La ratio escolar no sólo es un buen medidor de la calidad educativa, sino en general de muchos puntos claves del estado de la educación y sus situaciones emergentes.
La pandemia de la covid bajó la cantidad de estudiantes por aula para incrementar distancias de seguridad, mientras que los efectos terrible dana en pueblos valencianos provocó el hacinamiento de niños y niñas en aulas ante el daño en las infraestructuras de determinados colegios.
Se ha pensado mucho sobre el efecto de la bajada de ratios desde un punto de vista político y económico, pero tal vez poco desde un ángulo social o humano. Normalizar en las políticas educativas un número elevado de estudiantes por clase, todos a cargo de un mismo docente, propicia que se siga entendiendo al estudiante como objeto, y no como sujeto.
Una de las consecuencias más inquietantes de que el bienestar escolar de muchos chicos y chicas esté a cargo de un único profesional casi siempre desbordado por ese continuo querer y no poder es que sucumbimos ante una nueva forma de subhumanización del otro. La condición humana de quienes están a cargo se rinde ante unos profesionales de las aulas convertidos en individuos esclavizados al número, dependientes, incapaces, siempre en búsqueda de la rentabilidad o la operatividad que se les pide. Es muy difícil que un alumnado abundante en número y bajo una única responsabilidad dentro del aula sea atendido con alta calidad humana. Es decir, atendido en condiciones humanizadoras, en una época en la que no hace sino enarbolarse todo lo relacionado con los derechos de la infancia.

Tal vez el problema de todo esto está en que desde los órganos de planificación no se ha afrontado el problema de las ratios escolares desde una perspectiva lo más animista posible, sensible y alejada de toda cosificación. De hecho, las grandes crisis educativas se han resuelto con medidas de racionalización del gasto público siempre en términos de rentabilidad material o numérica: aumento de horas lectivas, disminución de espacios, incremento del número de estudiantes por aula o reducción de horarios para tareas pedagógicas. Como si todas esas acciones de contención del gasto no tuviesen efectos negativos en seres con cuerpo, con vida.
La deshumanización de la equidad educativa se traduce en costes cercanos a los provocados por una gran deforestación, en donde lo que se talan no son ya árboles, sino individualidades.
Grandes expertos en ecología y biólogos han aportado investigaciones que contribuyen a la necesidad de repensar nuestra existencia en términos de interrelaciones más humanizadas. Hace unos años, Monica Gagliano explicaba, en una entrevista en la revista Forbes, cómo las plantas modifican sus comportamientos según las interacciones —más o menos positivas— que reciben de su entorno. Las plantas, según ella, no solo aprenden, sino que recuerdan.
Al igual que podemos comprender la naturaleza como un todo, más allá de posiciones dualistas, el entendimiento del diálogo y el encuentro con el sujeto que se educa (el alumno) como otro “todo”, misión principal del docente, nos lleva a redimensionar el problema de las ratios escolares. Todo ello para mirarlo desde un ángulo que no muchas veces se ha revisado. Una ética educativa revisionista sobre el asunto de las ratios precisa explorar hasta qué punto una cantidad elevada de alumnado a cargo de un docente no es tanto un lastre para un profesional resignado que acumula más y más trabajo, sino para aquel niño o niña más vulnerable ante los condicionantes contextuales de su escuela.
Reconocer a cada estudiante en su diversidad y tratarlo con la máxima consideración supone establecer relaciones en el aula en un nuevo nivel de reciprocidad, y eso solo se consigue si esos intercambios escolares se llevan a cabo en grupos más reducidos. Aprender del otro, cooperar, plantear retos y proyectos o diseñar un andamiaje educativo lo más inclusivo posible, son avances que se podrán llevar a cabo con mayor éxito cuando más estrecha sea la relación docente-discente. Y para esa cercanía es fundamental bajar las ratios.

Los estudiantes con más dificultades, aquellos que tienen pluridiscapacidades, los migrantes con escaso dominio del idioma o quienes provienen de contextos empobrecidos son las principales víctimas de una educación escasamente personalizable en la práctica real, señal de inequidad. Si partimos de la base de que la máxima educativa es que toda persona es un sujeto en potencia y con posibilidades de aprender, es preciso huir de principios tayloristas basados en el trabajo no con seres humanos con todo lo que ello supone, sino con paquetes unificados de individuos donde la rendición de cuentas más buscada es el simple incremento de los porcentajes de aprobados, y no la necesidad de explorar los talentos que cada persona lleva dentro, más allá de la nota con la que es clasificado.
Desde el regreso a pensamientos conservadores teñidos de melancolía se han pretendido enarbolar aquellas ratios de los años ochenta del pasado siglo, donde se llegaba a dar clase en aulas de cuarenta estudiantes y, aun así, “todo iba mejor que ahora”. En esos tiempos en los que tres de cada diez alumnos y alumnas de trece o catorce años dejaban de estudiar porque eran clasificados tempranamente como sujetos incapaces para la continuidad académica, los problemas eran otros: desde los altos niveles de segregación a unas tasas de fracaso escolar que en absoluto debemos añorar.
En la escuela universalizadora, diversa e inclusiva de hoy, no hay principio más humanizador que aquel que dota al docente de la capacidad única de acercarse con paciencia a cada individualidad para conocerla, explorarla y sacar de ella lo mejor que lleve dentro.
De acuerdo con lo que expones.