Una nueva mirada a los currículos: el enfoque intercultural

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Cambiar la mirada. En el centro donde trabajo, hace unos años, tuve la oportunidad de hacerlo, a través de mis clases de Lengua Castellana y Literatura de 4º de la ESO: pude trabajar con un entusiasmado grupo de alumnos y alumnas nuevos enfoques relacionados con los procesos de intercomprensión lingüística, la interculturalidad y la relevancia de la diversidad cultural, todo ello cada vez más necesario en nuestros días. Fueron experiencias pedagógicas enriquecedoras que se han quedado en mi retina, y también en las de esos estudiantes (hace poco me encontré con una de ellas, ya exalumna, que me recordaba el impacto de estas actividades, y todo lo que aprendió de ellas).

En una de las secuencias didácticas preparadas, recuerdo que mi alumnado de ese nivel estableció un diálogo a través de videollamada con un docente de español y su alumnado en un colegio de Thiès (Senegal). Durante este encuentro, los participantes intercambiamos pareceres e ideas, en un debate guiado, sobre la situación de migración irregular que se estaba viviendo con gran inquietud desde muchas esferas. Ese encuentro supuso un entendimiento mutuo de un problema complejo que requiere de una escucha activa, de ponerse en la piel del otro; un esfuerzo por comprender muchas dinámicas culturales complejas que siempre interpretamos desde nuestros sesgos y que tenemos que incorporar a esos conocimientos que van construyendo los jóvenes de hoy en día, ya que guardan relación con los grandes problemas del mundo contemporáneo. 

En otra sesión, y con motivo del Día Mundial de la Infancia, dos estudiantes de distinta procedencia –uno de ellos había llegado hacía unos meses en patera– leyeron en directo a través del canal digital del instituto (todavía estábamos en plena pandemia) un manifiesto titulado “Nuestro origen es el mundo”. En el texto, que construyeron de forma colaborativa un grupo de alumnos y alumnas, reivindicaron protección internacional para los menores migrantes cuyas vidas corren peligro a causa de estos movimientos, en donde son expuestos a múltiples peligros y situaciones dramáticas, también tras su llegada. Fue otra experiencia intensa y necesaria; un momento para la escucha, el encuentro y el activismo crítico desde nuestras posiciones comprometidas como profesionales de la educación, al lado de nuestro alumnado: nuestra razón de ser. 

Estas dos actividades son solo algunos ejemplos que nos llevan a pensar que los tiempos están cambiando, y que el currículo debe alinearse con las circunstancias actuales que unen al planeta en torno a dinámicas de trabajo compartidas desde un nuevo discurso de la alteridad: una reflexión que evite que se siga concibiendo la educación como un ejercicio directivo y vertical de supuesta “transmisión de conocimientos”, desde la uniformidad y la unidireccionalidad, en lugar de convertirla en ese necesario lugar de encuentro social y de escucha cultural.

La educación resulta un valioso pilar para evitar la perpetuación en la sociedad de mecanismos que contribuyen a enraizar cualquier proceso de marginación y exclusión social, que en los centros escolares tienen signos de alarma a través del abandono y el constante fracaso de determinados estudiantes de acuerdo con sus características, muchas de ellas vinculadas al origen y a su condición social. La escuela es un proyecto social clave, y sus dinámicas pueden conducirnos hacia el ansiado igualitarismo como acción de vida; por ello, los cimientos sobre los que se fundamenta resultan valiosos para entender muchos interrogantes de la sociedad de nuestra era, así como los entresijos que llevan al alumnado con más riesgos a ese determinismo vital que los atrapa en un callejón sin salida.  

En ese sentido, ya la UNESCO, a través de su Declaración Universal sobre Diversidad Cultural de 2001, indicaba la necesidad de orientar los procesos educativos hacia una escuela construida sobre la base del respeto a la diversidad cultural: “Alentar, a través de la educación, una toma de conciencia del valor positivo de la diversidad cultural y mejorar, a esos efectos, la formulación de los programas escolares y la formación de los docentes.” Sin embargo, más de veinte años después de esta Declaración, poco se ha cambiado en la puesta en práctica curricular, que sigue teniendo un claro sesgo etnocéntrico, con un canon científico, didáctico y cultural que se impone en la tradición frente a otros, silenciados por una determinada forma de entender la historia. 

Por ello, una educación construida sobre preceptos que no recogen la interculturalidad entre sus principios ha provocado la asimilación de enfoques contrarios al principio de equidad, miradas que históricamente han sido reproducidas por, inercias estructurales, de un contexto a otro, asimilándose y dándose por válidas sin más. Fernández Sierra, en un interesante artículo titulado Alumnado inmigrante en la ESO: vulnerabilidad pedagógica del sistema educativo”, publicado en Educación XXI, mantenía, en ese sentido, que una gran parte del profesorado “tiene asumido un estilo docente y una concepción neoclásica propedéutica de la enseñanza obligatoria y de su función profesional que les predispone a percibir el hecho migratorio como un problema eminentemente instructivo.” 

Por todo ello, una renovada mirada educativa basada en el reconocimiento de la diversidad como un valor y una constante, en línea con lo que defendemos desde el colectivo de docentes DIME, supone intentar evitar los estereotipos sobre las diferencias –no solo en relación al origen, sino también otras que a veces permanecen invisibles–. Supone también «desnudar» una forma de entender el mundo que ha sido históricamente distorsionada, con el fin de apreciar en todos sus matices la riqueza de la heterogeneidad, en confrontación con una manida necesidad de pensar que el equilibrio se alcanza a través de una homogeneidad que viene ya marcada por patrones categorizadores.

Los docentes, con nuestras acciones, podemos contribuir a encontrar una armonía entre el individuo y la sociedad, entre la diversidad y la igualdad, entre la equidad y la libertad, todo ello como parte del proceso formativo de una persona: un modelo que revise también, a través de esa escucha intercultural, términos como “fracaso” o “déficit” y que busque que las personas alcancen su realización plena y su participación efectiva en cualquier esfera social, como fórmula eficaz de intervención en el mundo, tal y como lo concebía Paulo Freire.

Para llevar a cabo la incorporación a las aulas de esos preceptos de la educación como verdadero ejercicio emancipador, como una práctica liberadora, es preciso darle la vuelta a muchos modelos reproductores de la tradición escolar. Es este el tiempo, en definitiva, de inclinarse, en las políticas educativas y en la práctica docente, hacia el lado de la balanza del diálogo y el reconocimiento de nuevas formas de entender las identidades individuales, culturales, lingüísticas y sociales, así como de identificar históricos mecanismos de opresión tradicionalmente invisibilizados.

Todo ello para construir una nueva tradición educativa, edificada sobre una escuela activa, abierta y transformadora.

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