Trabajemos para que nuestros hijos (o alumnos) no hablen solo de derechos, sino también de deberes

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En este blog ya me he manifestado varias veces sobre la importancia de la reivindicación de los derechos estudiantiles como parte clave de los derechos de la infancia.

He tenido la suerte de ver nacer una asociación de alumnado en mi entorno que ya actúa de forma autónoma y que ha logrado adhesiones en distintos niveles educativos. Eso es democráticamente bueno, sin dudarlo.

Unas sociedades cada vez más democráticas precisan de la necesaria expansión de los derechos y de la multiplicación de espacios de una participación ciudadana debilitada muchas veces. Los jóvenes de hoy tienen muchos más foros de escucha que los de antes, también dentro de la escuela.

Sin embargo, creo que bajo esa superficie de democratización necesaria y acelerada, para los que somos por edad hijos de la moderna democracia se nos presenta una paradoja: se ensanchan los espacios de participación pero se intensifican los síntomas de fatiga cívica, polarización e incluso tentaciones autoritarias. No es un fenómeno nuevo, pero sí uno que se expande en un contexto saturado de información, inmediatez y superficialidad creciente.

Alexis de Tocqueville consideraba la democracia el sistema político más adecuado, aunque también advirtió con lucidez los riesgos que podían surgir cuando se ejercía de manera deficiente y cómo estos afectan a las naciones. En concreto, advirtió que las democracias podían morir no solo por falta de libertad, sino también por un exceso mal gestionado de igualdad. 

Hoy en día vemos peligrosos efectos a partir de esta idea: la autoridad legítima se diluye en un océano de voces constantemente, opiniones confundidas con conocimiento experto, libertad interpretada como ausencia de límites, etc. Todo ello provoca que la democracia pierda cohesión. 

Arendt, por su parte, insistió en que la política necesita un espacio común, un suelo compartido que permita la acción colectiva a partir de esas “situaciones ideales de diálogo” que Habermas proponía. Sin ese suelo, lo que queda es ruido, fragmentación y un clima emocional que favorece la búsqueda de soluciones simples y líderes peligrosos.

Este diagnóstico teórico encuentra un reflejo claro en la práctica educativa. En las aulas, los alumnos conocen bien sus derechos: los reclaman, los defienden, los incorporan a su lenguaje cotidiano. Pero cuando se les pregunta por sus deberes, el silencio es largo. No porque no existan, sino porque tal vez en algo hemos fallado en una educación contemporánea centrada en subrayar la fundamental dimensión emancipadora de los derechos, pero tal vez ha descuidado la dimensión estructurante de los deberes.

La teoría política coincide en que la ciudadanía no es solo un estatus jurídico, sino una práctica. Laclau y Mouffe, por ejemplo, subrayan que la democracia es un proceso de construcción permanente, un espacio de disputa que requiere sujetos capaces de sostenerlo. Pero para sostenerlo no basta con exigir; también es necesario asumir responsabilidades. Al fin y al cabo, la democracia no es únicamente un conjunto de garantías, sino un marco de convivencia que se mantiene gracias a la implicación activa de quienes la habitan.

En este sentido, la escuela es un laboratorio privilegiado. Allí ensayamos formas de convivencia, negociamos sobre conflictos y experimentamos formas de participación. Pero también allí se observa cómo la ausencia de un discurso claro sobre los deberes genera dinámicas que luego se reproducen en adultos: tendencia a reclamar sin corresponder, dificultad para aceptar límites o percepción de que la libertad es un derecho ilimitado y no un equilibrio delicado entre intereses propios y ajenos. 

Cuando los estudiantes no interiorizan que la convivencia exige respeto e implicación, la democracia se tambalea. Pero si les ofrecemos un marco claro de corresponsabilidad muchos estudiantes muestran enorme capacidad de compromiso. Es en eso último donde quiero incidir.

Esa sensación de que todo es opinable, de que todo debe ser debatido hasta el extremo, de que cada decisión pública está sometida al escrutinio inmediato— parece haber generado fatiga social y un peligroso deterioro democrático que abre la puerta a populismos. La ciudadanía empieza a percibir las debilidades de la democracia en forma de caos, lentitud e ineficacia. Esta percepción pública nutrida de la negatividad o el letargo lleva a recurrir a un atajo perjudicial a golpe de reel: fijarnos en figuras llamativas mediáticamente que prometen orden, además de propuestas extremas y simples, que hacen que retrocedamos en derechos básicos en medio de un clima virulento. 

Por eso es urgente recuperar un lenguaje de deberes. El deber ciudadano, de orden ético. No quiero en absoluto imponer una visión disciplinaria de la ciudadanía, sino de recordar que, para que los derechos se blinden, en la otra parte de la balanza los deberes deben de cumplirse. 

Hay dinámicas para tutorías centradas en entender que mi derecho depende también del deber del otro.

La clave es que entiendan que no hay libertad que se sostenga sin responsabilidad, y esa responsabilidad debe inculcarse desde pronto. Que nuestro alumnado participe mucho no tiene sentido si no se les inculca un sentido del compromiso que luego de adultos se proyecte en el día a día, incluida la tan básica responsabilidad de acudir a las urnas. 

La educación cívica debería asumir este reto con claridad. Enseñar a los alumnos no solo qué pueden exigir, sino también qué deben aportar. No solo qué les corresponde, sino qué les compromete. No solo qué derechos tienen, sino qué deberes los hacen posibles. Estoy defendiendo una urgente pedagogía de la responsabilidad como condición para que la democracia avance sin fracturarse.

En un tiempo en el que la desconfianza hacia las instituciones y lo que representa la autoridad se extiende, y en el que la participación se confunde con reacción inmediata, necesitamos ciudadanos que sepan sostener la complejidad democrática. Estudiantes que cuando acaben sus estudios básicos aprendan que la libertad no es un regalo que nos dieron nuestros padres, sino la principal tarea que dejamos a nuestros hijos. Escuela, familia y debate público: en todos esos espacios tenemos la obligación de conversar no solo de lo que nos corresponde sino también de lo que nos compromete.

Por eso, en juntas de delegados y en asambleas de grupo, en las aulas o en esas asociaciones juveniles de las que hablaba al inicio, y también en nuestras casas, trabajemos para que nuestros hijos (o nuestros alumnos) hablen también de deberes.

Todo ello para ser menos vulnerables y aprender a actuar bajo principios verdaderamente democráticos, como parte de esa gran causa que nos une y que, de verdad, merece la pena.

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