Innovación y bienestar docente: historia de un relato circular

//

Hablar de innovación educativa encadena hoy en día la necesidad de hacerlo también sobre bienestar docente.

Es una necesidad que llevo viendo años, casi desde que empecé en esta profesión, diría yo. Sin embargo, creo que ha ido in crescendo, a la par que parece ir incrementándose también la sensación de desgaste en un sector del profesorado, desalentado ante la incertidumbre que provoca cierta sensación de inestabilidad ante los cambios. 

Hace unos días tuve la suerte de encontrarme en una mesa redonda con varios referentes de la educación en España a los que aprecio profundamente. Compartí con Carlos, Toni, Sofía y Ana conversaciones entre pausas, cafés, escenarios y debates públicos ideas sobre lo que supone innovar en tiempos que pensadores de diferentes ámbitos han llegado a calificar como complejos. Todo ello en medio de la implantación y desarrollo de la octava ley educativa de nuestra democracia. En esos apasionados intercambios sobre reformas, currículos, competencias, evaluación y metodologías, volvió a salir la espinosa cuestión de la salud emocional y psicológica del profesorado. 

Es necesario aceptar y entender que estamos en una era convulsa donde la linealidad de las cosas del vivir de antaño ha dado lugar hoy a una mirada pluridimensional que condiciona nuestros marcos mentales. En este panorama, toda suerte de praxis, entendida —como nos dice Aristóteles— como sabiduría práctica que surge del intercambio y del diálogo entre ciudadanos, tiene que conllevar una reflexión, con todo lo que encierra la palabra en su raíz etimológica: ‘acción de volver atrás’. Revisar y reproducir, sí, pero también “repensar”, con lo que el prefijo re- aporta a estos vocablos, siempre relacionados con la idea de ‘intensificación’. 

No es casualidad que el último Informe de la UNESCO, de 2021, se haya titulado en nuestra lengua Reimaginar juntos nuestros futuros. Añadiría yo el adjetivo “vivibles”, como dirían las filósofas Marina Garcés y Judith Butler. Porque la palabra “futuro”, en educación, tiene mucho de eso: de vidas vivibles, imaginables en este permanente relato circular en que estamos sumidos. Un relato que es mezcolanza de una narración polifónica, como parte de la diversidad y la representación plural de la conversación democrática: estamos como sociedad, obligados a dialogar en la construcción de sus bases cívicas, para poder reimaginar ese futuro en el que tenemos que entender cómo se sienten quienes trabajan en la enseñanza. 

En ese futuro que imaginamos para repensar la educación (sí, hay que intentar bucear en lo que piensa el otro, aunque no compartamos sus ideas), es imperiosa la necesidad de no permitirnos como sociedad el enorme desgaste docente. Un desgaste que es mayor a medida que crece también su compromiso social y profesional, como se ha demostrado en diferentes estudios, lo cual es preocupante. Y ello, reitero, tiene sus costes. 

Hablar de innovación o transformación debe seguir siendo necesario, pero a la vez urge que redefinamos estas ideas que, en su aplicación en el mundo de la educación formal, tienen que venir unidas a una novedosa dimensión de lo que representan en todas sus aristas. Ahora debe medirse también su relación e impacto en cuanto al bienestar del docente, porque el trabajador dolorido con el mundo que lo rodea, que incluso siente rechazo cuando ve que otros docentes innovan o se forman (preocupante esto último), tendrá más dificultades para comprender la necesidad de ciertos cambios.

Entender las novedades, lo que encierran los neologismos de una ley, pasa por comprender antes lo que pasa fuera, también en la cotidianeidad de nuestros chicos y chicas. Porque este es el “material de trabajo” de una escuela marcada por urgentes prioridades comunes en derechos humanos (o «derecho a tener derechos», como diría Hannah Arendt), justicia social, equilibrio y una ecología global que no atente contra la habitabilidad de nuestros espacios (el entorno tiene que ser también vivible). Pero, además, “lo que pasa fuera” debe atender a los relatos de docentes que tienen que procurar entenderse entre sí, en su diversidad y complejidad. Por eso, que el “buen vivir” de la comunidad docente salga a colación cuando se habla de innovación o cambio educativo implica la urgencia de una profunda reflexión comunitaria sobre lo que significa hoy trabajar en la enseñanza.

En este contexto circular, cíclico, hay que mantener constante el debate educativo público también en términos de reconocimiento social, desarrollo de la carrera docente y salud psicológica de sus profesionales; porque ahí, en esos pilares, se empezó a fallar justo desde el instante en que, hace casi cuarenta años, comenzamos a hablar de todos estos temas, olvidando la parte humana: la humanitas, como piedra angular de la dignidad. 

Hablar ahora de innovación tiene mucho que ver con la redimensión del rol del docente: un rol que nos debe acercar a la figura de un maestro cada vez más comunitario que actúa para construir puentes entre escuela y sociedad. Pero, a la par, debe llevar aparejado que se complete el vacío de un triángulo en el que lo profesional y lo institucional no puede apartarse de lo personal: porque cuidar el bienestar docente, que pasa por ejemplo por aumentar los incentivos en su desarrollo profesional, es pensar también en familias y alumnado, como tramas enlazadas de esa complejidad que mencionaba, que implica también conexión y horizontalidad.

Abordar cualquier idea de cambio conjunto de la escuela, en la medida en que reflexionemos sobre lo que hay que modificar y lo que hay que mantener, se debe urdir con los hilos del respaldo a la única profesión que sienta las bases de las demás profesiones. En este relato circular donde siempre acabamos contando el mismo final, toca incorporar al debate sobre la innovación la pata de una silla que no se aguanta en pie si no intentamos entender por qué hay muchos docentes incomodados ante lo que hacen y reciben de la sociedad. Porque es tiempo de, como recomendaba Spinoza, “no reírse de las acciones de los hombres, no deplorarlas, menos aún maldecirlas, simplemente comprenderlas”.

Sólo de esa manera lograremos comprender el principio y el final de una historia de ida y vuelta siempre se repite: la de la comunión indisoluble entre innovar y estar bien; estar bien e innovar.

1 comentario en «Innovación y bienestar docente: historia de un relato circular»

Deja un comentario

© 2021 Albano Alonso

Aviso Legal / Política de cookies / Política de privacidad /