Evaluar o hacer la media: esa es la cuestión

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Hay una inercia que tenemos muy arraigada en los centros educativos, y me incluyo. 

Si me hablan de evaluar, lo primero que pienso es en que tengo que ir acumulando notas, sumarlas al final y dividir entre el número de instrumentos. Quien más, se atreve a hacer lo mismo, pero con los criterios de evaluación trabajados. 

De una forma u otra, tal vez sea la presión institucional la que nos ha llevado a convertir un acto humano en una permanente operación aritmética. Cada examen, tarea, producto o como lo queramos llamar tiene ese peso fijo que, al combinarse, releva mágicamente el famoso nivel de nuestro alumnado. 

Cuando uno se imagina un sistema educativo ideal, piensa en abandonar esa lógica contable y recuperar una mirada más cercana y ajustada a cómo se aprende de verdad, alejada de la lógica de hallar medias que pervive en la cultura docente.

Si estrictamente convertimos un resultado en una media, será difícil valorar el recorrido de ese estudiante que yerra al inicio y alcanza un logro final. Un profesor curtido en la experiencia de lo que es dar clase reconoce cuándo un alumno ha necesitado más tiempo, si ha cambiado de estrategia, si ha mejorado gracias a las correcciones que le hemos hecho o si, simplemente, ha tenido un mal día. Hallar una media va de sumar, de dividir. Educar es mucho más complejo que eso.

Leer el acto educativo en profundidad nos invita a entender, por ejemplo, por qué un suspenso en octubre no puede ser una losa que determine lo que nuestro alumnado hace todo un trimestre. Es cierto que llegan muchos momentos del curso en donde vemos que obtenemos de ellos resultados concretos muy lejos de lo esperado, pero que tenemos en cuenta más como reprimenda que como señal que nos orienta sobre qué necesita ese alumno o esa alumna. 

El árbol (ese buen resultado que ansiamos) muchas veces tarda en echar sus frutos pero, cuando sucede, no puede valer menos por haber llegado en marzo o abril. La evaluación continua no es un sistema de acumulación sino un sistema de comprensión. No se trata de cuántas veces ha demostrado algo el alumnado sino de si lo ha demostrado finalmente.

Esto nos lleva a cambiar el chip. Significa aceptar que un instrumento de evaluación no es una nota, sino una ventana. Ese examen que tanta importancia tiene nos aporta información relevante, nos orienta, pero no debe ser un peso que se vuelque en una tabla sin que se tenga en cuenta todo lo que rodea su realización. 

Las famosas rúbricas, que llegaron en teoría para ayudarnos en la evaluación competencial, se han ido convirtiendo con el tiempo en mecanismos para repartir puntos, cuando son en realidad herramientas descriptivas que tendrían que estar al alcance de nuestros estudiantes. 

El rol de especialista del docente nos coloca en una tarea interpretativa, descriptiva. Y ello nos debe llevar a mover el marco de la calificación al aprendizaje.

Antes hablaba de la cultura docente. Pues bien, ahora, en la cultura estudiantil, se establece una peculiar relación con el error, entendido siempre como castigo. Los ceros, los números rojos… La iconografía del castigo es amplia. Sin embargo, entre adultos entendemos que el error es oportunidad, aprendizaje. “Errar es de humanos”, se suele decir. 

No estoy hablando de que seamos más permisivos sino de que seamos un poco más coherentes con nuestros principios. Si un alumno no alcanza un aprendizaje en un momento concreto, pero lo logra más adelante, lo justo —y lo pedagógicamente sensato— es reconocer ese logro. Cuando nos aferramos a una media, el logro se diluye, se empequeñece entre los castigos. 

A lo mejor un buen punto de partida sería centrar un poco más nuestras conversaciones entre docentes, en la sala de profesores o en un equipo educativo, en los progresos, en el avance y en la toma de decisiones conjuntas, siempre buscando la mejora.  Un modelo colegiado de evaluación no puede reotroalimentarse en los castigos, en las medidas punitivas, en los errores. Sé que esto requiere tiempo y paciencia pero, si se hace, notaremos cómo redunda en la coherencia del equipo y la justicia de nuestras decisiones.

Poner nota a la libreta, restar puntos por retrasos, penalizar faltas de ortografía o convertir las actitudes en porcentaje pertenece a ese modelo de evaluación basado en la suma, no en la lectura profunda de las características evolutivas de cada joven que tenemos a cargo. 

Tal vez sea la burocratización de un sistema cada vez más tensionado la que nos ha ido llevando a esta inercia que pocos visos tiene de mejorar. A lo mejor, ese cuestionamiento permanente que sentimos nos ha agazapado en la noción del alumno como acumulador de calificaciones. El juicio docente que se centra en la evolución tiene un matiz subjetivo que causa inseguridad. Y a lo mejor lo que tenemos que preguntarnos es qué nos está llevando a sentirnos cada vez más inseguros en nuestro trabajo. Esto da para otro artículo.

Me quedo, de todos modos, con el mensaje de volver a lo esencial: no olvidemos que la evaluación es una herramienta pedagógica que tiene mucho de conversación, de interacción, y eso es lo que le da esa impronta humana que nunca debe perder. Detrás de cada evaluación no hay un número, sino la historia real de una persona que no cabe en una media.

Y por eso me pregunto: ¿quiero seguir quedándome en la estadística o quiero profundizar en una mirada más honesta y personal de mi trabajo? Esa es la cuestión.

1 comentario en «Evaluar o hacer la media: esa es la cuestión»

  1. Un tema complicado, estoy de acuerdo con lo que propones pero paralelamente a eso hay que lograr que el equipo de profesores esté de acuerdo con esa propuesta, y para mi, es otro gran problema. Si se trabajan paralelamente se llega más rápido.

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