Ratios escolares y equidad

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Una reciente entrevista a la ministra de Educación y Formación Profesional del Gobierno de España, en la que declaraba que “si no hay un remedio, los centros tendrán que estar a la mitad de su capacidad”, reabre con fuerza el debate de las ratios de los centros escolares de la geografía española.

Los efectos del COVID-19 y su impacto en las medidas educativas suponen un profundo cambio en donde, tal y como hemos visto, la pauta sanitaria está regida por la necesidad de evitar acumulaciones de personas: en esa línea, los aforos de las actividades empresariales se han adaptado a la llamada “nueva normalidad”, y parece que también que va a ocurrir algo similar en las escuelas. Vamos a ver el estado de esta cuestión y su impacto en la equidad educativa.

¿Qué son las ratios?

La ratio escolar es el “número máximo de niños y niñas por profesional o grupo durante las horas obligatorias de un día de trabajo» (Key Data on Early Childhood Education and Care, 2019. En función de los tramos de edad, si nos atenemos al caso del Primer Ciclo de Educación Infantil (escuelas infantiles, guarderías…), en el caso de España la regulación la marca cada comunidad autónoma, aunque la mayoría coinciden en estos datos:

  1. En las aulas para menores de un año habrá un máximo de 8 escolares por unidad.
  2. El número de alumnos o alumnas entre 1 y 2 años oscila entre los 10 y 14.
  3. Entre los 2 y 3 años, puede haber de 16 a 20 niños o niñas por unidad.

(Elaboración Eurydice España-REDIE a partir de la normativa vigente)

A partir del segundo ciclo de Educación Infantil (tres años de edad del niño o niña) y hasta llegar a Bachillerato y Formación Profesional, el Ministerio de Educación y Formación Profesional, a través de su marco legislativo general y de obligada aplicación para las distintas comunidades autónomas, establece unos números máximos de estudiantes por grupo, que de forma general son los siguientes:

  1. Segundo ciclo de Educación Infantil: 25 alumnos o alumnas por aula.
  2. Educación Primaria: 25 alumnos o alumnas por aula.
  3. Educación Secundaria: 30 alumnos o alumnas por aula.
  4. Bachillerato: 35 alumnos o alumnas por aula.

Solo en el tramo de la Educación Primaria, que va desde los 6 a los 12 años de edad aproximadamente, en España casi tres millones de niños y niñas se desplazan diariamente junto al menos uno de sus progenitores a centros escolares de toda la geografía, cuatro veces más que la cifra de estudiantes de Bachillerato, según datos de la publicación Las cifras de la educación en España. Curso 2017-2018 (Ministerio de Educación y Formación Profesional, 2020). Según esta misma publicación, la media de estudiantes por unidad, del último curso del que se tienen datos -2017-2018-, es de 21,9, mientras que en Educación Secundaria, hablamos de 25,1.

Si nos centramos en el caso de esta última etapa, el tamaño de la clase es superior en España que el tamaño medio de los países de la OCDE, que es de 23,8. Además, si hacemos una comparativa en el tiempo, se observa que, por ejemplo, en la Enseñanza Secundaria el número de estudiantes por aula ha crecido 1,3 puntos porcentuales en España desde 2013, mientras que la media de la OCDE se ha mantenido.

Ratios

Ya la propia OCDE, en su informe Panorama de la Educación (2015), mantenía que «las clases con menos alumnos suelen resultar beneficiosas porque permiten a los profesores centrarse más en las necesidades individuales de los estudiantes y reducir el porcentaje de tiempo dedicado a mantener el orden en clase.» Si a eso le añadimos el problema que para la propagación del COVID-19 acarrea posibles situaciones de masificación en espacios muy pequeños de los centros escolares, podemos afirmar que el modelo organizativo clásicos de los sistemas educativos se encuentra en un momento de fractura sin precedentes.

Abrir los ojos

Lo positivo de toda esta situación es que un virus nos ha alertado de lo negativo que es tener muchos estudiantes en una clase. La pena es que hemos abierto los ojos ante una emergencia sanitaria, pero no ante una emergencia social como es la que conlleva la falta de equidad en la educación. Las aulas con 25 niños y niñas de Primaria son un lastre para la calidad educativa, y no solo porque sean un foco de contagios -recordemos la cantidad de niños que pueden rotar por una clase en un mismo día- sino porque merman las posibilidades de progreso de los estudiantes con mayor riesgo de vulnerabilidad.

Las políticas y acciones educativas basadas en la equidad necesitan profundizar en la detección pormenorizada de las dificultades que presenta cada estudiante, así como en sus diferentes ritmos de aprendizaje y su relación con las causas contextuales, vivenciales, emocionales o familiares. Se hace difícil entender que en los últimos años no haya habido una apuesta decidida por incrementar el número de docentes por población escolar -o de menos estudiantes por aula-, aspecto necesario para poder ejecutar las necesarias medidas de reconocimiento y detección de todos los matices que encierra la diversidad en los estudiantes.

Ratios

La normalización, en definitiva, de un panorama de aulas saturadas de estudiantes, y que los docentes nos hayamos acostumbrado a ello, no alienta la práctica de la inclusión como un principio: para cambiar la mirada no tenía que llegar este virus, pero si por motivos sanitarios el panorama actual y futuro de la educación se dibuja en grupos y aulas con menos alumnado, tal vez sea este el golpe definitivo para derrumbar una educación deficitaria que no ha sabido alentar el progreso, sino que ha tenido en el mantenimiento de los privilegios uno de sus elementos distinguidores en la práctica, por mucho que nuestros representantes políticos se empeñen en decir lo contrario.

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