El mito de que aprobar la segunda evaluación garantiza aprobar la tercera

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En varias conversaciones con colegas docentes estas últimas semanas ha surgido el comentario siguiente de distintas formas: “es que si aprueba la primera y la segunda evaluación es complicado suspenderlo al final”.

Al menos en mi comunidad autónoma se habla de semestre, y se interpreta que si tiene superada esta etapa, difícilmente lo que haga al final puede condicionar negativamente el recorrido a lo largo del curso. 

Como ocurre con otros lugares comunes, es una interpretación errónea que tal vez tenga mucho que ver con cierto temor a una reclamación final, el miedo a las cosas mal hechas, o simplemente una mala lectura de la evaluación continua. Vamos a verlo.

La idea de que el curso ya está prácticamente decidido a inicios de abril es un espejismo extendido, pero que hasta cierto punto es comprensible: después de dos evaluaciones nos parece que la trayectoria está definida. 

Sin embargo, aprobar tras la segunda evaluación no implica aprobar automáticamente la tercera. De hecho, un estudiante puede suspender la tercera siempre que tengamos argumentos pedagógicos que justifiquen que la evolución no ha sido la adecuada.

Ya he comentado otras veces en este blog la premisa de que la evaluación continua no es una suma aritmética de trimestres ni un sistema de compensaciones automáticas. Es un proceso que exige observar la evolución real del alumnado, su consolidación de los aprendizajes y su capacidad para mantenerlos en el tiempo. Si yo tengo un estudiante que muestra un progreso notable en febrero pero deja de evidenciar los aprendizajes esenciales en mayo, no estoy obligado a “respetar” la nota anterior. ¿Por qué lo voy a hacer? Sí estoy obligado, en cambio, a valorar su trayectoria completa, sus avances y retrocesos, y a emitir un juicio profesional basado en evidencias.

El tercer trimestre, en este sentido, es un espacio decisivo (como lo era antes), y ninguna norma nos sugiere lo contrario. 

No es un periodo de “relleno” para cerrar programaciones, sino que es el momento en el que se confirma si los aprendizajes se han consolidado o si solo fueron casualidades puntuales. La evaluación continua premia un proceso sostenido, y es aquí donde está otra clave. Un buen segundo trimestre no garantiza un buen final de curso, igual que un mal inicio no condena a nadie si la evolución posterior es sólida. Esto último me parece más importante si cabe.

Este recordatorio es especialmente relevante porque existe un mito muy extendido en los centros: la creencia de que si el alumnado ha aprobado la segunda evaluación “no puede” suspender al final. Pero ese mito es fácilmente desmontable. La continuidad no es una línea ascendente obligatoria, sino una observación constante del aprendizaje. Esa observación puede revelar estancamientos, retrocesos o desconexiones que deben ser atendidos, pero jamás deben maquillarse. Flaco favor le hacemos a nuestro alumnado si tapamos una realidad.

El tercer trimestre, además, suele ser el más vulnerable. El cansancio acumulado, la presión por cerrar el curso y la sensación de que “ya queda poco” pueden generar un clima de relajación o de desconcierto. Es aquí donde considero que la evaluación continua muestra su verdadera naturaleza, porque nos exigirá coherencia y una lectura narrativa del curso completo.

Ya lo he dicho otras veces: evaluar no es sumar notas: es interpretar evidencias, y estas pueden cambiar. “Este alumno hace unos meses me escribía textos coherentes, pero llega abril, se relaja y me hace pruebas o trabajos llenos de errores de todo tipo”. “Tengo una alumna que me resolvía operaciones matemáticas bien en enero pero ahora le falta entender y procesar este otro tipo de problemas fundamentales”. La evaluación continua permite ver esos matices y actuar en consecuencia, no para penalizar, sino para comprender qué está ocurriendo.

De todos modos, si un estudiante suspende la tercera evaluación después de haber aprobado la primera y la segunda, debe haber registros claros que lo justifiquen: instrumentos de evaluación, observaciones sistemáticas, productos que muestren el nivel real de desempeño, etc. La normativa no pide rigidez, pero sí profesionalidad al reflejar la realidad del aprendizaje.

Aceptar que la tercera evaluación puede modificar la trayectoria no es un gesto de dureza, sino de honestidad pedagógica que nos invita a no engañar a nadie, y menos a familias y alumnado. 

Significa asumir que el alumnado tiene derecho a mejorar, pero también a ser consecuente con los errores sostenidos y a ser rigurosos si no mantiene los aprendizajes adquiridos. Al final, estamos devolviéndole así a la evaluación su función formativa: nos ayuda a comprender qué se ha aprendido, qué no y qué queda por hacer.

Quizá este sea de los mensajes más importantes para el profesorado en este momento del curso: la evaluación continua no garantiza aprobados automáticos, pero sí que cada decisión final se base en un análisis completo, justo y razonado del proceso de aprendizaje. Y eso, en un sistema que aspira a ser inclusivo y exigente a la vez, es garantía de equidad.

Lo que le devuelve el sentido al propio acto de enseñar.

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