Educación testimonial

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En educación, como en otras áreas, hay datos, estudios, pruebas e investigaciones que avalan el éxito o demuestran el fracaso. Por otro lado, hay marcos discursivos vacíos, perjudiciales, que la sociedad tiene que aprender a reconocer e interpretar, a pesar de que puedan llegar a apelar a la ciencia. Forman parte de una forma de narrativa plagada de juegos verbales sobre cómo se puede hacer de la educación algo puramente testimonial.

En los años sesenta del siglo XX se puso de moda la llamada novela testimonio, que contenía una línea literaria híbrida que acerca la ficción artística a diversas técnicas de los relatos periodísticos. No era novedoso el carácter testimonial de la narrativa en el pasado (lo podemos ver en muchas novelas clásicas), pero lo que sí impactó con fuerza es la construcción de una forma de relato documental, una especie de radiografía de la observación del presente a través de historias de personajes que parecen extraídos de una crónica informativa, aunque en muchos casos con una gran carga de humanidad. Ese fue el caso, por ejemplo, de la novela A sangre fría (1966), de Truman Capote, que abrió este subgénero: una obra que narra en una secuencia con apariencia de objetividad el terrible crimen de una familia en una pequeña localidad de Kansas.

La educación en España parece sumida en el transcurso de una novela documental que anticipa un destino fatal al estilo de Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. Convertida en baraja de intercambio político, vive sometida a argucias inclasificables que escapan de un análisis sosegado de lo que es mejor o no para la equidad y el equilibro social, según se ha demostrado desde multitud de organismos y por parte de la comunidad científica.

Así, en medio de este trampantojo de la posmodernidad, en los últimos años se ha intentado avanzar de forma dispar hacia modelos organizativos que eviten la segregación. Pero, en cambio, se mantienen en medio de la parsimonia otros muchos que la amplifican para lograr el desangre definitivo de los que menos pueden, los que más precisan del acompañamiento de la escuela en su diversidad. A la par, posiciones conservadoras planean recuperar fórmulas como la instauración de itinerarios tempranos, los agrupamientos por niveles o la implantación de reválidas clasificadoras que no han demostrado su eficacia en ningún contexto de nuestro entorno, salvo para potenciar desigualdades de partida.

De entre todos estos relatos testimoniales, sobresale el del inoperante eslogan de la libertad de elección o de, simplemente, la libertad educativa, algo que nadie sabe exactamente qué es ni cómo se puede llevar a cabo sin perjudicar a una parte de la población. Éste se apoya en una tesis falaz de eficacia indemostrable, por cuanto los poderes públicos están obligados a hacer de la educación un pilar de cohesión basado en la compensación de desigualdades, alejada de dogmas. Tal vez nos ha faltado —no lo sé— un programa de Estado de alfabetización cultural amplia que permita a los agentes sociales hacer del reconocimiento de las falacias imperantes una prioridad institucional. El caso es que la fuerza performativa de las ideas neoliberales avanzan y se ramifican en una sociedad que una y otra vez tiende al sálvese quien pueda, mientras se desangra en sus bases en forma de pobreza, desprotección o marginalidad.

Las comunidades educativas tienen que hacer una amplia reflexión en torno a qué supone exactamente la libertad en educación, al igual que en sanidad o en otros servicios públicos; un debate pausado para ver hasta qué punto se encierra bajo esta premisa una forma de intensificación del control e intervención estatal en la autonomía de los centros, en el incremento de la segregación escolar y en la libertad de cátedra del profesorado, un cuerpo técnico especializado que tiene que tener la suficiente formación pedagógica para saber qué es mejor para nuestro alumnado.  

En esta especie de taylorismo educativo, los análisis contextuales que tanto determinan el éxito y el fracaso dejan de tener cabida; se trata ahora de potenciar —sin un plan claro y con el sensacionalismo como planteamiento de partida— el engranaje de una educación tratada como mercancía que se paga al mejor postor, y que separa en compartimentos fabriles en función de capacidades, origen o condición sociopersonal. Se rompe así, una vez más y sin asumir responsabilidades, el principio de justicia social en políticas que tendrían que tratar de impulsar el bien común, en el marco de lo que la ONU define como Educación de Calidad, sin avivar aún más el individualismo en una cadena que nos maniata a la forja de vencedores y vencidos, como ha venido ocurriendo a lo largo de la historia.

Multitud de avances en el campo de la sociología de la educación concluyen los beneficios de la mezcla social y las interacciones en una misma comunidad formada por grupos heterogéneos: los niños y niñas aprenden con el acompañamiento del profesional y con las relaciones entre iguales, en el diálogo. Sin embargo, en una cortina negacionista parecen resurgir políticas que obvian cómo a lo largo de décadas se ha ido conformando un mapa desigual con centros de difícil desempeño y secciones mal llamadas bilingües en donde, en todos los casos, los recursos para los más desfavorecidos escasean, a pesar de que se haya estudiado su impacto en el fracaso como anticipo testimonial de una derrota. 

Esa radiografía es la que ya retratamos en la metáfora del inicio de este texto, cuando decíamos que en la novela testimonial se escondían historias de gran humanidad que, en el caso de la escuela, son bien conocidas por las comunidades docentes: cada profesor o profesora lleva varias a cuestas, a la par que se le obliga a funcionar como, en palabras de Julio Cortázar, “mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina”.

Los que trabajamos en los centros educativos sabemos que no es suficiente embarcarse en labores humanitarias para hacer encajar piezas que desde una política diseñada para las élites se desbaratan una y otra vez. En medio de fórmulas reaccionarias que elaboran el espejismo de un planto por un tiempo lejano que siempre fue mejor, seguimos asistiendo al testimonio de una educación pública que resiste y clama por andar en la senda del progreso, como se nos pide desde fuera, y no a través de eslóganes que sepultan la reconstrucción de la escuela como palanca social para los hijos de la clase obrera.

Los que más necesitan del estado del bienestar como catapulta contra el egoísmo, mientras algunos pretenden seguir haciendo de la educación un testimonio cruel narrado desde los privilegios.

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