Tal vez nuestro afán por clasificar y medir nos haya hecho olvidar que educar es, en esencia, un acto de presencia humana.
En nuestras conversaciones e incluso en reuniones a veces sale esa idea de que enseñar es también en cierto modo comprender que llegan con una biografía a cuestas que cada mañana pesa (solemos usar mucho la metáfora de la “mochila a cuestas»). El simple hecho de mirar a quienes se sientan cada día en nuestras aulas y escucharles cuando nos cuentan algo en confidencia desborda cualquier marco que teníamos previsto ese día.
Me he cruzado en los últimos años con historias duras (si ustedes se dedican a la enseñanza también lo pensarán), pero hay algunas que me han dejado marcado. Recuerdo especialmente a estudiantes contarme que han visto morir a compañeros de travesía en una patera, incluso a familiares. También a otros que han dejado de venir porque han perdido a sus padres en la guerra de Ucrania y que, aun así, regresan semanas después para ir a clase sosteniendo una normalidad que ya no existe. Ante todo eso, ¿cómo podemos seguir defendiendo que la educación tiene que ser neutral?

La neutralidad absoluta es una ficción cuando hablamos de personas que han sufrido lo impensable. No nos aferremos a una idea que no solo es imposible sino que es inquietante en su base. La escuela no es un laboratorio aséptico donde las emociones y las historias se dejan en la puerta. Es un espacio donde el mundo entra cada mañana, con sus heridas, vivencias y contradicciones, en medio de la permanente narración de relatos que marca la relación docente-aprendiz como parte de la pedagogía comprometida de la que hablaba bell hooks. Por eso sigo defendiendo que educar es tomar partido: y no hablo de ideologías concretas, sino de la dignidad humana, la justicia social, la paz y los derechos fundamentales que sostienen la convivencia democrática.
A veces noto que se sigue confundiendo esta idea con adoctrinamiento, como si hablar de derechos humanos, de igualdad o de convivencia fuera una forma de imponer una visión del mundo. Pero la propia jurisprudencia española nos recuerda en diferentes momentos que la educación en valores con una posición firme no solo es legítima, sino necesaria. La actividad educativa es un instrumento esencial para garantizar el pluralismo en la sociedad porque transmite a los jóvenes la realidad de la diversidad de concepciones sobre la vida y les enseña a respetarla. No se trata de orientar su pensamiento hacia una opción concreta, sino ofrecerles herramientas para comprender el mundo en el que viven y convivir en él responsablemente.
Nuestro marco jurídico también recuerda que los derechos fundamentales —ese espacio de libertad y respeto que hace posible la dignidad de la persona— no quedan al margen de la educación. Quienes educamos tenemos la obligación de transmitir los valores morales que subyacen en esos derechos; no es una opción: es un mandato constitucional. El artículo 27 de la Constitución lo expresa con claridad: los poderes públicos deben intervenir en la educación, y esa intervención tiene una meta definida, que es el libre desarrollo de la personalidad en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
Cuando pienso en esos chicos y chicas de los que hablaba al principio, que han vivido guerras, migraciones forzosas o pérdidas irreparables, me doy cuenta de que esee mandato no es una abstracción jurídica, sino una necesidad vital. Nuestros jóvenes necesitan una escuela que no mire hacia otro lado, que no se esconda tras una supuesta neutralidad que, en la práctica, siempre favorece al más fuerte. Necesitan docentes que tomen partido por su bienestar, su derecho a reconstruirse, su derecho a ser acompañados en su dolor. Y eso por supuesto que no es adoctrinar: es cumplir con la función ética de la educación.
Tomar partido significa también asumir que la libertad de cátedra no es un cheque en blanco, pero tampoco un corsé que nos impide educar en valores.
Ya he hablado otras veces en este blog de la famosa libertad de cátedra. Si recorremos otra vez la jurisprudencia lo vemos claro: la educación en valores democráticos no vulnera la libertad de conciencia del alumnado ni la libertad de enseñanza del docente. Al contrario, forma parte de la esencia misma de la educación en una sociedad plural y diversa. Enseñar a respetar la diversidad, convivir sin violencia, valorar los derechos humanos, no es una opción ideológica: es un compromiso con la democracia.

Pero hay algo más importante con lo que quiero que se queden, y que enlaza con el arranque de este texto: tomar partido no es solo una cuestión jurídica o pedagógica, sino que es, sobre todo, una cuestión humana. Significa escuchar de verdad, dando un espacio seguro a cada estudiante para que pueda sentirse visto y reconocido. Significa entender que no se puede aprender cuando la vida está en estado de alerta. Significa acompañar, sostener, abrir caminos. Significa, en definitiva, que procuremos como enseñantes estar a la altura de la confianza que depositan en nosotros quienes, a pesar de todo, siguen viniendo a clase.
Mientras, sigo pensando en esos jóvenes que han atravesado el mar en un trozo de madera, los que han perdido a seres queridos, los que tienen que empezar de cero, o quienes ven su vida romperse en un segundo, por cualquier circunstancia. Y es ahí cuando me doy cuenta de que ellos ya han tomado partido; eligen seguir adelante. Lo mínimo que podemos hacer por ellos y ellas es no fallarles. Tomar partido por ellos, su dignidad y derecho a un futuro.
Por eso defiendo el sentido pleno del título de este artículo: educar es tomar partido. No por las banderas que tanto espolean los que dicen llamarse patriotas, sino por las personas. No por una ideología, sino por esos valores que sostienen la convivencia democrática y nos cohesionan como sociedad.
Interesante artículo, la realidad diaria en el aula es el reflejo de lo que comentas, ante esa situación, si señor, hay que tomar partido.
Hay momentos que te parten en dos, violencia sufrida, vista, vivida por pequeñas criaturas de diez años….Cuando hemos visto esto al final valoramos el aula como espacio seguro, servirles de ancla, de ánimo para poder salir, seguir, vivir. Tener oportunidades. Para eso soy maestra. Gracias por tus palabras, siento tu compañía como docente para un mundo mejor.