El Diseño Universal para el Aprendizaje, o esa aula que se parece a la vida

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Empieza la mañana en una clase cualquiera. En primera fila tengo a Daniel, que usa una silla de ruedas y desde el equipo de motóricos han pedido más espacio para que se pueda mover con comodidad. Siempre que lo veo pienso en lo poco accesibles que son los centros escolares de hoy en día. 

Soy el tutor y lo voy a poner cerca de Lucía, una niña con autismo que se siente más segura cuando sabe qué va a ocurrir y puede anticipar los cambios. Detrás está Marcos, que tiene TDAH y lucha por mantener la atención cuando las explicaciones se alargan. En la esquina del fondo, Ana presenta un trastorno de conducta y a veces reacciona con impulsividad cuando algo no sale como espera. Llevamos un tiempo esperando a que llegue un auxiliar que la ayude a regularse. Junto a la ventana, mi querido Pablo, un alumno con discapacidad intelectual que anda muy perdido. En las reuniones recuerdo a mis compañeros que necesita más tiempo para comprender instrucciones y procesar la información.

Esto es la escuela de cualquier rincón de nuestra geografía; una escuela que no tiene que ver con una idea de temario rígido, de alumnos “promedio” o estándares de calidad. En realidad, creo que nunca ha existido esa otra escuela, sólo que ahora nos damos cuenta. En esto tiene que ver algo que llamamos Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA), una filosofía educativa que muchos rechazan pero que parte de una premisa lógica: las barreras no están en los estudiantes, sino en los métodos y materiales inflexibles que no contemplan esa diversidad natural del aula de la que hablaba al principio. 

El DUA parte de una pregunta sencilla: ¿por qué seguimos enseñando como si todos aprendieran siguiendo el mismo camino?

Unos necesitan ver con más detenimiento, otros escuchar con más nitidez, otros son más manipulativos y hay quien necesita anticiparse a los acontecimientos (yo he tardado medio siglo de mi vida en darme cuenta de que soy de estos últimos). Eso es la diversidad y la inclusión: un punto de partida inevitable para diseñar experiencias de aprendizaje más ricas, flexibles y humanas.

Aterrizo ahora en el aula de mi hija pequeña, que está en Primaria: me cuenta que su tutora les proyectó ayer un vídeo para introducir el tema. Mi hija lo sigue sin aparente dificultad, pero se da cuenta de que hay una niña que necesita de subtítulos. A Javi, dice, no le costó nada entenderlo y levantaba la mano una y otra vez para explicarlo a los demás, pero luego había otro niño, Pablo, al que le dieron una tableta para que pudiera vez el vídeo con pausas. Mi hija ya alucinó cuando se dio cuenta de que para Ana se le presentó en una infografía con audio hecha por la maestra la noche antes con una herramienta de IA. Se siente más tranquila porque así lo entiende mejor. Un solo recurso, múltiples formas de acceso. No cinco clases distintas, sino muchas formas de ofrecer opciones para que cada estudiante encuentre su medio de comprender la realidad.

Diseñar para todos no es bajar el nivel

Para casa marca una actividad: cada alumno debe explicar qué ha entendido. Pero me cuenta mi hija que ha dado muchas posibilidades para hacerlo: desde escribir un texto a grabar un audio; su amiga Irene hará un dibujo y Lucía, la niña con autismo, seguramente hará un pictograma, aunque es tan callada que nunca se sabe qué acabará haciendo, me cuenta mi hija antes de acostarse. Cuando acaba el día y pienso en todo esto, me digo: “caramba, no parece que quiera bajar el nivel la profe, sino que buscar muchas formas para que todos participen”. 

Y así es una maestra cualquiera que ha querido aprender a trabajar en la diversidad: utiliza apoyos visuales para anticipar la secuencia de actividades, divide las tareas en pasos más pequeños, para atenuar la frustración de una parte de la clase y lograr que quiera atender más. Ofrece descansos más breves y estructurados e intenta mantener un clima emocional seguro: “chicos, no olviden que equivocarse no es un fracaso, sino parte del aprendizaje”. Con ese mensaje mi hija ha ido creciendo a medida que va observando esta forma de trabajar de su querida tutora curso tras curso.

Nada es improvisado. Diseñar para todos implica anticipar la variabilidad del alumnado desde el principio, igual que en arquitectura se diseña un edificio con rampas, ascensores y puertas amplias sin esperar a que llegue una persona que los necesite. Cuando el diseño es universal, nadie queda fuera. Antes hablábamos de adaptaciones individuales; ahora, de opciones disponibles para cualquiera.

Aquí no hay recetas. Es cierto que un día nos puede salir mal. Pero al menos, desde el DUA me planteo la intención de mirar de otra manera la enseñanza. Y me pregunto: ¿qué barreras podría encontrar mi alumnado?, ¿cómo puedo ofrecer alternativas?, ¿cómo puedo hacer que el currículo sea accesible, comprensible y motivador para todos? Antes recuerdo que pensaba eso de “¿qué le pasa a este alumno?”, y me quitaba el sueño. Ahora, aunque siga errando, intento hacerme otro tipo de preguntas “¿qué necesita este alumno para aprender?”. 

Va a tocar el timbre. La maestra recoge los trabajos de su alumnado. ¡Qué diferentes son entre sí!. Daniel ha escrito un texto claro; Marcos ha hecho un mapa visual lleno de color; Ana trabajó en pareja logrando mantener la calma; Lucía ha usado pictogramas y ha grabado en un audio lo que significan. Todos los entregan. “¿Y todos lo hicieron bien?”, le pregunto a mi hija. “No lo sé, pero al menos lo intentaron”.

Acaba otro día y pienso: “caramba, un aula así sí que se parece a la vida”. Hay creatividad, soluciones, frustración, logros, éxitos y fracasos. Y con eso que llaman DUA hay también ahora un poco más de justicia educativa. La que logra cambiar la escuela para que todos, por fin, encajen.

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