Bajar ratios es el camino correcto

//

Tengo a dos buenos amigos trabajando como profesores de español en colegios de la República de Benín, un pequeño país del África subsahariana occidental.

Con una población nacional muy joven (no llegan a los veinte años de media), las aulas de los poblados del sur donde dan clase superan los cuarenta alumnos. No suelen tener problemas de convivencia, me cuentan, pero se les hace difícil trabajar en esas condiciones. Tampoco tienen agua potable ni electricidad en sus endebles instalaciones. A pesar de eso, en Primaria hay una alta tasa de escolarización, que a veces se ve mermada en las temporadas de cosecha. 

La masificación de sus aulas provoca que centren sus modelos de enseñanza en la repetición mecánica. Imaginen un aula del pasado de nuestro país, España, donde los maestros repetían la lección para que los estudiantes, en coro, la entonaran. Se me viene a la mente el poema “Recuerdo infantil”, de Antonio Machado. Ni de broma se hablaba por entonces de hacer debates, asambleas, tertulias o grupos cooperativos. Enseñar y aprender eran retos de supervivencia. 

Últimamente han salido a la palestra opiniones centradas en que la apuesta por bajar ratios en la que están embarcados tanto el gobierno central español como algunas autonomías no es atinada. Se mantiene que reducir el número de alumnos por aula apenas tiene trascendencia y, en cambio, otras soluciones como la codocencia tienen un impacto mayor en la calidad educativa.

Ante esta situación, quienes pensamos en que bajar las ratios sí es parte del camino correcto hacia la mejora educativa nos sentimos como sumidos en una ilusión psicológica colectiva.

Que dar clase en un sexto de Primaria o un segundo de la ESO con menos alumnos beneficia a priori todo el proceso educativo es, al parecer, parte de una impresión no fundamentada y sin rigor. Pero cuando hablo con mis colegas de Benín o veo, en entornos más cercanos, cómo se pierden los estudiantes más vulnerables en grupos de la ESO que rondan los treinta estudiantes, vuelvo a la realidad material y me pregunto de qué demonios estamos hablando. 

Por supuesto que hacer que un grupo clase baje de los 27 a los 23 alumnos no es la panacea, pero sí un factor estructural que condiciona la posibilidad de aplicar metodologías activas, personalizar la enseñanza y atender mejor la diversidad. Por ejemplo, la docencia compartida en un aula masificada sigue siendo un reto físico, lo que nos lleva a pensar que ambas son aliadas, no enemigas.

Solo hay que aterrizar en cualquier centro de nuestra geografía para darse cuenta de que dar clase a veinte estudiantes en lugar de a 25 o 30 incrementa las opciones de dialogar más en el aula, dar un feedback más rico u organizar la sesión de forma que haya más opciones de compensar desigualdades de origen. 

¿Puede haber malos resultados en un grupo con una ratio reducida? Por supuesto, de hecho, lo vemos año tras año. Sin embargo, un descenso progresivo en la cantidad de jóvenes atendidos en un aula ofrece una condición de partida más propicia para desplegar modelos pedagógicos que tengan en cuenta las particularidades de nuestro alumnado.

Dense cuenta de una cosa: cuando analizamos las medidas de atención a la diversidad más habituales, vemos que estas se nutren de modelos organizativos donde desciende la cantidad de alumnos por aula. Hablamos de los programas de diversificación curricular, los apoyos idiomáticos, los programas de mejora de la convivencia o muchas de las acciones del Programa Proa+. Claro que, para darse cuenta, hay que ir, verlo y estudiarlo detenidamente dentro de un centro, pero lo que puebla el debate educativo son los análisis hechos desde la teoría pura y exclusiva, no en su necesario cruce con la práctica docente.

También la FP Dual ha traído consigo un necesario descenso de ratios a la hora de acompañar al alumnado en su acercamiento al aprendizaje de un oficio. La prueba más evidente son los actuales ciclos formativos de grado básico, con ratios máximas de 12 estudiantes por grupo de entre los 15 y los 16 años, todos en riesgo de abandono.

Muchos de los cambios estructurales y organizativos que precisa la educación inclusiva pasan indirectamente por la bajada de ratios. Autores como Mel Ainscow han profundizado en el trabajo en contextos concretos para identificar y eliminar barreras, aspecto que, aunque a pasos lentos, se avanza en nuestra escuela. Pues bien, bajar las ratios contribuye a crear entornos más participativos, además de facilitar el seguimiento individual, el apoyo emocional y el acompañamiento en la evolución académica.

Y termino: es sorprendente que quienes estamos en el suelo educativo tengamos que defender por qué las políticas educativas que apuestan por la bajada de ratios son una condición necesaria en el camino hacia la mejora. Es algo que no depende del profesorado, ni siquiera de los equipos directivos: son los claustros quienes deben trabajar luego en los cambios que son de calado organizativo y sobre todo metodológico. 

Será en el marco de cada centro donde se aprovechen más o menos esas condiciones, como cuando se abona un terreno para que luego seamos capaces (o no) de recoger la cosecha.

Pero el terreno tiene que abonarse y bajando las ratios tal vez no tengamos la solución definitiva, pero nos sitúa en el camino correcto. Donde hay que estar.

Deja un comentario

© 2021 Albano Alonso

Aviso Legal / Política de cookies / Política de privacidad /