagonista en el caos fragmentario que siempre es, con toda su grandeza y toda su miseria, cobran sentido las historias que se encierran en Panza de burro y del universo mítico que recrea.

Y en esas historias de niñez sin freno, de crecimiento y evolución interior y exterior, leemos también nuestras vidas, leemos nuestro mundo. Leemos y evocamos una infancia envuelta en lo sencillo, donde el maldeojo se encontraba entre nuestras grandes preocupaciones que eran aliviadas siempre por un rezado de nuestra Tata. Donde el peligro no era que no encontraran si nos perdíamos jugando en la calle en una noche de verano, sino que no nos volviéramos a encontrar al siguiente verano. Una infancia en la que, en el triunfo o en la tragedia personal, intentábamos ser libres y aún no nos preguntábamos por lo que era la libertad.

Porque Panza de burro no mezcla lo tradicional con lo culto (nadie debiera darnos lecciones sobre lo que es tradicional o sobre lo que es culto), sino que nos recuerda que hay percepciones entendidas – a través de una reproducción privilegiada del arte- como «cultas» que nublan, como si de un ocaso vital se tratase, y empañan algunas imágenes vitales que se han ido desgastando con el paso de los años, pero que nos hicieron en otros tiempos a ratos felices y a ratos desdichados, tal y como se siente la protagonista a lo largo de toda la obra.

Y es así como se presenta la vida, de forma deshinibida, de forma pura: como luna gastada que aún, gracias al arte, puede seguir brillando.