Los que no hicieron la tarea

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Una vez tuve un inspector que nos decía siempre que no entendía que se mandaran tareas escolares para casa. Si el niño o la niña se pasa unas cinco horas diarias trabajando en el centro, este inspector pensaba que no era necesario mandar tarea -y que incluso podía ser contraproducente-, y más si era fin de semana o periodo vacacional. Creo que no le faltaba razón. Sin embargo, los estudiantes siguen expuestos a ingentes cantidades de tarea, en teoría -la mayor parte de veces- para reforzar contenidos trabajados en clase.

Están los que aceptan, sin más remedio, esa situación, y los que no la aceptan y buscan ante sus familias toda clase de estratagemas para no tener que trabajar en el tiempo que supuestamente se hizo para el descanso y el ocio. Son muchos estos últimos; son los que no hicieron la tarea. Las familias están en medio y, normalmente, acatan la soberanía de la institución escolar. No les queda de otra. Reflexionemos sobre ello.

El sentido de lo que hacemos

Parece evidente, pero no lo es siempre: los docentes debiéramos detenernos a pensar con esmero sobre cuál es el sentido y la finalidad de las tareas que marcamos para casa. En primer lugar, creo que si el estudiante tiene que hacer algo en casa referido a lo escolar, esta acción siempre debiera tener carácter regulador: tiene que permitirle seguir construyendo de la manera más autónoma, vivencial y creativa posible su propio aprendizaje en las distintas facetas de su vida.

Tiene, así, poco de pedagógico cualquier actividad de reproducción mecánica en donde el alumnado -o sus progenitores- tenga que afanarse para responder cuestiones que muchas veces hasta un docente tiene que consultar en el solucionario de un libro de texto: opino que la educación es algo más que eso. Mucho más.

Por otra parte, los enunciados y planteamientos de los proyectos que proponemos que el alumno o alumna haga en sus ratos libres deben estar contextualizados según la situación en la que este o esta se encuentre. El escenario, así, debe ser el mismo en el que se desenvuelva el estudiante, elegido en lo posible por él, puesto que es ahí donde se encuentran las fuentes de motivación e inspiración que hacen que los seres humanos conecten los aprendizajes con su entorno, sus gustos, sus experiencias, etc.

Tareas inclusivas

Las tareas, si se mandan, deben ser una extensión de nuestras clases. No solo por las temáticas que estemos trabajando, sino también por su enfoque inclusivo y universal. Y este carácter es aún más crucial cuando se trata de acciones educativas que no cuentan con la guía permanente del profesorado: los docentes no están en casa para poder ayudar al estudiante ni guiarlo en lo marcado, por lo que las tareas tienen que estar diseñadas de forma que tiendan a la individualización, a la identificación del perfil de las personas con las que trabajamos (las chicos y chicas de nuestra aula) teniendo en cuenta su ser diferenciado.

En ellas, además, debe garantizarse la eliminación de barreras en el aprendizaje (barreras personales, sociales, contextuales, familiares…), ya que, si no, lo que van a lograr esas tareas es justo lo contrario de lo que deseamos: crear más distancias entre los perfiles competenciales de nuestro alumnado.

Si sentimos que alguien no va a ser capaz de hacer una tarea, lo mejor es no mandarla (recordemos la cantidad de horas que ya trabajamos con nuestro alumnado en el centro a lo largo de un curso), ya que, si aun así la mandamos, podemos crear aún más desigualdades en la clase, además de generar frustración.

La educación, recordemos, debe actuar de nivelador social para un mundo en el que los jóvenes se van a encontrar juntos después desarrollándose en plenitud y, en teoría, con las mismas oportunidades; las tareas deben, así, ser parte del germen de esa igualdad de oportunidades, no un elemento que distancie a unas personas de otras.

Un planteamiento integrador

Por otro lado, el planteamiento de las tareas debe ser integrador: los valores, destrezas, conocimientos y actitudes que queremos que el alumnado movilice en ellas pueden ser discutidos, por qué no, con compañeros y compañeros de otras áreas o materias que también les impartan clase.

Esa discusión que puede llevarse a cabo, por ejemplo, en las reuniones de sesiones de evaluación (recordemos que evaluar no es poner notas, sino establecer hasta qué punto hemos convertidos los elementos curriculares en aprendizajes duraderos).

De esa manera, el estudiante le encontrará más sentido a lo que hace y se romperá el ficticio muro de las disciplinas tradicionales: si en el desempeño de acciones valiosas y trascendentes para la vida este muro no hace sino poner impedimentos a lo que somos y hacemos, actuaremos de igual manera con nuestros estudiantes: intentaremos siempre derribar esas trabas que nos impiden entender el ser como una globalidad.

Como toda acción evaluable, el docente debe partir, para la planificación de las tareas, de los criterios de evaluación propios de su materia. Una tarea, así, debe ser una herramienta como otra, que contenga diferentes instrumentos (producciones, artefactos, documentos…) y que permita al profesorado identificar aprendizajes esperados.

Perfil competencial

Para ello, conocer a fondo la cantidad de información que incluyen los criterios de evaluación es fundamental: el aprendizaje esperado debe salir de estos, y debe construir el perfil competencial de cualquier estudiante cuando entronca con lo que este ya es capaz de hacer, con el fin de superarse: dicho de otra manera, difícilmente ningún estudiante no sepa hacer nada; la tarea nos debe permitir identificar cuál es el potencial de cada uno de nuestros alumnos para hacer que se enlace con esos aprendizajes esperados que emanan de los currículos, concretados en una situación que será diferente en función de la persona a la que pretendemos enseñar.

¿Cuándo es el momento de darnos cuenta de que nuestras tareas son herramientas valiosas para la universalización de los aprendizajes? No está en ningún manual, ni en ninguna lección de pedagogía: sobre todo debemos percatarnos del grado de ilusión, de esperanza en superarse y de motivación que somos capaces de despertar con lo que les mandamos para casa. Empecemos por preguntarles, pues, a ellos y a ellas. 

Solo de esa manera lograremos conectar también con aquellos que, algún día, no hicieron la tarea.