Pantallas en la escuela y el relato de Gulliver

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A partir del visionado de El móvil de Hansel y Gretel, de Hernán Casciari, le pedí hace unos días a mi alumnado que reescribiera durante una clase el final de la obra de Lorca La casa de Bernarda Alba, pero introduciendo un teléfono móvil en el bolsillo de al menos dos personajes.

En estas actividades de escritura creativa suelen salir buenos resultados, ya que ayudan a movilizar los elementos característicos de los géneros literarios y, en este caso, dar también nuevos enfoques temáticos a cualquier creación. En un momento posterior, completé la actividad con una invitación a reflexionar sobre cómo la tecnología digital cambia nuestras vidas hasta el punto de que, introducida en cualquier momento de una trama narrativa, modifica aspectos esenciales de su contenido. 

Mientras revisaba el planteamiento de la actividad, inspirado por el vídeo de Casciari he dado un paso más y, a través de Inteligencia Artificial, he obtenido una reescritura de fragmentos de algunas obras clásicas de la literatura universal con introducción de la digitalización en la vida de los protagonistas. De todos ellos, me ha invitado a la reflexión especialmente el resultado que ChatGPT me ofrece de la adaptación del capítulo de los houyhnhnms de Los viajes de Gulliver

Recordemos que en la novela de Jonathan Swift los houyhnhnms eran caballos inteligentes y racionales que, en las formas de organización y convivencia de su país, eran capaces de construir una sociedad justa. De hecho, cuando el marinero Gulliver les cuenta que en el mundo de los seres humanos la coexistencia pacífica entre pueblos es muy difícil y se recurre a las armas cuando las diferencias se agravan, los nobles caballos advierten un panorama desolador sobre cómo estos avances técnicos pueden convertirse en medios para expandir ira y destrucción. 

La introducción de tecnología y competencias digitales en el país de los houyhnhnms, según mi experimento con Inteligencia Artificial, nos ofrece un escenario en el que los armoniosos caballos usan sus smartphones para mantenerse conectados entre sí: organizan sus reuniones, comparten información fiable con fuentes contrastadas y toman decisiones colectivas de manera eficiente. También se resalta que mediante el acceso a Internet pueden buscar conocimiento y aprender sobre otros mundos y otras formas de entendimiento cultural. “No solo utilizan dispositivos móviles para comunicarse entre ellos, sino que también los emplean para enseñar a sus crías conocimientos sobre las diferentes disciplinas del saber”, precisa la respuesta de ChatGPT a mi petición.

Dando un paso más, le pido al programa de OpenAI que ponga ahora los dispositivos digitales en manos de los humanos, ahora como las “armas” de su época de las que hablaba Gulliver en sus conversaciones con los caballos. Ahora, el resultado se vuelve sombrío e inquietante: Gulliver cuenta cómo las personas, en su mundo, “emplean teléfonos inteligentes, redes sociales y otras tecnologías digitales para difundir desinformación, incitar al odio y manipular las opiniones de la gente. Los dispositivos electrónicos se han convertido en herramientas poderosas para sembrar discordia y caos en la sociedad”. “El progreso digital —prosigue la herramienta —se ha convertido en arma destructiva que causa sufrimiento y división entre los seres humanos”. Eso seguro que nos suena a muchos. 

Hablar de ética digital y de derechos digitales en el ámbito educativo ofrece una disyuntiva necesaria que tiene que plantearse cualquier profesional de la educación, obligado a pensar sobre este tiempo que nos ha tocado vivir. Tiene mucho que ver, además, con los mensajes que he podido entresacar de esta actividad. Nuestra vida, lo queramos o no,  alberga mucho de digital y, a su vez, de capacidad para reconectar con entornos físicos, más humanos o naturales (la llamada “desconexión”): es parte del compromiso docente aprender a reformular su praxis en esta múltiple dirección. 

Vivimos en un mundo de riesgos y amenazas digitales palpables que deben llevar a la ciudadanía, como indica Victoria Camps en un capítulo de Ciudadanía global en el siglo XXI (SM, 2020), a exigir no solo que no se lesione ningún derecho (recordemos que multitud de niños y niñas en el mundo no acceden a entornos digitales protegidos), sino “que se amplíe la lista de derechos y el ámbito subjetivo de los mismos a quienes aún no los ven reconocidos”. 

Crecer de una manera segura, crítica y participativa en el mundo digital es la piedra angular de una nueva idea de bienestar tecnológico en donde la escuela tiene mucho que decir, más allá de las mediáticas restricciones. Una revisión del sentido de protección que nos evite atravesar el muro de ese mundo del que hablaba el Gulliver ficticio de la Inteligencia Artificial, donde los móviles son armas y la digitalización, un elemento de desunión que puede llevar a un panorama de prohibiciones. 

Todo ello para aspirar a esa sociedad de los caballos nobles en donde la era digital sí es una fuente global de progreso, aprendizaje en red, justicia social y concordia entre civilizaciones.

Porque, al final, eso es lo que nos quiere enseñar este relato de Gulliver cuando hablamos de pantallas en la escuela. 

1 comentario en «Pantallas en la escuela y el relato de Gulliver»

  1. Querido amigo, una interesante reflexión. Estimo que hay que tomarse más en serio estás nuevas propuestas y los docentes tengan en cuenta esta reflexión.

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