La otra segregación es no alcanzar paraíso

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El arte, en cualquier manifestación, siempre es alumbrador. Con esa capacidad, la Divina comedia, de Dante Alighieri, nos descubrió en la Italia del siglo XIV un simbólico viaje por la estratificación social. Un viaje cuya relectura, en la actualidad, es muy necesaria, también cuando hablamos de segregación y marginación.  

En los versos de su Primera Parte -la más conocida y versionada- se narra el descenso del propio Dante acompañado por el poeta Virgilio a través de nueve círculos concéntricos que separaban a los malhechores según la gravedad de sus pecados. Ambos iban recorriendo con asombro y estupor cada uno de ellos, al tiempo que se percataban de realidades terribles.

La organización del Infierno en círculos concéntricos donde se muestran los horrores que sufren los condenados ha conllevado la creación de un imaginario alegórico repleto de interpretaciones, muchas relacionadas con ideas socioculturales de su tiempo. 

En ese sentido, la Primera Parte de esta obra representa uno de los primeros ejemplos en la literatura occidental de segregación. De hecho, el matiz reflexivo con el que Dante y Virgilio iban recorriendo los distintos círculos nos acerca a una idea de sufrimiento simbólico y marginación humana que puede extrapolarse a determinados contextos sociales hoy en día, entre ellos a la escuela. 

La cultura escolar puede suponer la contemplación de una educación compartimentada en función de aspectos identitarios y culturalmente asumidos. Normalmente, la separación de personas en edad escolar ha solido asociarse, así, con una visión legitimada de cuestiones de origen o condición socioeconómica, como hemos visto en un reciente Informe encargado por una conocida ONG. 

La propia presencia en el argot escolar de la idea de “centros gueto” ya es representativa de lo que se esconde debajo de esta visión estereotipada de la diferencia: hay verdades que son tan incómodas que será preciso ocultarlas o separarlas; son los “pecadores” a los que Dante sí se acercó en su viaje poético.  

Pero la separación que lleva a la invisibilización no queda ahí: también se ha apoyado -y lo sigue haciendo- sobre la cuestión de género, capacidad o discapacidad y nivel académico, entre otras marcas simbólicamente construidas. Es una segregación que muchas veces se da no entre centros, sino dentro del propio centro, y de ella poco se habla.  

Luchar contra la estratificación en la educación es complejo en estos tiempos, ya que muchas de estas perspectivas están legitimadas o normalizadas. De hecho, derrumbar la sociedad de clases, compartimentada, se plantea como objetivo de determinadas políticas que chocan continuamente contra un muro: el de los intereses por el mantenimiento de determinados privilegios de la posición dominante. 

Sin embargo, la gran tragedia del mundo moderno es que este modelo organizativo se reproduce dentro de la propia escuela como proyección de la sociedad, en condiciones de desequilibrio difícilmente remediables si no cambia la cultura escolar. 

Se legitima, así, en este ámbito y por parte de algunos sectores -o se acepta simplemente con actitud contemplativa-, la existencia, por ejemplo, de los centros de educación especial; estos se apoyan en la idea de la existencia de determinadas personas incluidas en una categoría de “diferencia”, que se sustenta en una visión medicalizada e instrumentalizada de la discapacidad. Ello lleva a convertir en invisibles para el resto de la sociedad algunas características personales que no se ajustan a la estandarización comúnmente aceptada a la que a veces conduce el sistema educativo, con la eterna excusa de la falta de recursos. 

Pero esta tragedia no se acaba ahí: “Nuevas condenas, nuevos condenados / veía en cualquier sitio en que anduviera / y me volviese y a donde mirase”, dice Dante al inicio del Canto VI de la Divina Comedia. Entre escuelas, dentro de un mismo centro, en distintos rincones e incluso dentro de un aula, se dan estratificaciones que proyectan esa idea sustentadora de la diferencia como inconveniente que hay que salvar, ya que no se cuenta con apoyos para la equidad y la inclusión aunque estos sean pilares en las leyes educativas. 

Los patrones heredados validan, así, que el alumnado clasificado con necesidades educativas especiales siga saliendo de sus espacios comunes de aprendizaje para ser atendido al margen del grupo. Validan la presunta “libertad” a la hora de elegir centro, libertad que realmente es marca clasista que permite los recortes en la escuela pública -aspecto casi no mencionado en el Informe publicado recientemente- y condena a determinadas personas a girar siempre en el mismo círculo. 

Sustentan también la necesidad de programas de teórico bilingüismo que separan al alumnado según sus destrezas, con lo que se incrementan las desigualdades en la adquisición de habilidades idiomáticas. Dejan, también, en el papel el respeto y la visibilización de identidades de género no hegemónicas, permitiendo que muchas personas sigan sufriendo en las escuelas su “infierno” particular, peor que el que Dante imaginó.

Porque en forma de privilegiada deidad, como tocados por un haz de luz divina, hemos creado un universo educativo desigual. Un mundo nutrido de una visión lastimera o peyorativa de determinadas diferencias que nos lleva a no entender que en el infierno de los condenados también hay historias de olvido marcadas por la mayor injusticia social: la imposibilidad de alcanzar el paraíso.

Si Dante se percató de ello en su imaginario, es obligación moral de nuestra sociedad derrumbar los mitos que sostienen esta tragedia moderna.  

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