Estoy absolutamente convencido de que cualquier profesional de la educación que amplíe el bagaje de su conocimiento pedagógico mejorará en el desempeño de su puesto de trabajo. Y su labor, por ello, será más gratificante.
La educación como derecho universal y la inclusión como derecho humano plantean serios desafíos a la escuela. Es evidente que el profesorado de los centros que están bajo el paraguas estatal no pueden ejercer como el de hace cuarenta años, en donde las tasas de escolarización y titulación en la etapa obligatoria se alejaban de las cifras actuales.
Hoy por hoy la diversidad, entendida como la normalización de situaciones educativas en donde comparten escenarios niños y niñas con todas las singularidades, provoca un choque entre los paradigmas existentes de la vieja y la nueva escuela. Los discursos que provocan la vigencia de esas realidades creadas o mantenidas de la escuela del pasado (recordemos a Foucault), que se repiten hasta la saciedad, pueden incrementar una sensación de hastío en un profesorado cuya imagen, estima y proyección social se aleja de lo deseable.
Esa sensación cala hondo en el imaginario colectivo y provoca el atenazamiento de unos profesionales de educación que sucumben ante el discurso del desencanto: un relato que está repleto de medias verdades, falacias populistas y sesgos sobre cuáles son y deben ser las funciones de un docente en la actualidad. Y eso solo se combate manifestando un férreo posicionamiento hacia lo que aporta el conocimiento pedagógico, para ser también más críticos con el sistema.

Pongamos un ejemplo: los profesionales comprometidos —por suerte son muchos— sucumben a veces ante el atrayente mensaje que separa los conocimientos de las competencias: para ser mejor docente hay que saber mucho y transmitirlo de forma vertical al alumnado: el profesor como contenedor y el estudiante como recipiente que debe ser llenado de conceptos. A la vez, hay que desdeñar todo que huela a competencias, porque es un invento neoliberal.
Es lastimoso que el capitalismo más feroz se haya apropiado del término competencia y de otras muchas expresiones, y ya la pedagogía crítica ayuda a identificarlo y a remover conciencias sobre ello —muy recomendable, por cierto, el artículo de Henry Giroux sobre esta parcela, de hace unos días—. Así, no niego que en las últimas décadas ha imperado el interés en que se asiente una concepción fabril de la escuela que debe formar trabajadores útiles para lo demandado por el mercado y las empresas. La escuela debe alimentar ese afán crecentista de la sociedad occidental que, por ejemplo, denuncia Jason Hickel en su libro Menos es más (Capitán Swing, 2023).
Sin embargo, es rocambolesco querer huir de un concepto técnico que lo único que nos viene a decir es que los conocimientos (o saberes) se movilizan en multitud de situaciones o vivencias, y que es ahí cuando el estudiante los entiende mejor y, por lo tanto, tiene más posibilidades de aprenderlos.
Mi campo de especialización es la lengua y la literatura. Pues bien, no hay nadie más contrario a la servidumbre de la sociedad neoliberal que Noam Chomsky. Este eminente lingüista, hace casi setenta años, ya acuñaba la noción de competencia lingüística, que fue luego ampliada y matizada con la hoy extendida idea de competencia comunicativa: no solo saber el conocimiento —por ejemplo, los términos gramaticales—, sino saber o aprehender que los saberes lingüísticos se puede enfocar hacia multitud de situaciones de uso e intercambios según diferentes contextos o finalidades. Pues bien, en eso nos ha ayudado el conocimiento pedagógico y didáctico, sin que el mercantilismo o el adiestramiento de ciudadanos en determinado modelo de desarrollo económico y social tengan nada que ver.
También las corrientes contrarias al conocimiento pedagógico suelen alzar la voz contra el Diseño Universal para el Aprendizaje:
La falta de conocimiento especializado (no querer formarse ni en esta ni en otras cuestiones) es la que precisamente provoca que suela vincularse el DUA con una metodología o una técnica, cuando el Diseño Universal no es ni una cosa ni la otra.
De hecho, el debate puede llegar a manipularse hasta tal punto que parece, en medio de la latente conversación educativa, que si crees en cuestiones como el DUA eres pedagogo, mientras que si te centras en dar clase, eres profesor. Ser ambas cosas a la vez no es posible. De ese dislate que alimenta la polarización y deteriora incluso la convivencia armoniosa en la diversidad docente habla con certeza María del Mar Sánchez Vera en un artículo reciente.

No, el Diseño Universal no tiene que ver con una conspiración de algunos por sacar provecho del mundo educativo y hacer negocio: la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, vigente desde 2008 e incorporada al ordenamiento jurídico de multitud de países (entre ellos España) que velan por el cumplimiento de los derechos humanos, ya menciona desde el principio el diseño universal. Este se desarrolla en artículos siguientes de dicha Convención, que versan sobre accesibilidad y derecho a la educación inclusiva, entre otros.
Se trata en definitiva de eso, de crear entornos accesibles y diseñar sesiones de clases pensando en los perfiles de estudiantes que tenemos delante para minimizar posibles barreras, por ejemplo en el acceso. Por supuesto ello no tiene que ver con eliminar el esfuerzo en el alumnado, sino con eliminar trabas injustas de partida para que el alumnado pueda esforzarse y perseverar de entrada, sin frustrarse por “no poder”. Sobre todo ello podemos reflexionar con más conocimiento pedagógico.
Porque, al fin y al cabo, el conocimiento pedagógico permite eso: reflexionar, investigar y crear como parte del reconocimiento social del docente y del fomento de su carrera profesional, en un mundo complejo en el que la linealidad y la uniformidad quedan atrás. Permite también alejarnos del negacionismo imperante que se resiste ante los avances de las ciencias de la educación vinculados a otras, como ocurre en otras parcelas científicas y humanísticas. Favorece que identifiquemos la innovación vacía, repleta de clichés y frases estériles, y nos permite indagar en los matices de las complejas causas del abandono, del fracaso escolar y de las medidas educativas que siempre se han tomado y que pocas veces han funcionado, a pesar de lo cual seguimos creyendo fielmente en ellas.
En general, falta formación continua de calidad, reflexión sobre la práctica (recuerdo la investigación-acción de Stenhouse, hace tanto), hay poca retroalimentación por parte de otros profes… Si a eso añadimos el auge en redes de la antipedagogía, el panorama es preocupante, cuando menos. El falso debate entre conocimiento experto y capacidad pedagógica no se sostiene, a no ser que se piense que el cerebro docente no puede distinguir entre ambas facetas del saber y solo ha de contener una.
Por otra parte, hay que tener claro que innovar siempre busca mejorar, no solo novedad.
Gracias por el esfuerzo en delimitar términos y deshacer entuertos educativos.
Estupenda reflexión, Albano. Un saludo