El arte nuevo de hacer escuela

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La actitud regeneracionista en la escuela no es mala, si lo que se persigue con ella es la erradicación del fracaso escolar y la universalización del éxito educativo. Es, al fin y al cabo, el necesario arte nuevo de hacer escuela. 

El conflicto en la educación entre lo tradicional y lo moderno, entre lo clásico y lo vanguardista, tiene cierto parangón con una dialéctica similar en otras formas culturales y artísticas a lo largo de distintos momentos de la historia. Si nos ceñimos a un ejemplo concreto, pudiera relacionarse con la polémica que se dio en el teatro europeo desde finales del siglo XVI. 

En esa época, se habló, por ejemplo, en España de “comedia nueva” para referirse a una dramática capaz de llegar a todos los tipos de público, para lo cual se llegó a rechazar muchas de las reglas formuladas por los preceptistas y los representantes de la retórica clásica. En esa nueva corriente se instalaron autores como Lope de Vega e incluso William Shakespeare en Inglaterra, para lo cual llegaron a quebrar las reglas clásicas aristotélicas. Crearon, así, el teatro moderno: un arte diferente, hecho para la colectividad y que ha llegado hasta nuestros días con esa impronta universalista.

Los cambios en la escuela no pretenden desterrar la tradición (tampoco los dramaturgos de ese tiempo lo pretendían). Tampoco suponen una centelleante vanguardia, ya que las bases del orden, el rigor, el conocimiento, el saber y la importancia del ser seguirán estando siempre en las aulas. 

En cambio, las innovaciones que quieren introducirse en la educación sí que buscan la aclimatación con los nuevos tiempos y las nuevas necesidades de esta era. La novedad se basa, pues, en algo que no es tan novedoso, aunque no por ello deje de ser necesario: construir una educación inclusiva acorde con las necesidades de toda la comunidad educativa, sobre la cual progresivamente empiezan a reconocerse los valores y características que definen su diversidad.

Lope de Vega lo llamó en un tratado de 1609 el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo. A los cambios en la escuela actual se les ha acuñado distintos términos que, al final, son lo de menos, porque lo que importa es darse cuenta de que la ciudadanía, la responsabilidad colectiva, la desigualdad, la cuestión de género, el racismo, la injusticia social, la pobreza o la crisis climática son los problemas que afectan al planeta, y la educación no puede permanecer ajena a ellos, ya que es motor que lo hace caminar.

Porque, sí: todo nuevo punto de vista de la realidad supone una especie de arte nuevo (recordemos el Art nouveau de las primeras décadas del siglo XX), una sucesión de cambios que pueden llegar a atemorizar ya que a lo desconocido siempre le teme por parte de un sector siempre reacio a desterrar inercias. En el caso de los teatros nacionales europeos de esos tiempos también hubo una fuerte oposición, llegando a ser intervenido por instituciones como la Academia francesa, con la irrupción del clasicismo. 

Sea de una manera u otra, tanto en el afán más conservador o en el ímpetu más innovador, convive la idea de que desatender la escuela conduce al atraso más generalizado y a la pobreza intelectual, y en esa lucha estamos todos juntos, aunque defendamos ideas que parecen antagónicas.

Aunque esos caminos para paliar los males de una nación a través de la educación difieran según la óptica desde donde se mire, desde muchos de esos ángulos se puede observar la misma idea que impregnó el regeneracionismo de pensadores de otro tiempo: hacer de la educación el timón para el progreso y el camino para la consecución de la plenitud de muchos derechos que en la actualidad o no se han logrado o siguen vulnerándose o, simplemente, corren peligro ante el avance de movimientos o ideologías nutridas de la violencia. 

Y en este arte nuevo de hacer escuela, la ciencia, la literatura, la cultura, el arte, la historia, la música… no desaparecerán; seguirán estando ahí, alcance más que nunca de todas las personas, independientemente de cualquier condición previa de la que partan.

Porque aquel teatro nuevo, el teatro de corrales, el que arremolinaba a todos los impacientes espectadores en torno a un escenario, tenía una esencia que lo emparienta con la escuela: la capacidad de unión que hacía que, una vez se atravesaba la entrada, lo único que permanecía era lo que allí dentro se podía aprender, sentir y vivir.

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