La atención educativa de quienes están ausentes

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El tránsito escolar a lo largo de la etapa obligatoria es un periplo no sólo de éxito o de fracaso, sino también de presencias y ausencias. 

Con respecto a las ausencias, a los ausentes de la escuela, la atención educativa al alumnado absentista cobra nuevas dimensiones en estos tiempos no lineales, en donde la complejidad de situaciones y lo abrupto de su aparición atraviesa las medidas que se emprenden desde cada centro, en aras de proteger los derechos de la infancia. 

Siempre hemos tenido alumnos y alumnas invisibles en clase, «desnudos» ante el aprendizaje. Su existencia la simplificamos dentro del cajón de sastre del desinterés y la desmotivación. Esos estudiantes, vacíos por dentro, aunque estén (con presencia física) realmente «no están», y bucear en las causas de esta forma de marginación, de abandono interior, no es sencillo: sus lagunas son inmensas, y no solo en cuanto a aprendizajes escolares, sino en aspectos emocionales, sociales y familiares que recorren de forma longitudinal sus vidas, hasta hendirse en todos sus poros.

Quiero referirme aquí, sin embargo, a los ausentes físicamente: a quienes disparan las alarmas del absentismo escolar, justificado o injustificado —si usamos la jerga académica—, aunque esta dicotomía sea en verdad falsa: siempre hay una justificación, una razón comprendida dentro de un contexto muchas veces dramático, lo que determina que un estudiante no vaya al centro en edad de escolarización obligatoria. 

Estos ausentes son los otros, los otros en sentido pleno y también peyorativo: los alejados en cuerpo y mente, los que chocan con la continuidad de un proceso que difícilmente puede llevarse a cabo con «el ajeno», el que solo es parte del grupo clase en recuentos estadísticos. La atención educativa para quienes están en sus casas hace estallar los cimientos de la escuela como edificio, del aula como espacio necesario para el aprendizaje formal. Son la «otredad» educativa más honda, en el sentido en que Jean Paul Sartre entendía este término: personas que existen a través de la mirada de otras.

El absentismo escolar, en donde también se incluye a ese alumnado privado de su derecho por problemas de convivencia, parte de esa «condición de ser otro» en su expresión plena: mantiene esa esencia de alejamiento, en este caso de la escuela. En su origen etimológico, la voz latina «alter» (de donde proviene) tiene su origen en la raíz indoeuropea «al-», que significa «más allá». Ahí podrían caber las voces de la extrañeza, lo que es diferente y se sale de lo homogéneo. Pueden incrustarse ahí, pues, la inmigración, las identidades de género no normativas y la discapacidad, por ejemplo. Todos parten de una imagen distorsionada, cimentada sobre cómo valoramos la condición de ser otro, a pesar de que todos tenemos en nuestro tronco la savia de la diferencia. 

Los docentes debemos desarrollar esa cualidad de ver en medio del ruido y la niebla. Ver, con todo lo que eso supone, como si fuésemos el personaje del cuento Ellos (1904), de Rudyard Kipling, texto que pudo inspirar el argumento de la película Los otros de Amenábar: percibir o reconocer qué hay detrás del eco lejano de cada misteriosa necesidad, cada contexto y cada familia. 

El absentismo es un problema poco nítido que implica la inmersión en las causas que lo provocan. Precisa de la redimensión de una escuela hacia un modelo comunitario, social, en donde el maestro articule junto a profesionales de otras instituciones tiempos y espacios novedosos para poder auxiliar a quien no puede (o no quiere, por situaciones complejas) venir al centro, y que por lo tanto precisa de otro modelo educativo que atienda a la flexibilización de lo que hacemos y cómo lo hacemos. 

El ausente carece de un bien único, que es la presencia permanente del profesor o la profesora en ese seguimiento académico que se alinea ahora con la complicada redefinición de lo que supone personalizar la enseñanza, para lograr que todos puedan aprender. No es tarea fácil. En esa misión, brota el recuerdo de aquel maestro llamado Louis Germain que preparó de forma desinteresada al niño Albert Camus para realizar un examen final y lograr una beca, cuando este estuvo a punto de abandonar sus estudios, ya que tenía que ayudar a su familia. Para ello, fue a su casa y convenció a su madre y a su abuela, con lo que nacía así esa idea de maestro comunitario, leal a sus principios y comprometido también con los que están ausentes: también nuestro alumnado. 

Cierto que los tiempos han cambiado, pero ese espíritu noble de una honda didáctica es el que distingue la identidad docente que precisamos en un mundo en el que los relatos de silencios y oscuridad pueblan nuestras aulas, aunque no lo veamos. Viajemos de nuevo, con esa alegoría, a la película Los otros y recordemos a aquellos niños que vivían en la penumbra, alejados de la luz del sol, en una enorme y sombría casa, ausencias y presencias que también recuerdan a la impactante serie La Mesías

Las fobias de los ausentes de la escuela serán otras hoy, a buen seguro, pero es misión del sistema educativo irradiar para ellos la luz del conocimiento, construyendo a su lado un ideario curricular nuevo, abierto y esperanzador —flexibilizando en lo posible los criterios de evaluación e instrumentos—, que incluya prestarles un libro, llamarlos por teléfono para interesarnos, repensar la forma en la que nos comunican cualquier avance o reservar, si podemos, una agradable conversación (ellos son más importantes que muchas tareas burocráticas que nos eclipsan), además de demandar recursos educativos y psicológicos de apoyo para cubrir esta gran brecha contemporánea.  

Todo ello porque la llamada educación no presencial tiene que ir más allá de subir tareas a una plataforma virtual con las no pueden sentir el calor humano que acompaña a los que parecen estar ausentes pero que, realmente, no lo están. Esta debe ser una urgencia también para políticas educativas anquilosadas aún en la idea de que la escuela son solo las paredes de un centro escolar, sin escuchar lo que hay más allá, ante la impotencia de muchos docentes conscientes y sensibles con lo que ocurre.

Porque, como se dice en el cuento de Kipling, «ellos son muy tímidos todavía. Muy tímidos. Pero ¡dichoso usted que puede verlos! Escuchemos».

1 comentario en «La atención educativa de quienes están ausentes»

  1. Interesantes palabras. Una reflexión sobre la diversidad del aula. Me viene a la memoria los años que pasé en la unitaria de El Ortigal, los años que pasé dando clases al alumnado de la Casa Cuna y los años que pasé dando clase en el centro «Elisa González de Chávez» a alumnado sordo. Cuánta experiencia positiva adquirí como docente.

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