Pisar PISA

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No sé hasta qué punto ocurre en otras profesiones, pero en educación resulta prácticamente imposible que nos pongamos de acuerdo en una expresión válida y necesaria para dotar de sentido nuestro trabajo y que este no se vea condicionado por excesivas interferencias, sobre todo las que llegan por parte de aquellas personas ajenas a este mundo.

En ese juego semántico, nos topamos una y otra vez con la idea de educación de calidad, tan trascendental que las Naciones Unidas la introdujo dentro de uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la llamada Agenda 2030. Ni más ni menos. 

A estas alturas de la película, creo que muchas personas vinculadas a la escuela seríamos capaces de llegar al consenso de que calidad educativa no es sinónimo de excelencia, o al menos no de la excelencia tal y como la hemos entendido tradicionalmente. 

Si calidad fuera excelencia y excelencia fuera éxito, los indicadores para medirla desde procesos evaluativos externos dejarían a España casi siempre en una mala posición cuando nos comparan con muchos países de nuestro entorno, como cuando se comparan dos familias de entornos sociales, económicos y culturales diferentes. Y eso es lo que ocurre cada vez que se publican los resultados de PISA, pruebas organizadas por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Pero no todo es tan sencillo si lo que se quiere es medir la calidad. 

El informe Lectores del siglo XXI: desarrollando competencias de lectura en un mundo digital, presentado por esta Organización recientemente a partir de resultados de la última Prueba PISA colocó, por ejemplo, al alumnado español de 4º de ESO en una situación preocupante en cuanto al acceso e interpretación de textos digitales. ¿Eso significa que algo se está haciendo mal dentro de la escuela? 

No voy a venir aquí a pisar PISA, o cualquiera de las recomendaciones de la OCDE o de otros informes externos que dejan constantemente en paños menores a nuestro sistema educativo, aunque no comparta esta fórmula de rendición de cuentas que no mide realmente los necesarios signos de equidad ni participación, si queremos hablar de calidad. Que vivimos en una sociedad compleja y que una escuela pública arrinconada y en entredicho carga a sus hombros con muchos de los problemas que se arrastran a lomos de la jadeante postmodernidad, es una realidad que late y duele a la vez; si queremos palparla, solo tenemos que pasarnos por cualquier centro de nuestra geografía. 

La comunidad docente está exhausta: se siente siempre en el ojo del huracán, pisoteada por las exigencias de entes externos cuyas conclusiones no se ajustan a las variopintas situaciones que se viven en la educación formal del día a día. Y así, durante muchas décadas ya, viendo cómo cambian las leyes y cómo se sigue estandarizando la calidad en función de lo que se publique para la globalidad, seguimos sintiendo cómo caen chuzos de punta hasta lanzarnos culpas los unos a los otros. Y, aunque muchos de los cambios propuestos sí que son necesarios, la educación no funciona así, al menos no una educación de calidad. 

El desarrollo máximo de la potencialidad de cada estudiante no ha estado nunca en el centro de las agendas nacionales; y no lo está tampoco cuando se publican resultados basados en criterios de estandarización con lo que no se siente identificado ningún centro, porque no ve reflejados en ellos a los estudiantes que más ayuda precisan, asfixiados ante realidades repleta de desigualdad, marginación e injusticia social. Y todavía se sienten aún más ninguneados los que más conocen a este alumnado: sus docentes y sobre todo su profesorado tutor, cuyos informes justificativos repletos de impotencia yacen intramuros sin llegar a aquellos que nos evalúan desde la lejanía.  

El diseño de un sistema inclusivo y provechoso para todas las personas, en lo individual, en lo colectivo, en lo social, en lo cultural y en lo emocional, sale caro: es más sencillo promulgar que la escuela puede cambiar bajo la sombra del permanente cuestionamiento del trabajo docente que dejar de cuestionar la autoridad del profesorado para lanzar una inyección económica sin precedentes que nos permita sentirnos a la altura política de esos países que no sufren las pisadas de las Pruebas PISA.

Hace más de veinte años, en un encuentro transnacional organizado por la UNESCO -la Conferencia Internacional de Educación de Dakar- se recalcó a través de su Informe la necesidad de “conceder con carácter de urgencia a la Educación para Todos la máxima prioridad política, presupuestaria y legislativa a fin de llegar a todos los excluidos de la educación”.

Tiempo después, seguimos pisando, a la vez que nos pisan en una cíclica escalada, sobre huellas estériles que nos impiden ayudar a esos excluidos en la consecución de un derecho inalienable en el que, gobierne quien gobierne y nos evalúe quien nos evalúe, seguiremos creyendo en medio de la dificultad, en medio de cada pisada.  

2 comentarios en «Pisar PISA»

  1. Estoy, muy de acuerdo con las apreciaciones en este escrito que hace el Profesor Abano Alfonso y concretamente este párrafo “El diseño de un sistema inclusivo y provechoso para todas las personas, en lo individual, en lo colectivo, en lo social, en lo cultural y en lo emocional, sale caro: es más sencillo promulgar que la escuela puede cambiar bajo la sombra del permanente cuestionamiento del trabajo docente que dejar de cuestionar la autoridad del profesorado para lanzar una inyección económica…”

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